Ciudadanos sin fundamento

En los últimos años, el país ha sido presa de entusiastas que se jactan de su infalibilidad al declararse, orgullosamente —según ellos—, “ciudadanos” (whatever that means). Dicho adjetivo legitima; otorga un cariz “cercano a ti”, una tendencia que ha circulado recientemente en la política mexicana y que quién sabe de dónde salió. Quizás tenga que ver con lo que Hegel llamaba también “sociedad civil”, es decir, la encargada de contraponer un sistema de necesidades del individuo común y corriente frente a las instituciones del Estado moderno, dotando al término de un elemento liberal fuertemente asociado a la democracia, tan deseada y flamante hoy en día, para bien o para mal.

Así, vemos cómo se asocian elementos como candidaturas independientes a la creencia de poder representar mejor a la ciudadanía que cualquier militante de cualquier partido político, lo cual no es necesariamente cierto. Se palpa, de esa manera, la manía cada vez más obsesiva de identificar lo político como malo per se, porque hay la idea de que el político es corrupto, oportunista y malvado; que sólo busca su bienestar a costa del bienestar social. En cambio, el ciudadano es un santo y cualquier cosa que ostente el adjetivo “ciudadano” es visto como bueno, recto y deseable. Notable es, a propósito, un anuncio en el Periférico que dice “- políticos, + ciudadanos”, insisto, whatever that means.

Esto es estúpido, pues la diferencia estriba en el concepto y en la forma de acceder a la política misma, no en la acción que uno u otro desempeña. En primer lugar, porque el término “política” viene del griego πολιτικός, que significa “lo relativo a la ciudadanía”, como dice Aristóteles. De entrada, pues, la política supone la toma de decisiones para la colectividad, para los ciudadanos. Son dos caras de una moneda, lo que evidencia que la gente que se entusiasma con el concepto “ciudadano” confunde una de las muchas posibles características que puede o no tener la autoridad política, como el abuso de poder, con la política per se. Si bien México tiene un historial particular en cuanto a la corrupción política y abuso de poder, partidos que han surgido supuestamente “de la ciudadanía”, como el Verde Ecologista (que es un patriarcado repleto de oportunistas), tampoco han canalizado las demandas que la entusiasta e infalible “ciudadanía” ha esperado.

En segunda instancia, el ciudadano, al entrar en el esquema de la toma de decisiones, se convierte en un político, que hace política. La diferencia radica únicamente en la forma en que se llega a ella, mas no la acción tomada cuando se está dentro de ella. Un ciudadano puede postularse por ningún partido político (excepto en México, claro), pero cuando llega a dirimir, dialogar, escuchar y actuar en un Congreso, se convierte en un político. El ejemplo de Antanas Mockus es ilustrativo: pasó de ser rector de la Universidad de Colombia a alcalde de Bogotá por su popularidad, como candidato independiente, sin partido; su campaña, y aquí estriba la diferencia, fue en vagones, en camiones, de casa en casa y sin publicidad alguna, pero campaña a fin de cuentas. Y cuando fue alcalde, hizo política, porque no se puede hacer otra cosa. Eso sí, con un toque personal, pero de igual modo tuvo que negociar, obtener mayorías para pasar leyes, etc. Y sin embargo, se le llamó “candidato ciudadano” en la campaña presidencial de 2010.

Así pues, ¿en qué se basa la forma “ciudadana” de hacer las cosas? ¿En las demandas de quién? ¿De la opinión pública en general? ¿Y quién es la opinión pública? ¿No se supone que, como dice Ole Holsti, son los partidos políticos, entre otros actores, los que la conforman? ¿O hay una “opinión pública ciudadana” que se basa en asociaciones civiles, distinta de la opinión pública general, y sólo ella tiene la verdad absoluta?

En suma, los “ciudadanistas” a) confunden la política del día a día, tan necesaria para las sociedades, con abuso de poder, el cual es sólo una posible característica de la primera así como hay políticos de carrera que toman buenas decisiones y se caracterizan por su incorruptibilidad; del mismo modo, confunden la noción de la ciudadanía con la bondad absoluta en contraposición con el político, malvado y personalista, cuando hay ciudadanos que son peores que no pocos políticos, que tiran basura en la calle, que se pasan los altos poniendo vidas en riesgo, que no educan a sus hijos o, peor, que los maleducan y b) se olvidan de que conceptualmente política y ciudadanía son las dos caras de una moneda, muy cercanas de ser lo mismo, y que aun en la práctica el “ciudadano” que influye en la toma de decisiones en beneficio de la colectividad hace, precisa e inexorablemente, política. A su modo, pero política al fin. Los ciudadanistas, necesarios en una sociedad democrática, deben ser más agudos, pues, en sus eslóganes, deseos y acciones, pues lo que buscan es una forma de hacer las cosas, medianamente distinta de la política tradicional, pero con los mismos fines y métodos. No se debe confundir mal gobierno con la política en general, ni buen gobierno con el entusiasmo por los ciudadanos al poder.

 

Coditos con atún

Nadie —bueno, quizás Pablo Hiriart— niega que el Revolucionario Institucional (nótese el oxímoron en el nombre) es un partido político que, reivindicado, sí, por la sociedad con el voto, gusta hoy por hoy de engalanar todo acto político al que asisten sus militantes, desde la apertura de una escuela hasta un informe de gobierno. Vaya que es una constante en la cultura política mexicana, pero eso no pasaba —o, al menos, no tan frecuente o vistosamente— con los priistas en el sexenio anterior. Ahora, cuando creen que tienen un pie en Los Pinos, organizan eventos donde hay cámaras de televisión a granel y los políticos en cuestión son tratados como estrellas de cine gringo. Más aún, a veces hacen actos en sitios arqueológicos, sin importar la violación al patrimonio, acto ilegal que está estipulado en la Ley sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, expedida en 1972. A menos, claro, que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) otorgue un permiso, cosa que desafortunadamente sucedió con las obras que el gobierno de Enrique Peña Nieto en el Estado de México llevó a cabo en Teotihuacán para el espectáculo “Resplandor Teotihuacano”, que dañaron piedra histórica. Lo mismo pasó hace unos días durante el “IV Informe Ciudadano” (y dale con el maldito término) de Ivonne Ortega, gobernadora de Yucatán, cuyo equipo de logística colocó un templete sobre la “Capilla de Indios” de Dzibilchaltún, vestigio arqueológico maya. Si bien parece que no se dañó la zona, los riesgos que el INAH y su cuestionadísimo director Alfonso de María y Campos están tomando al permitir este tipo de actos son de una irresponsabilidad estratosférica.

Rainer Matos

6 de agosto de 2011.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: