noviembre 14, 2012

Camaradaführerayatolacomandante

Lo mismo de siempre: o uno está al 100% con la Santísima Trinidad —democracia liberal, economía de mercado y derechos humanos—, o uno es “Hitler”. No es exageración, al menos no de mi parte. Por eso pongo las comillas. Cuánta razón tiene Slavoj Žižek, que puede ser un personaje cuestionable en otros temas, cuando dice en las primeras páginas de ¿Quién dijo totalitarismo? que ese concepto, el de “totalitarismo”, es “un subterfugio que, en lugar de permitirnos pensar, y obligarnos a adquirir una nueva visión de la realidad histórica que describe, nos descarga del deber de pensar e, incluso, nos impide activamente que pensemos”. Y uno puede no estar de acuerdo con Žižek, sobre todo porque el totalitarismo no es sólo un subterfugio sino también un nivel de análisis útil. Pero lo más divertido e irónico para esos apóstoles que nos enseñan cómo debe ser el mundo es que, cegados por su normatividad, no aquilatan que podrían defender los valores que promueven de una manera más conveniente para ellos; incluso ignoran esta posibilidad. Ven el vaso completamente vacío aunque esté “medio lleno”, o aun cuando esté lleno en un 99% sólo porque no lo está al 100%. La mínima desviación del dogma es, pues, una muy condenable herejía.

Un ejemplo conveniente para entender lo que quiero decir es el uso dado a un par de artículos escritos en 2001. El primero es de John Ishiyama y András Bozóki sobre las “estrategias de supervivencia” de los sucesores de los partidos comunistas en la Europa postsocialista, en el Journal of Communist and Postcommunist Studies, vol. 17, no. 3, que por cierto es bastante pertinente para entender el fenómeno. Los autores distinguen cuatro tipos de partidos, entre los cuales destaca aquél que no se ha reformado en lo absoluto desde 1989, para lo que dan como ejemplo el caso del Partido Comunista de Bohemia y Moravia (KSČM), considerable fuerza política en la República Checa desde dicho año. En realidad, el artículo de Ishiyama y Bozóki no es normativista: no busca hablar bien de la democracia liberal; se limita afortunadamente a describir, pero es citado precisamente por algunos apóstoles para condenar a partidos como el KSČM por su atrincherado marxismo-leninismo. Lo irónico es que, en otro artículo del mismo número del mismo volumen del mismo año y de la misma revista, Seán Hanley estudia específicamente a dicho partido y descubre que incluso éste tiene “elementos democráticos y reformistas” tanto en el ejercicio del gobierno local como en la oposición parlamentaria. No obstante, los apóstoles trinitarios en universidades de todo el mundo citan más el primer artículo que el segundo, con el único fin de condenar partidos “nostálgicos” por no ir de acuerdo con la ideología que aquéllos quieren y creen mejor, sin reparar en que éstos se encuentran cada vez más, precisamente, rumbo a ese camino “correcto” por distintas condiciones internacionales e internas.

Pero el ejemplo espléndido por el que decidí escribir este texto viene en el Moscow Times, que publica el 14 de noviembre la columna de una tal Yulia Latynina, quien al parecer tiene la única gracia en la vida de ser “host” de un “political talk show” en la radio moscovita. La columna tiene un título prodigioso: “Ivanishvili is Georgia’s Chavez”, en referencia al nuevo primer ministro de Georgia y, naturalmente, al presidente venezolano. Con el puro título, ya se intuye para dónde va Latynina, pero también se intuye que empezó con el pie erróneo. La idea central —if any— de la columna es que Ivanishvili, que no lleva ni un mes como primer ministro luego de las elecciones que dieron el triunfo a su partido opositor, es un nuevo “Chávez” o un nuevo “Hitler” —no invento, ella cita a ambos— por la única razón de que su gobierno ordenó aprehender a ex funcionarios georgianos “en la mejor tradición estalinista”, o sea en la madrugada, y que luego soltó a dos y mantiene al tercero en custodia, Bacho Akhalaia, ex Ministro de Defensa del país. Y entonces uno supone que si hubiera sido a las 11:46 am hubiera sido menos “estalinista”, quizás.

Akhalaia está acusado, precisamente, de tortura, o más bien de haber hecho nada cuando fue Ministro de Defensa a sabiendas de que en las cárceles de Tbilisi se torturaba a los reos. O sea que el nuevo gobierno está apoyándose justamente en los “derechos humanos” y condenando sus abusos para fomentar la justicia en el país, lo cual fue de hecho bastante celebrado en la prensa occidental durante la campaña. Pero Latynina ni se ha enterado, cuando precisamente podría hablar de eso para quedar bien con el discurso imperante. A ninguno de los tres individuos aprehendidos se le golpeó; no sufrieron ni un rasguño. Habríamos de contarle la experiencia de Efraín Bartolomé en su casa de la ciudad de México y de cientos de individuos mucho menos conocidos en todo el país, ésas sí con violencia, cuando las supuestas fuerzas del orden “se equivocan”, destrozan (o de plano matan) y luego averiguan. Incluso Ivanishvili garantizó al presidente del Parlamento Europeo, una de esas instituciones que forman el clero secular de la Iglesia democrático-liberal, que el proceso judicial contra Akhalaia respetaría sus derechos constitucionales. ¿Sabrá Latynina que Georgia es candidato a integrarse a la Unión Europea desde 2006, la cual precisamente exige “credenciales democráticas” para una adhesión?

El hecho somero de que hayan sido aprehendidos a la mitad de la noche, amén de que no recibieron rasguño alguno y de que afrontan un proceso justo, da pie para que Latynina diga francas tonterías como a) “Incluso Rusia no usa ese tipo de medidas tan represivas contra opositores políticos”; b) “Y eso que es un primer ministro que prometió bajar los precios, triplicar las pensiones”, como si eso tuviera algo que ver con un proceso judicial; c) “Desgraciadamente, con la ayuda de elecciones democráticas, los georgianos han puesto a su país en la misma liga que Venezuela, Irán y Rusia”, como si el hecho de que estos Estados sean grandes amigos implica que tienen el mismo sistema político y usan exactamente las mismas medidas de represión, o como si fueran autocracias terribles cuando Venezuela tiene una oposición considerable e Irán es una de las democracias más vigorosas de Medio Oriente.

Y, finalmente, mi favorita: d) “Creo que Georgia ha sufrido una catástrofe comparable a la que sucedió en Alemania con la elección de Adolf Hitler y en Chile con la elección de Salvador Allende” (sic). Reitero el sic. En serio que más fácil hubiera sido decir “me cae mal Ivanishvili” y ya, ese oxímoron extraño —según Latynina— que es Führer, Camarada, Ayatola y Comandante a la vez. En realidad, esto no es endémico de viles periodistas: académicos que se suponen excelentes en su campo adolecen de hacer analogías similares. Hace muy poco, por ejemplo, Jean Meyer comparó a Chávez con Hitler en su discurso en su columna del 7 de octubre en El Universal por soltar “gritos, insultos, vociferaciones”. Nada más por eso, y porque inventó que Chávez es antisemita por un discurso retórico en contra del candidato presidencial de la oposición.

Y es que comparar a un personaje que uno quiere criticar con Hitler hace el trabajo por sí solo, y así el autor puede respirar tranquilo y no molestarse en averiguar más y sonreír detrás de su escritorio cruzado de brazos. Lo malo es que el lector ignorante lo entiende de una manera que no es. Es precisamente lo que un académico no puede permitirse, y lo que de hecho un periodista debería tomar más en cuenta, dado que llega a una audiencia mayor que la del primero. No hay cosa más dispar que, por un lado el arribo al poder de Hitler en 1933, que se dio menos por una cuestión electoral que por un arreglo político característico de un sistema parlamentario como el de la República de Weimar entre el presidente Hindenburg, el canciller Papen, el Partido Nacional Socialista Alemán y el Partido Popular Nacional de Alfred Hugenberg y, por otro, el arribo al poder de Salvador Allende en Chile en 1970 bajo una coalición política débil y una elección muy cerrada y su secuela en la forma de la aprobación en el Congreso. Lo que es más, no tengo ni la menor idea de por qué Latynina compara ambas elecciones, ni a Hitler con Allende. A lo mejor porque ambos llevan “socialista” en el nombre de sus respectivos partidos, será, porque yo no veo otro punto de comparación. El caso es que vale un poco más la pena evitar descargarse del “deber de pensar”, y no descargar lo que uno piensa a lo tonto diciendo que así debe ser.

Como Latynina, que no tiene idea ni de Hitler ni de la Alemania de 1933, ni de Allende ni el Chile de 1970, ni del estalinismo, ni de Chávez, ni de Irán, ni de Rusia, ni de Georgia, ni de nada. Eso sí, cobrará bastante por su valiosísima opinión en el Moscow Times. Ay de los que escuchen a sea “political talk show host” en la radio de Moscú.

Rainer Matos Franco.

14 de noviembre de 2012.

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octubre 30, 2012

Los prohombres de Reforma

Hay en el Paseo de la Reforma la estatua de un hombre de claroscuros. Sus pecados: autoritarismo, caudillaje, caciquismo, personalismo, bandolerismo, ambición. Lo peor: atreverse a heredar dinásticamente el poder. El hecho es que ese hombre no tiene nombre. Porque la mayoría de los individuos inmortalizados en estatuas en esa arteria de la ciudad de México son culpables de una o varias de las infracciones morales señaladas. Algunos, incluso, lo son de todas.

Sobre el parque de la Amistad México-Azerbaiyán y la estatua de Heydar Aliyev se ha dicho mucho más de lo ameritado. El revuelo que ha causado el asunto es inexplicable. Una situación inerte, un problema que ni a problema llega, que no tiene por qué llamar a asombro.

Pero vamos a suponer que aquellos que se han rasgado las vestiduras por la estatua y el parque tienen razón. Supongamos que es inadmisible que permanezca un minuto más ese monumento, que ese despropósito es el problema más importante de la ciudad, que es imperativo pasar a todas las estatuas por el tamiz que han diseñado quienes abanderan la indignación pública.

Así, si fuera removido con los argumentos que hasta ahora se han empleado, entonces habría que remover varios monumentos más. Y no hablo de otras partes de la ciudad, sólo de Reforma, donde también están inmortalizados Tito y Atatürk.

Pero, otra de las afrentas que hallan los quejosos es que el gobierno de la Ciudad de México aceptó el dinero de la República de Azerbaiyán para ese parque, como un soborno para aceptar colocar el monumento de Aliyev. O lo que es lo mismo, han dicho que como Azerbaiyán pagó, por eso exigió colocar la estatua. Quizás ignoran que las estatuas de los costados de Reforma, más hacia el Centro Histórico, fueron pagadas por los gobiernos de los estados en el Porfiriato, como cuenta Salvador Novo en su libro Los paseos de la ciudad de México (México, FCE, 2010). Y como los estados pagaron, igualito, decidieron a qué próceres inmortalizarían. De manera que la cosa no es nueva. No la inventó el gobierno de Ebrard.

La comparación es válida, pues los sujetos que las entidades decidieron inmortalizar fueron, de alguna u otra forma, próceres regionales. Y así el gobierno de Azerbaiyán considera prócer a Aliyev. Determinar si lo es o no, no corresponde al gobierno de México, mucho menos al del DF, pues se supone, sólo se supone, que México tiene simpatía con ese país, lo que hace suponer que no es una nación proscrita.

La donación para la remodelación del parque de marras fue un gesto de la amistad que se supone existe entre México y la república donadora. Era natural que la dádiva incluyera la estatua de un prócer nacional, como pasó en el caso de la escultura de Atatürk. Igual que si el gobierno de México enviara una estatua de Juárez a algún sitio donde pudiera cuestionarse la calidad de prócer benévolo que el imaginario nacional le ha otorgado.

Y hay que insistir. Si tomamos como válido el tamiz que los opositores han diseñado, entonces no sólo habría que reubicar o defenestrar, como en aplicación de una Ley de Memoria Histórica que no tenemos, las estatuas de Aliyev, del mariscal y del padre de todos los turcos. También habría que quitar varias más de Reforma.

Habría que empezar con la del general Manuel Cepeda Peraza (en la foto), cacique yucateco, militar aguerrido (sí, de esos que matan gente) y gobernador que heredó el poder a su hermano.

Luego habría que demoler la del general Ignacio Pesqueira, con credenciales incluso menos honorables que las de Cepeda. Pesqueira se convirtió en el todopoderoso cacique del noroeste del país durante veinte años —rivalizando en duración con el Aliyev hombre fuerte, porque el Aliyev presidente duró diez años.

Para seguir, habría que hacerse cargo de la efigie de don Julián Villagrán “el cacique del Mezquital”, como lo llamó Lucas Alamán en un interesante y nada honroso relato biográfico del que habría que destacar la forma en que Villagrán ultimó a su colega Sánchez.

Seguiría Ramón Corona en esa lista, con su interesante biografía y la forma en que, durante la guerra de Intervención, defenestró —aliado con Antonio Rosales— al gobernador de Sinaloa, para colocar al propio Rosales al que, después de un tiempo, también derrocó. Y se ensancharía el listado con el mismo Rosales, de la misma calaña que Corona.

Juan Zuazua, seguidor fiel de Santiago Vidaurri, curioso y poderosísimo personaje neoleonés que una vez se atrevió a conminar al presidente Juárez a abandonar a la brevedad su estado. Y seguirían Hermenegildo Galeana y Leonardo Bravo, otro par de caciques que ordenaron la vida de lo que hoy conocemos como Guerrero, en donde eran todopoderosos.

Todos caciques. Y hay que redescubrir a Fernando Díaz y Díaz (Caciques y Caudillos: Antonio López de Santa Anna y Juan Álvarez, México, El Colegio de México, 1972) para saber lo que es un cacique y entender por qué se parece a lo que fue Aliyev. Todos autoritarios, todos militares —de los que matan gente—, todos hombres fuertes, todos ordenadores de la vida en sus regiones —más grandes que Azerbaiyán. Todos iguales a Aliyev y a Tito y a Atatürk. Todos hombres políticos.

Acerca de los próceres mexicanos mencionados se han escrito infinidad de estudios, ponderando lo positivo y lo negativo de sus biografías y analizando sus carreras y el dominio político que ejercieron en sus regiones. Algunos también participaron en la vida nacional, con la fuerza de sus cacicazgos. De manera que, de primeras, uno no entiende la diferencia entre esos mexicanos ilustres, también esculpidos en bronce, y Heydar Aliyev.

De segundas, lo que uno entiende es que el paradigma —que yo vulgarmente he llamado tamiz— que nos proponen quienes buscan la remoción de la estatua no es nuevo. Es el de una historia de bronce en la que hay héroes y villanos, según quien la escriba. Una en la que no existen biografías diversas, sino sólo una visión maniquea de la historia.

Si atendiéramos a eso que nos proponen, entonces tendrían que desaparecer también todas esas estatuas que se han enumerado —y muchas más que no están en Paseo de la Reforma. Asombroso sería que quienes reprueban la estatua de Aliyev arguyeran que sólo debe quitarse ésta, teniendo en cuenta el tamiz sólo para este caso. Eso sería medir con dobles raseros a los prohombres de bronce que hay en Reforma. Aunque quizás todos quedaríamos contentos si la explicación que nos dieran fuera tan llana como: sí son autoritarios, pero mexicanos.

Sólo así se entendería el hecho de que ninguna otra estatua de Reforma o lugares aledaños les cause escozor. Que tampoco las estatuas de los presidentes mexicanos, por el mismo rumbo, les extrañen, pues igual que el azerbaiyano, de acuerdo con Soledad Loaeza, el autoritarismo presidencial en México tuvo origen y base constitucional. Pero como el autoritarismo es algo muy mexicano, el asunto se explicaría solo.

También se ha dicho que si se mantiene esa estatua entonces se abre la puerta a que se erijan efigies de Hitler, de Mussolini o de Franco. Y no cabe la comparación. Además de ser de sentido común que hay figuras de la historia universal que son políticamente incorrectas y generalmente deplorables, Aliyev no es, ni ponderando sólo sus aspectos negativos, cercano a alguno de esos tres.

Finalmente, si atendemos lo que nos proponen, maniquea como es la idea, o acabamos con todas las estatuas que he mencionado aquí —y más—, o con ninguna. Lo escrito hace tiempo: Reforma es una avenida plagada de representaciones autoritarias, así que la estatua del azerbaiyano es sólo una raya más al tigre que no tiene por qué desestabilizar a ninguna buena conciencia —y menos mexicana pues, con nuestra costumbre de modelar en bronce a casi cualquiera, nunca podremos tirar la primera piedra.

P. S. La comparación de Aliyev con Arturo Durazo Moreno, apodado “El Negro”, no cabe. No hay punto de comparación. El marco de referencia que la explica es un reduccionismo hasta infantil. La discusión sobre este particular hace mucho que perdió seriedad —si alguna tuvo— y pasó al terreno de la picaresca.

 Jaime Hernández Colorado.

octubre 8, 2012

Tutto e subito

A mi hermano Pablo Andrade.

 

El 2 de octubre un grupo de individuos que después se erigieron en “comité” se hicieron de las instalaciones de la Unidad de Humanidades de la Universidad Veracruzana en su sede de Xalapa. El pliego petitorio contiene elementos disímbolos. Por un lado asuntos de interés general. Por otro, disparates. Viene bien diseccionarlo.

En el punto dos “exigen” que cese la intervención de la rectoría en la designación de los directivos de las facultades. Esa práctica la señalan absolutamente “antidemocrática”. La realidad es que informal o formalmente los rectores siempre inciden en esas designaciones, pues a eso están. Para qué ser rector de universidad si no. Hay que llamar a los “humanistas” a la etimología.

En otro punto exigen “que en la designación de autoridades y académicos, se permita la participación significativa de las y los universitarios (estudiantes, docentes, investigadores, personal administrativo)”. Piden que la Junta de Gobierno sea electa “mediante procesos democráticos” y que no designe ésta al rector. Sin reparar en que la junta actual —y las anteriores— se adornan con individuos tan eruditos como Alberto Olvera, Fernando Serrano o Diego Valadés.

Estos sujetos lo que quieren es convertirse en la clase dominante de un Estado (universitario) totalitario. Arrogarse el derecho de normar la vida universitaria de todo a todo. Y quieren todo y súbito. Palapas y cafeteras, gratuidad de eventos, autoexaminación del servicio social, vaya, hasta “titiritear” al rector.

Pretenden influir en “la permanencia y contratación” de docentes. Pretenden decidir sobre la manipulación del presupuesto. Pretenden “eliminar la burocracia” para el otorgamiento de recursos para diversas índoles —a ellos.

Otro punto. Buscan mejoras. Eso no está mal. No reparan en que la UV no es una entidad riquísima. Tampoco reparan en que bastante hace actualmente. Mucho menos en que gracias al gasto con los famosos “Halcones” la universidad se allega recursos que de otra forma no podría obtener. Y que si la gratuidad inundara esos eventos entonces sí ese dinero se diluiría en una cloaca sin fin.

La transparencia y acceso a la información de la universidad es lo más rescatable del pliego petitorio. Sin embargo, en todo el documento subyace la necesidad de control. Los protestantes lo que quieren es control, lo exigen. Y para garantizárselo impiden al resto de estudiantes, que no necesariamente los apoyan, el uso de las instalaciones de la Unidad.

Lo que quieren los que redactaron ese “pliego” es un paraíso. No quieren autonomía universitaria. Quieren que la UV derroche dinero que no tiene de dónde sacar. La única fuente: el gobierno estatal. El resultado: prolongar —y aumentar— la ficción la autonomía universitaria. Nadie repara en eso.

Pero qué van a reparar en la inverosimilitud de lo que piden, exigiéndole esfuerzos sobrehumanos a una universidad estatal exhausta en términos económicos, débil en lo institucional y cuya calidad agoniza. No pueden atender eso, porque ni siquiera atienden a la gracia de la buena redacción, los “humanistas”.

Y nadie se detiene tampoco en que administrar universidades no es fácil. Cuando Daniel Cosío Villegas, estudiante de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, lideró la oposición al rector de turno —Vasconcelos— en la Universidad Nacional, éste, como respuesta, lo invitó a trabajar con él. Y —le dijo— “aquí se dará usted cuenta que administrar una universidad no es cosa fácil”. Cosío Villegas nunca volvió a liderar oposiciones al rector, con la política como fondo.

En este “movimiento” hay una última clave. El punto es político. La “reforma laboral” no les parece. Y creen que asfixiando a la UV y a sus compañeros de Humanidades harán algo relevante contra esa normativa. Quieren al rector condenando las “reformas estructurales”. No saben cuáles son, ni de qué van, ni si van a existir —porque en plural aún no—, pero quieren al rector condenándolas. Más faltaba.

Analizando con amplitud el documento, la columna vertebral del descontento no es de hoy, ni de ayer. Los problemas que denuncian, las carencias que evidencian, todo, todo son asuntos comunes a todas las universidades públicas del país. Problemas que han existido toda la vida y que para solucionarlos sólo hace falta caudales de dinero que, ¡vaya!, esas instituciones no tienen. Pero, con todo y esos problemas, las universidades siguen funcionando, siguen formando individuos —al parecer no todos pensantes—, siguen investigando y ejerciendo la docencia. Las universidades estatales, con todo eso que hoy denuncian los protestantes xalapeños, no se han caído. Y no se caerán, porque esos contratiempos son de solución lenta, de visión futura. No se los puede arreglar todos, y menos de súbito.

Que si es legítima la protesta, lo es. Que si es justa, no. Que si son las formas, no. Y no por tenerle buena fe al rector, sino por tenerle buena fe a los compañeros que se supone uno representa. Que si el pliego petitorio da risa, sí. Porque muestra dos cosas: uno, quienes lo redactaron no saben escribir —y tampoco tienen vergüenza; dos, quienes lo redactaron saben que de todos los puntos, ni uno solo se puede solucionar de súbito. La mayoría no dependen del rector ni de nadie, dependen del dinero —que la UV no tiene.

De tal suerte que lo que parecía haber en Xalapa era ganas de camorra. Y la reforma laboral y las palapas y los eventos y los problemas sempiternos —que sí existen y que sí son relevantes, pero imposibles de solucionar de plumazo— ofrecieron el punto de origen.

La manera en que se conducen estos jóvenes —ojalá que lo sean—, con objetivos que de antemano saben no alcanzarán, inanes, no es la correcta. La discusión y la participación de los estudiantes es buena, justa y necesaria, pero no las exigencias con ánimo vandálico que afectan directamente a los que deberían beneficiar. Las formas se han perdido. Y los protestantes se escudan en la construcción simbólica de “estudiantes” para ejecutar acciones que no los hacen mejores que los delincuentes que cierran carreteras con autos quemados.

Lo peor de todo, lo más indignante, es que quienes hacen las veces de líderes saben que finalmente se sentarán a negociar con el rector, sólo Dios sabe después de cuántos días de perjudicar a los colegas de la Unidad de Humanidades, y pactarán un resultado que les convenga a ellos y que a la base le dé la ilusión de haber logrado algo. Así ha sido siempre y en esta ocasión no tendría por qué ser distinto.

Quizás la culpa de esta protesta que no beneficia y sí perjudica la tiene la propia rectoría de la universidad. Porque ha desdeñado su actividad: regir. Las consecuencias son evidentes. Alguien, el rector quizás, soltó la rienda. Y, como dice el tango: la cabra al monte tira… y una vez más razón tuvo el refrán.

Jaime Hernández Colorado.

septiembre 27, 2012

El Coronel no tiene quien describa

La euforia por un acontecimiento histórico, por vivirlo, por verlo día con día, nubla la percepción que se obtiene del mismo; más en el mundo tan acelerado de hoy, donde la tergiversación es ley —medios de comunicación mediocres y obcecados, la politización de cualquier tema bajo una dicotomía moral, el “poder” que confiere una red social para opinar de lo que sea… Rara vez se tiene una crónica fiel durante el momento histórico más que en algún recorte periodístico, la opinión de contados individuos en una mesa televisiva o un artículo de revista de numeración corrida. Por lo general, los análisis más objetivos vienen cuando el tema se enfría y hasta incorporan en su título “tal tema en retrospectiva”.

La llamada “Primavera árabe” es ejemplo. La euforia por el “despertar” de aquellos pueblos, la excitación con el Twitter, las crónicas de plagiarios que venden millones de libros como Fareed Zakaria y la dicotomía “democracia=bueno/dictadura=malo” ha marcado la mayoría de las descripciones disponibles. Poco se hace por diferenciar la revuelta egipcia de la libia, ésta de la tunecina y ésta a su vez de la siria. Todos son dictadores malvados; “todos son iguales”. Nos facilita todo: nos ahorra el ejercicio de pensar detenidamente, o de pensar siquiera. Por qué Gadafi no cayó en los 70 y hubo que esperar 43 años nadie lo sabe, o por qué los levantamientos en Egipto y Túnez fueron relativamente pacíficos y en Libia o Siria fueron armados tampoco está claro. Todo queda en enumerar las bondades de la democracia y las maldades de la tiranía.

Luego ya no sabe uno de quién fiarse, porque cada vez menos hay quien describa seria u objetivamente el momento histórico. Publica Foro Internacional (vol. 46, no. 3, septiembre-diciembre 2011) un artículo de Román López Villicaña, de la Universidad de las Américas campus Puebla, “Libia: autoritarismo y Estado rentista”. Comienza despertando curiosidad, se pregunta qué hace distinto el alzamiento contra Gadafi de otros en la región, y acaba diciendo que en Libia “antes” la gente “vivía de las palmeras” y que “los libios no trabajan”. Literal. Otro artículo en Foro, “El colapso de la dictadura de Gadafi: ¿qué futuro para Libia?”, de Yahia Zoubir (vol. 52, no. 2, abril-junio 2012), además de traducir “Libyans” como “libaneses” y confunde Níger con Nigeria, explica la caída de Gadafi por la “corrupción rampante” y la escasísima libertad de prensa en el país, además del “derroche económico” del líder y sus hijos, “algunos de los cuales eran verdaderos rufianes”. Y uno se pregunta, otra vez, por qué duró 43 años en el poder si el Coronel fue corrupto, derrochador y rufián desde un principio.

Es enfadoso que se escriba de esta manera; que se nos diga cuando Gadafi ya cayó que era autoritario, como si por cuarenta años hayamos dormido soñando que los líderes de naciones enteras —sean demócratas, monárquicos o autoritarios— no son “corruptos”, o sea, que se desvían de un estándar (¿impuesto por quién?), en ocasiones, porque las condiciones locales así lo requieren para el funcionamiento del orden social y para que la gente no se mate; en otras, ciertamente, porque se hacen de recursos a expensas de otros, lo cual se podría llamar más bien “oportunismo”. Pero “corrupto” se ha vuelto sinónimo de autoritario, de algo maligno y aun de lo ilegal, como si no hubiese corrupción amparada por la legalidad, o corrupción en “democracias” como Suiza.

***

En enero de 2012 llegó de Libia una noticia sin gran repercusión, pero que dice mucho. Una centena de hombres mató a 4 efectivos del gobierno transicional libio (CNT) en el poblado de Bani Walid. La razón, se dijo, es que eran “pro-Gadafi” y hasta “ondeaban banderas verdes”. Al día siguiente Reuters reportó que no, que “habían luchado junto al CNT” en la guerra civil, pero que expulsaron gente de Trípoli que quería imponer su voluntad en la ciudad.

Tuvieron que pasar semanas para que supiéramos que ni unos ni otros; que, como era de esperarse, en público apoyaban la “revolución” del CNT, pero en privado, cuando los reporteros de Dawn preguntaban de viva voz a los locales, se decían cosas como “Muammar está en nuestros corazones”, que “las nuevas autoridades representan a Sarkozy” o que “esta casa se la dio Muammar a mi padre”. De ahí la importancia de preguntar las cosas in situ para, como dice Lauren Berlant, “asir la lógica más profunda del mundo” en un registro particular y empírico. Y si uno echa mano de la historia, siempre útil para entender sucesos actuales, no está de más un wikipediazo que explique por qué en Bani Walid hay nostalgia: es el único poblado en donde vive la tribu warfala, lo cual habla de una identidad ligada a un área geográfica de escasos kilómetros cuadrados donde no se permite la imposición de fuera; fue, además, una de las más favorecidas por el Coronel, tanto que el ex primer ministro del CNT, Mahmud Jibril, es warfalí y antiguo protégé, por cierto, de Saif al-Islam Gadafi, hijo de Muammar. Ahí uno puede ver también el oportunismo (en este caso político) que viene amparado por la “democracia”, sólo que éste no se condena, porque Jibril se ha “purificado” en las aguas democráticas, que todo permiten. Y es más triste que Wikipedia pueda explicarlo mejor que la prensa o incluso que varias fuentes “académicas”.

Gadafi entendió que el sistema tribal era el núcleo del orden social libio y supo conciliarlo con la estructura política de su régimen, mediante los Liderazgos Populares Sociales (que restauraron una dignidad tribal cohibida durante décadas de invasión y monarquía) y bajo los Congresos Populares Básicos, un sistema legislativo electo por democracia directa (¡oh sorpresa!). Va quedando claro, pues, que la famosa “democracia liberal” va a ser difícil de imponer (sí, imponer) en la Libia rural por estos antecedentes; Bani Walid fue sólo una manifestación temprana y el CNT ya dio cuenta de una primera debilidad, que curiosamente puede verse también como fortaleza: respetó, como Gadafi, la organización municipal del poblado y declaró que reconocería a los líderes locales.

El levantamiento en Libia fue armado, a diferencia de sus vecinos limítrofes, dado que el Coronel tenía una legitimidad bastante amplia como redistribuidor de beneficios petroleros y como respetador del sistema tribal; el mismo término “guerra civil” en vez de “revolución” habla de dos bandos, uno a favor del régimen y otro en contra, y no es trivial que a los ojos de millones de libios había que salir a luchar por el líder. No es tan fácil como decir que un día Libia despertó y quiso ser “democrática” y que absolutamente todos estaban en contra del “cruel dictador”. No se vio en Túnez o Egipto que se tomaran las calles con imágenes de Ben Alí o Mubarak, que tuvieron únicamente revueltas por factores múltiples ante una deslegitimación del régimen en los últimos años y condiciones de vida, al menos en el caso egipcio, mucho más magras; sí se vio —y se ve aún—, en contraste, en Siria, donde los al-Assad también construyeron una legitimidad más hacia fuera con base en la firme posición anti-Israel, la forma de “protector” de Líbano y ayuda a la OLP. Hacia dentro también hubo legitimación a pesar de que la familia provenía de la minoría alauita: un sistema corporativizado que dio voz y representación, si bien controladas, a cientos de grupos que antes no la tenían y un liderazgo que abrazó el sunnismo yendo en contra, incluso, del chiismo característico de los alauitas.

Así comienza a verse, si bien de una manera muy incipiente, que hay diferencias, y que éstas importan si se quiere explicar seriamente los acontecimientos en la región. Así, también, empieza a entenderse que en Libia se ondeen banderas verdes post mórtem y que, como se reportó después, en Bani Walid haya grafitis pro-Gadafi y niños que recitan el Libro Verde; tanto más si sabemos que el CNT cometió algo que en su momento pareció certero: repartir armas entre cientos de grupos tribales que, por ende, pueden hoy reclamar lo que gusten por la fuerza. Y el tema viene a cuento ahora, en el último tercio del año, porque el presidente de Libia, Mohammed el-Megarif, viajó a Bani Walid para suplicar calma en la ciudad y decir que se respetarán las costumbres locales, al estilo puro de Gadafi; con ello, uno se da cuenta de que Joel Migdal tenía razón con aquel enfoque de “el Estado en la sociedad” y de que la nostalgia, empíricamente registrada, es la mejor herramienta para contrarrestar la euforia desmedida por el presente y ubicar a éste no en un pedestal, sino en medio de la búsqueda por la objetividad.

Rainer Matos Franco

27 de septiembre de 2012

septiembre 13, 2012

La avenida autoritaria

 

Agradezco a Jaime Hernández Colorado sus comentarios a este texto.

Escribe Andrés Lajous en Emeequis ayer un articulito de unos cuantos párrafos. Es conciso y va a lo que va. Muestra una profunda indignación, cuyo eufemismo se ejerce mediante preguntas como “¿cuáles son los límites a quién conmemorar considerando su significado político?”, frase que en primer lugar carece de una redacción sana. La indignación de Lajous proviene de lo siguiente: el Gobierno del Distrito Federal inauguró un parque hace unos días en Chapultepec con dinero del gobierno de Azerbaiyán, que también puso lana para renovar la plaza Tlaxcoaque. Hasta ahí todo va bien para Lajous. El problema, sin embargo, del cual surgen en su escrito preguntas a granel, es por qué en medio del parque hay una estatua “enorme” y “de bronce” del ex presidente azerbaiyano Heydar Aliyev. Se queda uno con la duda de que quizás la indignación de Lajous menguaría si la estatua fuera de estaño y de 40 centímetros. Pensé que Lajous, urbanista como es, loaba el rescate del espacio público; qué mejor que Azerbaiyán haya puesto el dinero. Pero no. En realidad la indignación no va por ahí.

Contundente, la primera caracterización histórica que hace Lajous de Aliyev es “que hace unos años dejó a su hijo en el poder”. Eso lo convierte al instante, debemos suponer, en un autócrata. No merece tener una estatua “enorme”, “de bronce”. Continúa, sumido en su indignación: “No está claro cuál es la justificación para tener a Heydar Aliyev sobre Reforma, más que «su gobierno» [sic; permitámosle la frase, aun cuando el presidente Aliyev haya muerto hace casi diez años] pagó un espacio para continuar el culto a la personalidad con el que gobernó a su país”. ¡Tras! ¿Se habrá puesto a pensar Andrés cuál es la justificación para tener a Josip Broz Tito (en la foto) un poco más allá, también sobre Reforma? ¿O la de tener a Atatürk también sobre Reforma pero en medio de Las Lomas? Más abajo asevera que “fue expulsado” del gobierno de la URSS por Gorbachov acusado de “corrupción”, y uno se pregunta si esto es relevante, porque aun si no hubiera sido corrupto, lo que seguía inexorablemente era tacharlo de comunista, y todos sabemos que los comunistas son malvados por naturaleza. Sí. Aliyev tuvo que renunciar al Politburó por los cargos de “corrupción” que Gorbachov tendió contra él. Sin embargo, irónicamente, fue una de las más grandes figuras anticorrupción en la Unión Soviética de Brezhnev, de Andropov y de Chernenko (1964-1985). Pero hay que quedarnos nada más con que fue “corrupto”, sin hacer balances.

Lajous se asusta luego porque Aliyev “llegó al poder de forma no muy democrática”. Olvidará que era un ex comunista. Y si uno lo ha sido toda su vida, y si ha sido miembro del Politburó de la Unión Soviética, está un poquito difícil ser “democrático”, incluso para Boris Yeltsin. Olvidará, también, porque suponemos que sabe, que Heydar Aliyev llegó al poder en Azerbaiyán por medio de un plebiscito en medio de una guerra: Aliyev era gobernador de Najicheván, un enclave azerbaiyano en el suroeste de Armenia —separado físicamente de Azerbaiyán— donde el 99% de la población es azerí. Gobernó con autonomía del gobierno de Bakú, con la misma autonomía relativa que había concedido Moscú desde 1921 a la República Socialista Soviética Autónoma de Najicheván.

Llegó a presidente de Azerbaiyán tras ser invitado desde Bakú a poner orden tras la toma del poder por parte de un ejército que entablaba la guerra de Nagorno-Karabaj contra Armenia, cuyo motivo era una disputa territorial por otro enclave, en este caso de mayoría armenia, en medio de Azerbaiyán. Durante seis años de guerra (1988-1994), este país perdió 20% de su territorio hacia el final del conflicto. Había que traer a un comunista experimentado, a una figura legítima (amén de “corrupta”), para que pusiera orden y pacificara el país, algo parecido al llamado de la elite finlandesa al mariscal Mannerheim en 1918 y en 1944 para pacificar el país bajo su autoridad indiscutible. Cuando Lajous se pregunta, líneas más abajo, “¿Cuáles son los méritos memorables de Aliyev?”, seguramente no estaba pensando en el hecho de pacificar el país a un duro costo, que para el que viva una guerra en su territorio no debe ser cualquier cosa, ni en que dicho país tenga como consecuencia alrededor de casi un millón de desplazados según cifras de la Comisión de Refugiados de Naciones Unidas.

Por si no fuera poco, más adelante Lajous cita “los wikileaks” [sic] para decir que “la esposa del hijo [sic], hoy presidente”, es una de las personas más poderosas del país. Luego de un punto y seguido, la frase que sigue es maravillosa: “Un régimen de amplia corrupción”, sin decir por qué, o cómo funciona ésta, o cómo se hizo poderosísima Mehriban Pashayeva. Lo importante se reduce a que, según funcionarios de la Embajada norteamericana en Bakú, la Primera Dama es muy poderosa y “corrupta”, como si varias primeras damas en las llamadas “democracias liberales” no fuesen “corruptas”. La señora Sahagún, por ejemplo. Y a Lajous le parece una novedad descubrir esto en un sistema autoritario. Lo he dicho y lo sostengo: enumerar axiomas amparado en una ideología que comparte buena parte del mundo no lo hace a uno mejor analista que otro, como tampoco el sentir empatía por el objeto de estudio. En ese caso, los “transitólogos” y la literatura normativa pro-democracia, que no es la menos frecuente en el tema de regímenes políticos, tendría la razón siempre —la mayoría de las veces, no sucede así.

Otra de sus fuentes es el obituario del New York Times para la muerte de Aliyev, en 2003. Supongo que el lector comienza a ver un patrón en las fuentes de Lajous. Y si no, lo hago manifiesto: “los wikileaks”, el New York Times, y no podía faltar Human Rights Watch, que “tiene una lista de violaciones a los derechos humanos y restricciones a la libertad [a cuál, se pregunta el que escribe] bastante preocupante en aquel país”. Y otra vez se topa uno con axiomas y pautas en el texto de Lajous. Es un sistema autoritario, con todo lo que ello implica. Por ahí mete luego un vínculo con un artículo de Jorge Castañeda sobre el comunicado del Partido del Trabajo en referencia al pésame por la muerte de Kim Jong-il. Otra pauta para decir lo mismo sobre los comunistas, autoritarios o cualquier cosa que no signifique balance real de poderes: todos son iguales. Y se indigna por que el comunicado del PT haya causado revuelo, y no así la nota sobre Aliyev, pero luego subsana, lopezobradorista como se ha vuelto, diciendo que habría un “escándalo” si hubiera sido el gobierno de López Obrador el que pone una estatua del “ex líder soviético convertido en presidente autoritario nacionalista sobre Reforma”. Quizás sea lo único con lo que concuerdo en el artículo de Lajous.

Un último punto de indignación sentencia el sentido del escrito. La “cercanía” de la estatua de Aliyev “a las estatuas de Gandhi y Churchill”. Había que ponerla, quizás, del otro lado de Reforma, cerca de Tito y Atatürk, un líder comunista y un “autoritario nacionalista” más. Pero en el sitio donde está es probable que la malicia de Aliyev contamine de moho y polvo las estatuas de Gandhi y Churchill. Lo más grave es que Lajous no parece advertir el oxímoron entre ambos personajes: sabemos por sus mismas memorias que sir Winston, ávido de acción, abrió fuego a una tribu pastún en Malakand, al noroeste indio (actual Paquistán), en 1897. Quien sepa un poquito de la colonización británica de la India, además, sabrá que Churchill se oponía a la revuelta “pacífica” de Gandhi, que lo detestaba y que incluso fue uno de los fundadores de la India Defence League; famoso es también su telegrama a Archibald Wavell, en el que se pregunta “por qué Gandhi no ha muerto aún”.

Pero Lajous mete implícitamente en el mismo saco a ambos personajes, a esas figuras incorruptibles que no deben mezclarse con los autócratas y que sí son dignas de tener estatuas, a pesar de que el Congreso Nacional Indio, para Churchill, era una bola de “Brahmnis who mouth and pattern Western liberalism”, según su discurso del 18 de marzo de 1931. Es el mismo Churchill que según Anthony Beevor en The battle for Spain admiraba al general Franco —que si no es “autoritario-nacionalista”, el mundo se habrá torcido—, el que llamaba “primo” al Duque de Alba, y que no hizo nada por salvar a la República sino hasta que fue muy tarde; el mismo Churchill que admiraba al Duce, a Mussolini el “Genio romano” y “máximo legislador entre los hombres”, como lo llamó él mismo, según relata el libro de Lynn Picknett et álii titulado War of the Windsors. El mismito Churchill.

 

***

Reforma es, por donde se vea, una avenida autoritaria, a pesar del nombre. Creada por Maximiliano, con un Ángel inaugurado por Porfirio Díaz, Cuitláhuac, Cuauhtémoc, el Cristóbal Colón —que representa la apoteosis de ultramar de la monarquía española (autoritaria y nacionalista, naturalmente)— y hasta oficinas del SAT. Y para qué hablar de las estatuas de Atatürk y Tito, que son por separado lo que Aliyev es en una persona: un comunista y un autoritario-nacionalista.

Sorprende que Lajous, en su afán por los paseos en bicicleta, no haya advertido todo esto.

 

Rainer Matos Franco.

12 de septiembre de 2012.

agosto 28, 2012

Política anseriforme

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Últimamente hemos leído, y escuchado, y quizás hasta reflexionado, que los 16 millones de votos que ganó la izquierda deberían servir para calmar las aguas; que los reclamos de fraude deben pensarse dos veces dado que está en juego un nuevo capital político sin precedentes. Pero no es así. Y es que no es una cuestión de cantidad de votos. Si la izquierda hubiese ganado por un solo voto teniendo, qué sé yo, 6 millones en total, no veríamos patos sino júbilo en las oficinas de López Obrador. Insisto: un voto. Pero como una vaca mama al derecho y otra mama al revés, veamos la otra cara de la moneda. Si hubiese perdido la izquierda por un solo voto, así hubiera logrado 25 millones, habría quizás no varios sino un solo pato, el del voto comprado. O sea, que no importa si se gana con 16 o se pierde con 25 ni si se pierde o se gana por uno: lo relevante para la izquierda es que perdió. Punto. Y eso significa automáticamente fraude.

Pero en donde se ganó no se pregunta el cómo. Se sobreentiende que hay un electorado racional, libre pensador, que no se deja comprar, que va y vota por la mejor opción: la izquierda. ¿Por qué? Porque es izquierda, y es la mejor opción. Poco importa si un capitalino marca el cuadrito que dice “Miguel Ángel Mancera Espinosa” en la boleta de Jefe de Gobierno pero cruza “Enrique Peña Nieto” en la de elección presidencial, o si un morelense marca “Graco Ramírez Garrido Abreu” en la boleta para gobernador y “Josefina Eugenia Vázquez Mota” en la presidencial. Ganó Mancera. Ganó Graco. Nadie lo discute. El problema es que el primero ganó con más votos que López Obrador en el DF, y ahí sí empiezan las dudas, porque no cuadran las cifras en el ideario de la izquierda. Y en torno a ello hay que hacer algunos ajustes mentales, como siempre, con tal de no afrontar la realidad.

¿Acaso el PRI, que según la izquierda tiene una presencia nacional abrumadora (y sí, pero no), compró votos a los capitalinos que votaron por Mancera y por Peña? ¿En serio? ¿Ese PRI de Beatriz Paredes, que ni siquiera puede controlarse? ¿Ese PRI deshecho de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, el “Zarevich de la Basura” (hijo del papá, pues), que ya ni a los pepenadores puede comprar? ¿En serio? ¿El de Israel Betanzos y Tonatiuh González Case, que ni elecciones pueden ganar en pueblos bastante más fregados que varios del Estado de México? ¿Ese PRI? ¡Cómo lo hemos subestimado! Quizás, entonces, fue Mancera el del fraude kilométrico, el que no ganó abrumadoramente, porque el PRI todo lo puede. Y lo dicen López, Zambrano y Anaya. Hay que creerles. Es sentido común.

Y pasando a lo serio, ¿sí hubo compra de votos en la capital? No extrañaría. La especulación inmobiliaria que ya ha destacado Leonardo Curzio, los cortes al suministro de agua en Iztapalapa, la violación constante al uso de suelo en Tlalpan por parte de su delegado Higinio Chávez y sus múltiples gasolineras (tan sólo tres seguidas en menos de un kilómetro en Insurgentes); todo ello es negocio. Y es negocio, inexorablemente, político. Si el morral que reparten en el kiosco es amarillo y dice “Maricela Contreras” (delegada electa de Tlalpan por el PRD), nada pasa. Si el morral es verde con rojo y dice “Enrique Peña Nieto” en esas horrendas letras gigantescas y cuadradas, la indignación es inacabable. Me quedo en el “no extrañaría”, porque pruebas hay, y más fehacientes que el pato y el chivo.

Me parece, pues, de un egoísmo y una enajenación de la realidad terribles el creer que la elección presidencial sólo pudo haberse ganado. Sólo ganar, sin ninguna otra opción. Era el único resultado posible. Si no es así, es porque el tribunal armó una treta, no por voluntad popular. Es porque los periódicos ya lo cantaban, claro, con sus encuestas falsas. Es porque el PRI es tan pero tan pero tan poderoso que seguramente puede comprar hasta los votos de los mexicanos residentes en Turkmenistán. Y lo más grave es que la izquierda atente contra nuestra inteligencia y diga en público que Peña Nieto únicamente puede ganar con votos comprados, que no probados.

Y lo grave de lo más grave es que la izquierda no se dé cuenta de que hay gente que va y marca libremente el espacio con el nombre del ex gobernador del Estado de México sin tortas, sin gallinas, sin Soriana. A mí sí me resulta muy serio que, estando frente a la boleta, alguien marque ese cuadrito por voluntad propia y no por haber intercambiado una torta; que lo haga porque le convence un individuo de pocas luces que tuvo el más magro desempeño para un gobernador entre 2005 y 2011. Los números mexiquenses ahí están (transparencia, competitividad, feminicidios, derechos humanos, violencia, pobreza extrema). Pero la izquierda no se da cuenta de eso. Peor aún, el ataque no va por allí: los soldados que defienden el voto —que debe defenderse desde antes de una campaña— pasan de ser sagacidad y crítica inteligente a… una cabra y un pato.

La actividad favorita de López Obrador parecería ser dar la razón a sus adversarios; a los políticos, pero también a los que tiene entre la ciudadanía. Si lo tachan de ridículo, llena su oficina de patos, gallinas, cabras. Si lo tachan de loco, le abre paso a Juanito. Si lo tachan de conservador, veta la Ley de Sociedades de Convivencia propuesta por su partido en 2004 (¡y su promesa de campaña en 2000!) como Jefe de Gobierno. Si lo tachan de incongruente políticamente, deja que Monreal negocie y regale la elección gubernamental al PRI en Zacatecas en 2010; a ese PRI que hoy es el centro de las críticas de la compra y el fraude, por cierto. Si lo tachan de mentiroso, dice que desde hace ocho años “no habla” con René Bejarano, quien opera para él políticamente en la ciudad, o que “tiene encuestas” que lo ponen arriba de Peña, las cuales nunca muestra.

No es exclusivo de él. Si tachan al PRD de polarizar, Jesús Zambrano advierte un “estallido”, como hizo la semana pasada. Como si la derrota del PRD fuera la mayor tragedia nacional, sin importar la violencia, el crimen, las sequías, las condiciones magras de subsistencia, el limitado acceso a créditos para un sector de la población, las grandes empresas que no pagan impuestos, la pobreza cultural de la televisión. No. Importa que nos robaron la elección. Importan tapizar la oficina con tarjetas de Soriana. Y tampoco parecen ser trascendentes, ahí sí, los números que se ganaron en ambas cámaras: eso sí influye para erradicar dichos problemas. Pero no: importa más la foto junto al pato.

Es por lo que nos vamos a acordar de López Obrador en quince o veinte años. No por su enorme labor administrativa como Jefe de Gobierno de la capital, como el hombre que comenzó a rescatar una identidad citadina y en la izquierda nacional vapuleadas por el priismo; no por sus ideales, su recorrido de todos los municipios del país, su sencillez, su liderazgo, sus vastas campañas políticas. Nos vamos a acordar del loquito, del incongruente, del mentiroso y del ridículo. De Juanito, de la cabra, de la gallina, del pato. Es la política en su forma más anseriforme.

Rainer Matos Franco

27 de agosto de 2012.

mayo 25, 2012

El gallo de oro

 

En estas épocas de ebullición universitaria vale la pena contar una anécdota que vincula esa magia efervescente, solidaria y colectiva que tiene el estudiantado con uno de los lenguajes universales como es la música. Si bien hoy el hervor no se da sólo entre miembros de dicho arreglo social, sino en la mayoría de los rubros (como se ve en las protestas alrededor del mundo), en México éste ha adquirido un renombre especial y se ha convertido en un tema delicado a través de los años comenzando, evidentemente, con aquellos sucesos tan lejanos y cercanos a la vez como los de 1968 y, no en menor grado pero sí en mayor olvido, los de 1971 e incluso de 1988. En este contexto, lo que se vio hace unos días en el país fue una reacción de estudiantes (mas no del estudiantado en general, o de la Ibero) a la realidad política actual, a los temores que hay con los probables resultados electorales y al apoyo que hay también hacia otros, pero también hacia los evidentísimos sesgos de varios medios de comunicación, guardando toda proporción con manifestaciones pasadas.

Bajo mi humilde opinión, no puedo más que celebrar que en un coto de conservadurismo, como se solía ver a la Universidad Iberoamericana, se diera una reacción tal que cuestionara lo que para varios actores políticos es incuestionable. Si unos argumentan que este acto fue erróneo y fuera de lugar, que “hay formas” de protestar, también puede decirse a los de arriba que “hay formas” de negociar, como el caso Atenco o, en un caso mucho más específico y pequeño en números y modos, el caso de la Universidad Michoacana hace unos días. Bajo esto, queda claro que Enrique Peña no es un buen priista, como tampoco lo es Fausto Vallejo, pues prefieren reprimir antes que indagar e incluso, de una manera muy distinta al PRI de sus antepasados (con evidentes excepciones), a negociar/cooptar. En efecto, es un nuevo PRI.

Asimismo, no puedo dejar de celebrar que estudiantes de universidades tanto públicas como privadas estén dejando atrás esas diferencias abismales —de todo tipo— para hacer conciencia juntos, independientemente de las tendencias políticas que la acción conlleva. Más no digo. Pero sobre lo que quiero escribir es un acontecimiento histórico que parece insignificante cuando se ve en retrospectiva y se pierde como una gota en el mar de la historia universal, que sin embargo tiene que ver con lo anteriormente planteado y que vino a mi mente tras escuchar una suite clásica llamada Scheherezada, del compositor ruso Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908).

Primero que nada, como inquietud cultural, hay dos escalitas que hace el primer clarinete en el tercer movimiento, “La joven princesa y el joven príncipe”, que son prácticamente iguales (con o sin intención, no lo sé) a otras dos hacia el final del Nocturno no. 20 en Do sostenido menor, Op. post. de Chopin. Si bien se encuentran en diferente tonalidad, en ambas piezas las escalas comienzan y terminan en una misma nota: Sol sostenido en Chopin y La (un semitono arriba) en Rimsky. Es necesario recordar que Los Cinco —el grupo de compositores al que pertenecía Rimsky, junto con Borodin, Balakirev, Mussorgsky y Cui, que buscaba reivindicar la música romántica rusa en el siglo XIX— admiraban a compositores como Chopin y tomaban sus ideas de vez en cuando, aunque al mismo tiempo tomaran distancia de ellos. Es sólo una imagen que vino a mi mente; juzgue el lector si es que le interesa comparar ambas escalas; no son difíciles de identificar. Aquí la liga a ambas obras. (Rimsky) (Chopin)

Nikolai Andreyevich era un liberal en cuanto a política; no lo ocultaba. Como profesor, tenía esa tierna y admirable responsabilidad (en su caso, del Conservatorio de San Petersburgo) para con sus estudiantes, entre los que destacó Alexander Glazunov, quizás uno de los compositores ruso-soviéticos más infravalorados ante su apabullante alcoholismo, de quien don Nikolai dice en sus memorias  (Crónica de mi vida musical) que “su evolución musical no se daba de un día para otro, sino de una hora a otra”.

En 1905, Rusia vivió la primera y menos exitosa de tres revoluciones en doce años. Ni siquiera fue, en términos reales, una revolución, sino un intento fallido de quién sabe qué, que comenzó oficialmente —había movilizaciones importantes desde el año anterior— cuando el padre Gapón decidió arengar a varios trabajadores que exigían mejoras laborales (¿qué más podían exigir?) y hacer una procesión al Palacio de Invierno para peticionar directamente al zar sus demandas. Lo que encontraron, sabemos, no fue una imagen de ese zar benevolente, mí(s)tico, que amaba a su pueblo; encontraron balazos: la muerte a manos de conterráneos, por orden de Nicolás II, quien ahora tiene iglesias erigidas en su honor por toda Rusia como santo de la Iglesia Ortodoxa simplemente porque los bolcheviques no fueron menos despiadados con él y su familia.

Los bríos revolucionarios de aquel año alcanzaron a los instrumentos del Conservatorio de la entonces capital, cosa por demás inevitable en tanto que éste se encuentra a no más de 15 cuadras del Palacio, algo así como 3,640 pasos si uno camina por la calle Kazanskaya. Los estudiantes de música fueron contagiados, según Rimsky, por el romanticismo (que no musical) de sus pares de la Universidad Estatal de San Petersburgo. Nikolai Andreyevich, a sus 62 años, fue hecho miembro de un comité “creado para solucionar las diferencias con los agitados estudiantes”. Sin embargo, claramente desencantado con las medidas represivas del zarismo, se mantuvo secretamente en contra de “toda clases de medidas empleadas para expulsar a las cabezas estudiantiles, mantener a la policía en el Conservatorio” y, en algunas ocasiones, “cerrar el Conservatorio por completo”. En cartas abiertas, demandó la sustitución del director del Conservatorio, Augusto Bernhard, quien fuera un no muy destacado alumno suyo.

Por defender a los estudiantes, Nikolai Andreyevich fue destituido del Conservatorio. Continuó enseñando música en casa a sus educandos, entre ellos, a un tal Igor Stravinsky, aunque éste nunca estudió en la institución. Rimsky no se fue solo. Con él, 100 estudiantes fueron expulsados, 300 dejaron voluntariamente el Conservatorio y tanto Glazunov como Anatoli Liadov renunciaron en protesta. Lo que siguió fue lo inevitablemente característico de las protestas, y en mayor grado de las estudiantiles: la apropiación colectiva de la imagen del intelectual, cuya ópera Kaschei el inmortal fue recreada clandestinamente. Ante esto, la música de Rimsky fue prohibida por el régimen zarista por unos meses, acto poquísimamente conocido y que se olvida fácil ante la censura cultural años después en la Unión Soviética, así como poco se sabe que los pioneros en el exilio interno a trabajos forzados en Siberia fueron los zares y no Stalin. Tras una dirección interina de Stanislav Gabel y, con el difuminar del movimiento para diciembre, al menos hubo un triunfo parcial en la institución puesto que Glazunov fue hecho director, Nikolai Andreyevich regresó a enseñar y se levantó la prohibición de su obra.

El desenlace es interesante. En 1907 Rimsky compuso una ópera llamada El gallo de oro que, aunque suene a restaurante de autopista, tiene más trascendencia que eso por dos motivos. Por un lado, tiene novedades musicales como el “Himno al sol”, con cromatismos que parecen propios del Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy, a quien Rimsky detestaba por hacer “horrores”, como llamaba a la música innovadora. Sin embargo, esta novedad en la música de Rimsky bien podría sentenciar que terminó rompiendo con cierto conservadurismo musical en su última ópera tras oponerse al conservadurismo político al lado de sus estudiantes.

Por otro lado, El gallo de oro es una ridiculización del zarismo, del famoso Rasputín y del misticismo de la época en general. En el prólogo, un astrólogo sale al escenario y dice al público que, aunque ficticia, la historia tendrá una moraleja cierta. En el primer acto, el rey Dodón, quien es completamente inepto, busca hacer la guerra a un pueblo vecino que se percibe como amenaza, sátira tácita de Nicolás II declarando hostilidad al Japón en 1904. Al consultar al astrólogo, éste manipula al rey por medio de un gallo mágico de oro; que aparenta, que sorprende por fuera, que se cree que será óptimo para la guía del gobierno y que por dentro es nada; que se exhibe como producto chatarra. El gallo “confirma” que el Estado vecino tiene malas intenciones y el rey se la traga. No hace falta decir que la guerra es un completo fracaso —y no sólo en la obra, pues el ruso-japonés fue un conflicto fatal para Rusia. En el epílogo, el cínico astrólogo regresa y dice que todo fue “mera ilusión”, como jugando con la mente del espectador.

En efecto, la moraleja es cierta. Las apariencias engañan. Los productos chatarra, impuestos por quienes gustan de jugar con nuestras mentes, suelen llevar al fracaso.

Rainer Matos Franco

24 de mayo de 2012.

marzo 18, 2012

Rusia: las cosas como son

 

Todos sabíamos que el señor Putin iba a ganar la elección presidencial en Rusia. La pregunta era por cuánto y cómo. No lejos de la ilusión, varios preveían una segunda vuelta que nunca llegó y que, en caso de haber sucedido, obligadamente habría tenido que darse entre Putin y el candidato del Partido Comunista de la Federación Rusa, Gennadi Zyuganov. Otros, pasando el límite de la ilusión para internarse en la utopía, pensaron que esa segunda vuelta sería entre Putin y el señor Mijaíl Projorov, magnate billonario que un buen día se levantó y se dio cuenta (¡oh, sorpresa!) que su país no era el tipo de democracia que varios esperan y decidió entrarle al quite como independiente —cosa que en México, país dizque demócrata, ni siquiera se puede. Este último grupo, conformado en buena medida por una prensa occidental a la que suelen írsele las cabras al monte en este tipo de sucesos, vivió la campaña presidencial rusa en un nirvana, menos por un buen entendimiento del sistema político ruso —que tampoco lo tienen— que por una ilusión falsamente fundada en que Projorov provenía de eso que se da en llamar “sociedad civil” y era un noble y finísimo “demócrata”, como si eso automáticamente le diera a uno la victoria y como si todas las sociedades del mundo eligieran a los candidatos más “democráticos” por el hecho de tratarse de salir a votar, sin ponerse a pensar que uno a veces sale a votar para cerrar más el sistema, como la mayoría de los rusos el domingo.

Y, sin embargo, lo obtenido por el señor Projorov no es para desdeñarse: un tercer lugar en Rusia no está nada mal, menos sabiendo que equivale a millones de votos; en el caso de Projorov, a 5,671,348 con un 7.94% de la votación, a pesar de que no cuenta con base legislativa puesto que las elecciones a la Duma fueron en diciembre y el magnate no tiene un partido político. Asimismo, el haber desplazado a un viejo lobo de mar como Vladimir Zhirinovsky al cuarto lugar no es poca cosa. Aunque payaso, dipuhooligan y de poca credibilidad, Zhirinovsky se mantuvo por casi 20 años como una alternativa radical pero latente y su partido, el Liberal Democrático (la ultra-derecha rusa, ni liberal ni democrática), tuvo considerable presencia legislativa desde 1993, año en que se fue al primer lugar, hasta 2011. Quizás el mérito de haber desplazado a Zhirinovsky no corresponde tanto a Projorov, pues ya en la elección parlamentaria del año pasado el Liberal Democrático se fue a cuarto lugar cuando se había mantenido tercero por una década. Parece que la figura de Zhirinovsky se hunde solita por sus escándalos y, ante este panorama, coquetea ahora con un recién electo Putin al reconocer su legitimidad en medio de protestas opositoras, mientras que Zyuganov y Projorov se oponen a dicho reconocimiento. No descartemos, entonces, que el Partido Liberal Democrático de Rusia se convierta en aliado de Rusia Unida en la Duma para salvar el pellejo y mantener el registro.

En otras conjeturas y lecciones de la pasada elección, queda claro que los comunistas siguen siendo la segunda fuerza política de Rusia y que se han mantenido ahí por 20 años, menos por un trabajo legislativo o de gobierno local ejemplares y un programa que se ajuste a los retos y necesidades del país que por lo que Rusia ya no es. Es la nostalgia la que mantiene al Partido Comunista de la Federación Rusa donde está y eso puede palparse en el voto duro: si bien están lejos del 63.64% de Putin, fueron segundo lugar al fin con un bonito 17.14%, que se traduce en 12,282,581 votos, casi un millón menos que los 13 millones que obtuvieron en 2008 pero más que los 9 millones que obtuvieron en 2004.

En cuanto a las protestas que se han dado desde finales de 2011 en Rusia, cabe dejar las cosas claras: quienes protestan son una minoría. Moscú ha congregado a la mayoría de estos grupos con varias decenas de miles; en San Petersburgo y otros centros urbanos de mayor relevancia los números empiezan a descender. No son para nada los cientos y cientos de miles que parte de la prensa estadunidense y varios diarios ilusos quieren hacer creer; tampoco los números ínfimos que presenta la policía rusa cuando cuentan a la gente que pasa los torniquetes. Es un número intermedio, de alrededor de 50,000 personas por lo menos en los tres mítines en los que un servidor ha sido observador de primera fila ahora que me encuentro seis meses en Rusia. No digo que se deba confiar en mi ojo de buen cubero, sobre todo porque cada vez está más miope, pero sí en encuestadoras más o menos independientes que arrojan los mismos números, como Levada.

Fuera de eso, uno puede ver que la oposición no está en lo absoluto unida. La única causa común es gritar “¡Rusia sin Putin!”, pero no hay más. Ni siquiera hay un porqué. Y ni siquiera es una oposición homogénea que busca la democracia por la democracia misma: en las protestas hay comunistas (de por sí heterogéneos entre ellos), radicales ultra-nacionalistas (gente que aprovecha para armar barullo y provocar), liberales (gente que deposita su fe ciega en el libre mercado y que sufrieron un golpazo ahora que Rusia por fin entrará en la OMC) y hasta gente que pide cosas que ya tiene: notable fue una bandera blanca en que sólo se veía el logo de Facebook, lo cual es completamente estúpido: 1) los rusos no suelen usar Facebook porque tienen su propio Facebook à la rusa, llamado Vkontakte (y que, por cierto, es mucho más completo pues ¡puede bajarse música y pueden verse películas gratis!); 2) nadie restringe el acceso de los rusos a Facebook, Twitter, Vkontakte o blogs. Nadie. Un número enorme de rusos trae algún aparato constantemente en el metro en el que tienen acceso a internet en todas partes, como iPads, iPods, celulares, etc. Es una de esas pruebas que revelan que la excitación desenfrenada por eso que se da en llamar las “redes sociales” de internautas muchas veces no tiene fundamento. Sirven, son útiles, pero no gobiernan el mundo y no tiran regímenes.

Y, no obstante, las de Rusia son las protestas más multitudinarias en 20 años. Y que las abandere una minoría no quiere decir que su voz no deba ser escuchada; al contrario, pero primero deberían saber qué es lo que piden y por qué, y empezar a homogeneizarse si quieren tener éxito. Gritar que Putin es un “dictador” no resuelve nada, en parte porque precisamente no lo es, y querer comenzar un cambio con el pie erróneo y mintiéndose a uno mismo es tan inútil como traer una banderita con el logo de Facebook. Es cierto que hay números electorales que tienen poca credibilidad, como el hecho de que Putin haya ganado en la república de Chechenia con más del 99% de los votos, pero tal cosa como una “Primavera Rusa” está lejos de materializarse. Comparar a Putin, también, con otros personajes que ostentan lógicas diferentes y que llegaron al poder por vías muy distintas como Gaddafi, Mubarak o al-Assad, es igual de inútil y erróneo. Rusia no es Libia. Rusia no es Siria. Rusia no es Egipto. Rusia es Rusia.

Pero, en ese sentido, tampoco parece ser suficiente que Rusia sea Rusia para frenar la imbecilidad de algunos líderes de opinión (por desgracia) como el señor León Krauze (debe ser de familia), que osan decir barbaridades como: “Vladimir Putin quiere gobernar Rusia hasta el 2024. Sumaría más de 20 años en el poder. Stalin (que gobernó 30) estaría orgulloso!” [sic]. ¿Qué quiere implicar el señor Krauze? Que Putin es como Stalin, naturalmente. ¿Por qué? Porque pus [sic] gobierna mucho tiempo, nomás. Nada más imbécil y fuera de contexto; nada más disímil. Son lógicas distintas, son procesos históricos distintos y tiempos distintos. Bajo la lógica de León Krauze, entonces, Stalin también estaría orgulloso de la reina Isabel, que lleva 60 años en el poder haciendo nada y gastando un dinero que podría servir para muchas cosas al mundo. Dudo que el padrecito Stalin, que cumplió 59 años de muerto el pasado lunes, sienta desde el más allá estima alguna por Chabela. Y, al mismo tiempo, quizás sí esté orgulloso de Putin, no porque vaya a gobernar 551,489,789,872,374 años, sino porque Rusia ya probó la democracia en pleno, y fue cuando cayó más bajo. Ese recuerdo de los pavorosos años noventa está hoy más fresco que nunca. Rusia quiere (mayor) estabilidad. La tendrá con Putin. Quién sabe por cuánto tiempo.

 

Rainer Matos Franco

7 de marzo de 2012

diciembre 24, 2011

Sábato: un héroe en una tumba


Hemos fracasado

sobre los bancos de arena del racionalismo.

Demos un paso atrás y volvamos a tocar

la roca abrupta del misterio.

—Urs von Balthasar

 

Ha muerto uno de los grandes, sino es que el más. Parece como si la Argentina se estuviera quedando huérfana con la muerte de aquellos que dieron un respiro a tan ignota sociedad en las horas más oscuras y tristes. La muerte de Raúl Alfonsín, Mercedes Sosa, Néstor Kírchner y, ahora, Ernesto Sábato, cuando apenas faltaba un par de meses para celebrar un siglo de su vida, es una serie de acontecimientos que caen como balde de agua fría a tan fascinante nación. Pero no sólo llora la Argentina. Todo aquel, desde el preparatoriano desubicado que leyó El túnel hasta el que conversó horas con Sábato a través de casi su vasta obra, puede hoy, legítimamente, ahogarse en un río de lágrimas y preguntarse por qué mueren éstos y no aquéllos; por qué los Sábatos y no los Videlas; ¿por qué, por qué, por qué? ¿Por qué se beatifica a reconocidos encubridores de pederastas como Juan Pablo II y no a escritores como Sábato, Cortázar, Borges o Bioy Casares, por nombrar únicamente al cuarteto argentino? ¿Por qué el mundo se vuelve loco con una boda inútil que lo transporta de vuelta al siglo XVII en vez de llorar la pérdida de uno de los más grandes expositores de las más recónditas y fascinantes pasiones humanas que han pisado el mundo?

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Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. Sí. Sábato nació hace un siglo en Rojas, en la provincia de Buenos Aires, hermano de otros diez o, como él tristemente afirma, nueve. Lector de Ibsen, Tolstoi y el drama anagnórico del siglo precedente, Ernesto estudiaría la secundaria en La Plata, ciudad entrañable para él, donde murieron sus padres, donde nacieron sus hijos, donde conoció a su esposa Matilde. Fue, también, donde se iniciaría en el estudio literario, cuando abundaban el existencialismo y el nihilismo extremos. En su primer año, sería instruido por el mismo Pedro Henríquez Ureña, notable literato dominicano, siendo parte posteriormente de un círculo intelectual donde participaba junto con su maestro, con Raimundo Lida y Amado Alonso. “¿Por qué, Don Pedro, pierde tiempo en esas cosas?” Y él, con su amable sonrisa, me respondió: “Porque entre ellos puede haber un futuro escritor.”

En 1929 ingresó en la Universidad Nacional de La Plata, donde sus estudios en física lo convirtieron en un científico notabilísimo, honorado con una beca para estudiar energía atómica en el Institut Curie de París y, posteriormente, hacia 1940, en la prestigiada MIT. Su brillantez científica sería compensada con un rostro humano, siempre en contra de la injusticia social y de la inequidad, por lo que desde los 16 años entraría en círculos comunistas. Era la época de Sandino y su guerra contra el imperialismo, al tiempo que estaba vivo el recuerdo de los obreros estadunidenses ejecutados en Chicago en 1887 por las huelgas de Haymarket; asimismo, acababan de morir asesinados Zapata (1919) y Villa (1923) junto con la Revolución mexicana, y moría Lenin con la soviética en 1924.

Al llegar al poder el general Uriburu en 1930 a la Casa Rosada, Sábato, entonces Secretario General de la Juventud Comunista, hubo de interrumpir sus estudios y pasar a la clandestinidad, escapando por ventanas, comiendo de la compasión y siempre luchando junto a su amada Matilde, que había dejado su hogar para vivir con su entrañable Ernesto en un cuartucho porteño. El Partido Comunista de Argentina, interesantemente, lo enviaría a Moscú en 1934 para “corregirlo”, al notarlo dudoso de la unión supuestamente inseparable entre teoría y práctica comunistas por su desilusión con el estalinismo. Ernesto, consciente de que si iba a Moscú quizás no regresaría, escapó a París, a dormir en habitaciones sucias y combatiendo el frío parisino con trozos del diario L’Humanité sobre su espalda.

Su segundo viaje a París, ya con Matilde y su primer hijo, se daría con la mencionada beca, y sacrificaría el estudio físico-matemático por su fascinación con el surrealismo en la literatura y la pintura, al que lo introdujo el pintor cubano Wilfredo Lam. Fue en París donde, sumido en el pensamiento surrealista, decidió intercambiar la ciencia por el arte. En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba. La Segunda Guerra Mundial trasladaría su beca a MIT en Boston, donde produjo sus últimos trabajos sobre el tema y donde culminaría su dedicación a la física, por lo que cientos de elementos de la comunidad científica le darían la espalda, negándose a aceptar que el arte superase a la ciencia en ningún sentido. Una y otra vez, como un náufrago en medio de oscuras tempestades, partí con rumbo insospechado sin divisar siquiera la existencia de una isla remota.

La pareja y el pequeño de 4 años se mudaron a un rancho en la sierra andina de Córdoba, sin agua, luz eléctrica ni ventanas, alejados del mundo; un punto solitario donde Ernesto conocería a un tocayo suyo, argentino también pero de apellido Guevara, que viajaba en motocicleta por todo el continente y que pasaba a Córdoba a visitar a unos parientes. Nuestro Ernesto no comulgaría con Perón, puesto que amigos suyos perdieron su trabajo con el ascenso del peronismo. Sin embargo, siempre sencillo y del lado de los oprimidos, defendería a obreros peronistas reprimidos luego de la caída del general en 1955. En 1948 escribiría su primera gran novela, que hoy es de cajón en la prepa, El túnel. La historia de su primera publicación es conocida: sería rechazada por todas las editoriales del país, incluso por la prestigiada revista Sur de su amiga Victoria Ocampo; sin embargo, con un préstamo generoso de Alfredo Weiss, la novela se publicó y la revista se agotó. El encargado de la edición francesa sería Albert Camus, afecto epistolar de Sábato, quien la difundiría a granel por Europa.

En 1961 se publicaría su obra maestra, Sobre héroes y tumbas, a la que Piazzolla deseó rendir homenaje con una ópera, proyecto del cual únicamente surgió una exquisita y recomendable Introducción. La mejor novela de Sábato da cuenta de un muchacho de barrio, pobre, desubicado y solitario, Martín, que conoce a una mujer fascinante y por demás misteriosa, Alejandra, en la década de 1950; a través del limitado amor que ambos sienten, se percibe la vida peronista bonaerense: las calles, la gente, los viejos, los cafecitos, así como la impotencia del amor joven y las terribles autolimitantes de la felicidad. Asimismo, el tiempo es vital en la obra: se cuenta intercaladamente la historia del general Juan Lavalle, militar argentino de la primera mitad del siglo XIX, así como se incrusta en medio de la novela un ensayo angustiante que relata una obsesión por los ciegos, motivo al que dio vida desde El túnel. Así, Sábato encuentra su propio Aleph (por cierto, era un gran interlocutor de Borges, aunque se distanciaron por posiciones políticas desde los 1950), donde conviven todos los tiempos y los espacios: es Buenos Aires misma, una ciudad donde converge una multiplicidad inexorable de procederes; una terrible Babel que confunde a los que en ella habitan y que intentan comunicarse sin lograrlo del todo, como Martín con Alejandra, a quien no entiende por más que Bruno u otros personajes se partan la cabeza por explicárselo. La dura realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades.

Dejando un poco su obra y regresando al hombre, Sábato, como Borges, no se exiliaría luego del golpe militar de Jorge Rafael Videla en 1976. Incluso ambos, junto con otras personalidades, acudirían a la invitación del dictador a la Casa Rosada, lo que dejaba muchas dudas. Borges estaba feliz: “Le agradecí [a Videla] personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia”. Su ceguera, pues, no era sólo física, y ahora resultaba claro por qué ambos escritores se habían distanciado en décadas anteriores. Sábato, aunque emocionado por la terminación del gobierno peronista iniciado en 1973 —“esos mafiosos”, los llamaría—, fue más diplomático: sabía, como en 1934, que un mal paso pondría su vida en peligro. Saliendo de la velada, Ernesto sorprendió a los medios expresando que Videla era un hombre “culto, modesto e inteligente”. Este punto negro en su vida, que le provocaría más espaldas de antiguas amistades, se redimiría con su participación como presidente de la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas (CONADEP) entre 1983 y 1984, encargo en el que investigó la desaparición de 9,000 personas entre 1976 y 1983 por invitación del presidente Raúl Alfonsín.

Ése fue Sábato. Un hombre que se mantuvo impávido ante la incertidumbre, que invitaba medialunas a niños sin hogar en los cafecitos, que soportó la pérdida de un hijo y de su compañera de vida luego de más de medio siglo a su lado, que bajó del pedestal de la gloria científica para abrazar el desacreditado mundo artístico, que en la cultura actual se reduce, por desgracia, a una veneración  minoritaria. Él mismo lo dejaría claro: Cuando camino por una plaza, al contemplar la nobleza de las jacarandas, o cuando veo aquellos rostros inefables que siguen estremeciéndose ante un cielo tormentoso, o los que aún tiemblan al pronunciar palabras sublimes, pienso entonces en la desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del acero.

Ernesto Sábato quedará en la historia como uno de los más grandes escritores del siglo pasado, del continente y de la Argentina. Su huella artística está ahí; la científica también, aunque ésa quedó atrás hace 70 años. No obstante, he querido enfatizar aquí la huella humana. No sé si lo he logrado. No sé si estaría contento de leer esto. No sé si sea un buen tributo, pero algo tenía que hacer como joven que soy, pues fuimos los jóvenes en quienes el escritor depositó su confianza para un mejor futuro, más humano y solidario y menos materialista e individualista, a pesar de las múltiples cartas de todos rincones del mundo que le llegaban de muchachos que, al contemplar el suicidio, encontraban refugio en sus personajes. Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia; nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía. Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuando de humanidad hayamos perdido. Estas mismas palabras, escritas hace trece años, aplican hoy para él. Descanse en paz.

 

(Todas las citas son de Ernesto Sábato, Antes del fin, 1998)

Rainer Matos

30 de abril de 2011.

diciembre 24, 2011

Olof Palme – Un cinéfilo desaliñado

Aunque caminase yo por medio de la sombra de la muerte,

no temeré ningún desastre.

—Salmos, 23:4

 

Sonó el teléfono. Era Lisbet, quien sugirió a su hijo ir al cine. Luego, después de la tragedia, la policía buscaría micrófonos en la casa y oficina de madre e hijo, pero no encontrarían nada. En fin. En el “déjame ver”, característico de los planes improvisados que uno hace para la misma noche de viernes, quedó pendiente el asunto, pues faltaba el consentimiento del marido. Finalmente, éste llegó a casa después de una intensa jornada de trabajo. Y cómo no iba a ser ardua, si justo esa mañana había firmado el tercer mensaje del “Grupo de los Seis” para Reagan y Gorbachov, en el que los Seis (Rajiv Gandhi, Raúl Alfonsín, Andreas Papandreou, Julius Nyerere, Miguel de la Madrid y él) exhortaban a ambas superpotencias a impedir ejercicios nucleares hasta lograr un acuerdo próximo. Era el 28 de febrero de 1986, hace exactamente 25 años, cuando incluso la política exterior mexicana valía de algo en la escena internacional. Lisbet propuso a su marido que alcanzaran a su hijo Mårten y a la novia de éste en el cine, pues ya habían comprado boletos para Bröderna Mozart (“Los Hermanos Mozart”, Suecia, 1986). Él consintió. Era un cinéfilo sólido.

 

El primer ministro y su esposa salieron de casa y se dirigieron a pie hacia la estación Gamla del metro. Sí, a pie. Sí, al metro. (No, no usaría ese vochito que solía usar para ir personalmente a recoger gente importante al aeropuerto. El cine no estaba nada lejos.) Y sí, sin guardaespaldas. La sencillez, esa faceta que le urge al ser humano moderno, protagonizaría su pálido final. Llegaron al cine Grand, de esos cines viejitos con sillones de terciopelo que ya no hay, en el centro de la ciudad. Cuando el vendedor en taquilla reconoció al jefe de gobierno, le ofreció los asientos del dueño del cine. Pese a la misma sencillez, aceptó. Comenzó la película.

 

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Nuestro protagonista vendría a alegrar el mundo un 30 de enero de 1927, en Östermalm, Estocolmo. Sería bautizado en la fe luterana como Sven Olof Joachim Palme. A los 20 años, dominaba inglés, francés y alemán. Fue becado dada su excelencia en el Kenyon College de Ohio y se graduaría al año siguiente como el mejor de su clase y con los más grandes honores, defendiendo en su tesis una aguda crítica a The Road to Serfdom, de Friedrich Hayek, Nobel de Economía. Estudió junto a Paul Newman; quizás por ahí empezaría su cinefilia. Luego de graduarse, se aventó un mochilazo por la Unión americana de los años inmediatos a la posguerra, donde “lo que vi, lo que viví, lo que escuché [—racismo, discriminación, intolerancia—]; todo ello me hizo socialista”. Antes de regresar a Estocolmo, pasaría a la ciudad de México, a trabajar en la que apenas era una ferretería que pertenecía a sus primos Ramón y René Palme. Hoy, Aceros Palme es, por cierto, una empresa líder en la industria acerera mexicana.

 

A su regreso, se convirtió rápidamente en paladín de la Asociación de Estudiantes Socialdemócratas, con lo que viajó por Europa oriental, descubriendo y oponiéndose al mal llamado “socialismo real”. En Checoslovaquia, el joven de 22 años se casaría con una chica Rennerova, sólo para que ésta pudiera salir del país. Un buen día de 1953, el entonces primer ministro socialdemócrata, Tage Erlander, llamaría a la oficina del joven para pedirle fungir como su secretario particular. Estaba anonadado. “He escuchado comentarios elogiosos sobre su persona”, le dijo el mandatario por teléfono. “¿Perdón, señor?”, respondió el joven. “Le ruego acepte…”. Pronto, se convertiría en el segundo del número uno del país, no sin antes cambiar una beca para estudiar con Kissinger en EUA por una para viajar por Asia con la que, según él, “aprendí mucho más de política internacional (…) de lo que habría aprendido en ese curso”. Así, se forjó el futuro defensor a ultranza del anticolonialismo. Ya en 1949 había enviado, junto con varios estudiantes, un donativo de sangre para jóvenes negros rechazados de universidades para blancos en la Sudáfrica del apartheid.

 

Para 1955 ya era diputado socialdemócrata en el Riksdag; diez años más tarde, era ministro de Comunicaciones y, para 1967, de Educación, puesto que ostentaba nuestro eterno cinéfilo mientras grababa algunas escenas para la película Jag är nyfiken – gul (“Soy curiosa – Amarillo”, Suecia, 1968), punto nodal de la nueva ola cinematográfica sueca. En el filme, el entonces ministro de Educación es entrevistado sobre la propuesta de reforma universitaria, duramente criticada desde la izquierda en el turbulento 1968, año en que también organizó protestas contra la presencia estadunidense en Vietnam, de tal impacto que Washington retiraría a su embajador en Estocolmo. Al año siguiente, en 1969, su jefe dejaría el puesto de primer ministro —llevaba 23 años en el cargo— y nuestro protagonista vería su oportunidad.

 

¿Y quién había visto antes semejante cosa; un primer ministro despeinado, con la corbata chueca, con la camisa a medio abrir, con el sobaco sudado? ¿Quién querría asesinar a un estadista que adolecía de desaliño y que representaba a un país por demás neutral, por Dios? Sí, Pierre Trudeau, también excéntrico, se había convertido en su par canadiense un año antes, pero habríamos de esperar hasta 1977 para verlo deslizarse por el barandal del Palacio de Buckingham y hacer piruetas a espaldas, literalmente, de Isabel II de Inglaterra. El sueco era distinto. No era desmadroso. Era, simplemente, sencillo. Y no perdió la sencillez con su nuevo puesto, que ocupó entre 1969 y 1976, y luego entre 1982 y 1986.

 

¿País neutral? He ahí el problema. Lo siguió siendo en teoría. Sin embargo, él dio un giro completo a la política exterior sueca en plena Guerra Fría. “Ni con uno ni con otro” (aunque eso decían, en realidad, todos los países; hasta Cuba). Buscó a los mejores diplomáticos de Mälmo a Kiruna y los encontró en Pierre Schori y Sten Andersson. La Suecia neutral del XIX y la primera mitad del XX se convirtió de pronto en la santa patrona del tercer mundo, además de patrocinadora de incipientes movimientos socialistas. Se apoyó, más en especie que en retórica, al PSOE de Felipe González en el exilio, a la Acção Socialista Portuguesa de Mário Soares, al Congreso Nacional Africano de Sudáfrica, al PASOK griego de Papandreou, a la Organización para la Liberación de Palestina de Arafat, al Frente Farabundo Martí de El Salvador, al Frente Sandinista de Daniel Ortega en Nicaragua, a la SWAPO de Namibia, al MPLA angoleño de Neto, al FRELIMO mozambiqueño de Machel y al PAIGC guineano y caboverdiano de Cabral. Asimismo, las críticas serían ferocísimas contra Franco, Salazar, el apartheid, Israel, Somoza, Pinochet, cualquier tipo de colonialismo, las armas nucleares, Estados Unidos y la Unión Soviética.

 

Relatemos un poco de la bonhomía de nuestro cinéfilo. En el caso portugués, llevó a Mário Soares a varios países socialdemócratas de Europa para exponer la dictadura de António Salazar. Reunió a más de diez ministros socialdemócratas en La Haya para hacerlos escuchar la voz de la oposición portuguesa. Distribuyó el diario prohibido Portugal Socialista por Europa, cuyo destino eran cientas de personas que influían en la opinión pública de aquel país. En el caso español, sin embargo, sale a relucir la humanidad y sencillez de nuestro protagonista con una anécdota. El hombre que hoy cumple 25 años de asesinado sería de gran ayuda para un joven Felipe González, quien vería en el primer ministro sueco a su “mejor maestro”. No podía ser de otra forma pues, en un discurso ante el Riksdag, el 27 de septiembre de 1975, con su corbata chueca y su copete caído, Olof Palme condenó enérgicamente la ejecución de cinco nacionalistas vascos por parte de un Franco paranoico y en las últimas (moriría dos meses después). Al terminar su alocución, Olof Palme, aún en el estrado, sacó de quién sabe dónde un pequeño frasquito y depositó una moneda dentro. Luego, bajó a los curules y entre los legisladores se puso a recolectar más monedas —la derecha, cabe destacar, no dio un céntimo. Más aún: el hombre salió a la calle, sin guardaespaldas, como de costumbre, con el frasquito y un cartel colgado al cuello, que rezaba “Para la libertad de los españoles”. La gente que caminaba por el archipiélago que constituye la capital sueca no daba crédito ante la sencillez de su primer ministro.

 

Por esa sencillez, por su patrocinio al tercer mundo, por sus feroces críticas a EEUU, la URSS, Chile, Sudáfrica, etc., tenía un sinnúmero de enemigos. Hacia el final de su vida, y en su segundo término como primer ministro (1982-1986), fue muy duro especialmente hacia Sudáfrica y la amenaza nuclear. Creó la Comisión Palme en 1980 para exigir, con ayuda de diplomáticos de todas partes del mundo sin lazos con sus gobiernos, el desarme nuclear total. Miembro de esta comisión sería Alfonso García Robles, ex canciller de México y Premio Nobel de la paz, precisamente, por el tema nuclear. En cuanto al apartheid, una semana antes de morir, nuestro desaliñado expresó: “Todos nosotros somos responsables del apartheid. Si el mundo quiere que desaparezca, podría hacerlo mañana mismo simplemente retirando el apoyo a este régimen. (…) Es la única forma de tiranía que marca a un ser humano desde su nacimiento por su color de piel. (…) El apartheid no se puede reformar, hay que eliminarlo.”

 

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Terminó la película.  Olof Palme y familia salieron del cine. Se quedaron comentando el filme en la calle. Ya era tarde; las 11:15. Seis minutos después, un anónimo callaría para siempre la voz de millones. Mårten y su esposa se fueron a casa; Olof no llegaría a la suya. Caminó con su amada Lisbet al oeste por Sveävagen, con dirección al metro. Cruzaron la calle. Se detuvieron a ver algo en una vitrina. Ya estaban llegando a la entrada subterránea del metro, pero ni eso. Eran las 11:21. El asesino apareció de la nada, como un fantasma que se escabulló tanto entre las calles céntricas de Estocolmo como en la vida del primer ministro pues, aparentemente, sabía dónde vivía, sabía a qué hora y dónde estaría en aquel momento, sabía que no iba solo, sabía que gustaba de andar por ahí libre, sin escoltas. “Nos siguen”. Dos disparos a la humanidad de Palme. Un tercero alcanza a Lisbet. Fuga. Nadie. Negro. Nada. Un taxi aparece y llama por su radio a una ambulancia. Media hora después, el cinéfilo de Östermalm muere en el hospital. Dos disparos se aprovecharon de la sencillez de un hombre y perpetraron el primer asesinato político en Suecia desde 1792.

 

Lisbet sobrevivió. Fue directora de UNICEF. Actualmente, trabaja para dicha institución. El funeral de Estado fue una protesta contra la violencia al que, por cierto, asistió la mayoría de los personajes mencionados. Miles de personas se reunieron en el cruce de las calles donde Palme fue asesinado y arrojaron rosas, símbolo socialdemócrata, en la acera. En el funeral, mientras tanto, Willy Brandt, otro pilar de la socialdemocracia europea y gran amigo de Palme, pronunciaba: “Los jóvenes (…) pueden aprender mucho de todo aquello por lo que Olof vivió y luchó, y en especial esto: nunca dejes de preguntarte qué puedes hacer, qué más puedes hacer en lugar de lamentarte; qué te ha sido dado para que la vida tenga futuro”. Creo que deberíamos estarnos preguntando lo mismo.

 

Hoy se cumplen 25 años del crimen, aún irresoluto. Los que nunca te conocimos, pero te admiramos, te recordamos con afecto. Salve, Sven Olof Joachim Palme.

 

Rainer Matos Franco

28 de febrero de 2011.