Archive for septiembre, 2011

septiembre 17, 2011

Sobre la congruencia

A mi amigo Esteban Olhovich,

nieto de un alumno de Scriabin

y con el corazón a la izquierda.

Tras la reciente remoción de Martí Batres de la Secretaría de Desarrollo Social del DF ha surgido una serie de comentarios —que van desde sectores académicos hasta la ignorancia expresada en muchas “redes sociales” por personas que dicen lo que oyen— condenando la acción de Marcelo Ebrard, jefe de gobierno de la capital. Otros, no menos efusivos (pero igual de ignorantes), alaban la acción del mandatario por “correr a ese porro”. Pero me concentro en los primeros, puesto que me llama la atención la forma en que el lopezobradorismo ve la figura de Ebrard, potencial candidato presidencial que truncaría las aspiraciones de López Obrador. A eso quiero referirme hoy con la siguiente idea de antemano: la administración Ebrard ha sido más “de izquierda”, si puede decirse así, que la de López Obrador.

En lo tocante al tema de Batres, rápidamente, la acción de Ebrard fue la única posible, guste o no. Un elemento que cuestiona una acción de su superior (en este caso, dar la mano en un acto completamente inercial a Felipe Calderón durante el V Informe de Gobierno) debe ser removido de inmediato, ostentando una lógica clara en cualquier modelo de organización, incluido, por supuesto, el burocrático y los nuevos paradigmas de la administración pública. Si el jefe del departamento de una empresa cuestiona por equis razón a su superior, éste no hará más que despedir al primero. Fue una acción congruente con los principios organizacionales del paradigma dominante en la administración pública mexicana. Batres, en todo caso —y si quería ser congruente él mismo—, debió renunciar a un gobierno cuya acción encarnada en la de un gobernante es la que él está cuestionando. No lo hizo. La consecuencia fue clara.

Y lo curioso es que en Internet se tachó de “incongruente” a Ebrard. Cualquier administrador hubiese hecho lo propio en su posición. Pasa en todos los países del mundo. Al jefe de gobierno no se lo bajó de “dictador” (whatever that means). Un tweet particular decía que Ebrard, cuando anunció la remoción de Batres, tenía “cara de dictador, los ojos que ponen los dictadores” (a lo que luego repliqué: “¿Y cómo son los ojos, nariz, boca y fisonomía de los dictadores? ¿Puede decirme?”… Nunca me contestaron). Porque seguramente los de Pinochet eran distintos de los de Franco, a pesar del amor que profesaba por él. O los de Stroessner distintos a los de Eyadema o a los de Santa Anna. En fin.

En lo personal, me parece doblemente curioso puesto que pienso, fuera de afinidades con uno u otro precandidato, que la administración Ebrard ha sido más “de izquierda”, como aventuré en un principio, que la de López Obrador. No lo digo por hablar, sino por razones pertinentes que me permito argumentar aquí.

Entre las convergencias de ambas gestiones capitalinas se encuentran, por nombrar sólo algunas, políticas públicas muy parecidas, como las de desarrollo social; la construcción de vía pública, palpable en la continuación del “Segundo Piso” y el Metrobús o las reducciones de la criminalidad, que ubican hoy al DF como una de las ciudades más seguras del país, aunque esto sorprenda a muchos. Salvo el desarrollo social, manifestada en una mayor dedicación del gasto público al tema —algo más propenso de las izquierdas en el poder—, estas continuidades no representan un asunto ideológico. En ese sentido, y sin duda alguna, ambas administraciones han sido claramente de izquierda o, si se quiere decir así, socialdemócratas.

Pero en las divergencias está la clave, y un tema es central, sobre todo si uno se considera “de izquierda”. Andrés Manuel López Obrador, en su calidad de jefe de gobierno del Distrito Federal, vetó en 2004 la Ley de Sociedades de Convivencia. A pesar de ser promesa de campaña cuatro años atrás, la acción legislativa en la ALDF de René Bejarano, lopezobradorista fiel, maniobró en su momento para dar largas al asunto, hasta que finalmente se cambió en ese año por una iniciativa de ley en contra de la discriminación. En medio del debate, lo que el entonces jefe de gobierno propuso fue que el tema se sometiera a una consulta ciudadana, lo que puede verse como un intento de “quedar bien”. Pero esto no es congruente, ni con el discurso lopezobradorista actual (que se nos muestra “juarista”, lo que daría a entender el respeto al Estado laico), ni en ningún país que se jacte de ser “democrático”. Los derechos de las minorías, que el Estado debe hacer valer, no pueden dejarse al albedrío de una mayoría. Lo dijo, también en su momento, Roberto Blancarte, profesor-investigador de El Colegio de México y actual director del Centro de Estudios Sociológicos de dicha institución: “la moral pública no es la misma del pasado, aunado a que la Ley de Sociedades de Convivencia está basada en libertades por las que hay que luchar”. El miedo entonces, se dijo, fue el costo electoral que representaría una ley de ese tipo para López Obrador en la carrera al 2006, en un momento en el que incluso, decía, no le interesaba la presidencia.

La administración Ebrard, en cambio, promovió, cabildeó y aprobó las leyes que ya conocemos: despenalización del aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso algo tan polémico como la adopción de menores por parte de ellas. Fue Ebrard: el mismo hombre que militó en el PRI, que combatió políticamente a la izquierda en la ciudad en la primera mitad de la década de 1990, que fue diputado independiente pero que se impulsó a la legislatura en 1997 por el Partido Verde —aunque nunca militase en él—, que compitió contra López Obrador en 2000 por la jefatura de gobierno del DF por el Partido de Centro Democrático para luego declinar a favor de su candidatura (lo que, tras una hábil negociación, le valió el puesto de Secretario de Seguridad Pública en su administración). Con este bagaje, Ebrard, que claramente no se formó en la izquierda militante, fue quien a pesar de ello impulsó tres de las leyes más progresistas y polémicas de la historia de México, lo que le valió un pleito con la Iglesia no visto desde hace décadas.

¿Por qué? Dirán que cálculo electoral. Yo difiero. Medio país es conservador, con buen número de familias que aún tienen una visión paternalista de la convivencia y de sus valores. Si Ebrard no quisiera ser presidente, se entendería; pero sí quiere. Y no hizo como López Obrador: supeditar la ideología al pragmatismo. ¿Entonces? ¿Por qué? ¿Por ganar votos de clase media? ¿La clase media en Guanajuato va a votar por Ebrard, en caso de ser candidato, por algo así? ¿O la de Baja California Norte? Por Dios.

Vistas como están las cosas, acaso sería necesario diferenciar la ideología política de las realidades del ser humano. Es Ebrard un captor de la modernidad, en ese sentido, y no necesariamente por fines personales (no entraré en la sobrada discusión de si el señor es homosexual o no, como se afirma en el vulgo; sólo sé que ya quisieran varios alguna de las tres mujeres por las que ha pasado).

Lo anterior es, pues, nada más que una invitación a la reflexión para el futuro temprano. ¿Es uno más “de izquierda” por hacer un movimiento y querer cambiar la sociedad desde afuera, o se lo es más por aplicar, desde dentro, políticas públicas congruentes con una ideología (y, más que eso, con una realidad)? ¿Quién es el progresista? ¿Quién el conservador? A veces las cosas no son lo que parecen.

 

Coditos con atún

Quiero felicitar a Andrea Conde Ghigliazza, compañera de aula quien, hablando de gobiernos capitalinos, dio un discurso este 15 de septiembre en el Palacio del Ayuntamiento, con motivo de la celebración del CCI Aniversario de la Independencia. No lo leí ni lo escuché (aunque Proceso dio algunos de los puntos clave que tocó en él), pero seguramente fue laudable, como todo lo que ella hace. Enhorabuena.

Rainer Matos

16 de septiembre de 2011

Anuncios
septiembre 10, 2011

Una descripción densa de la palabra “presidente”

Mirar las dimensiones simbólicas de la acción social

es zambullirse en los dilemas existenciales de la vida.

–Clifford Geertz

En la escena final del filme General Idi Amin Dada: A Self Portrait, de Barbet Schroeder, el dictador ugandés Idi Amin se dirige a una comunidad médica en una conferencia. En la sesión de preguntas, un joven practicante menciona al “presidente” de la Uganda Medical Association (UMA) en su intervención; debido a ello, el mandatario muestra gestos de inconformidad. El narrador interrumpe para explicar que, en Uganda, solamente se puede mencionar la palabra “presidente” para referirse a Su Excelencia, Idi Amin Dada.

La costumbre de hablar de manera peculiar a una persona indica un modo de vida y dice algo acerca del orden social. Si se hace una “descripción densa” del hecho o fenómeno presentado anteriormente —que, a primera vista, parece algo muy simple—, puede darse un primer paso en la interpretación del orden social en Uganda entre 1971 y 1979.

En primer lugar, es evidente que Amin Dada sabía que el joven se refería al chairman de la UMA cuando mencionó la palabra “presidente”, pues el lenguaje se puede entender a pesar de las inconsistencias. Éstas se dan en él porque puede haber significados diferentes para una misma palabra, premisa o abstracción en una sola cabecita. El significado de la palabra se da, como dice Ludwig Wittgenstein, en cada uno de los juegos de lenguaje, que se encargan de comunicar cosas en contextos distintos. Por ende, no hay una sola definición correcta de los conceptos. De hecho, ninguna definición es correcta en sí misma; únicamente dentro del juego de lenguaje correspondiente.

El sentido de una palabra es su uso, pues ésta adquirirá el sentido que la persona quiera dentro de un juego de lenguaje dado. Su significado depende del contexto, por lo que el lenguaje, entonces, dice algo acerca del mundo tal como es percibido en la mente de cada uno de los actores.

Marshall Sahlins, en Islas de Historia, dice que en el desarrollo histórico de la cultura los significados van cambiando y perdiendo su definición original, proceso que llama la “revaloración funcional de las categorías”. Esto ocurre debido a la existencia dual de la cultura: objetiva y subjetiva, el orden cultural instituido en la sociedad y el vivido por cada individuo, respectivamente. Además, los conceptos originales son inevitablemente desproporcionales frente al sentido que cada persona les atribuye. Según Sahlins, en los encuentros contradictorios entre personas y cosas, los signos son susceptibles de ser reclamados por los poderes originales de su creación: la conciencia simbólica humana. Los significados, dice, son finalmente sometidos a riesgos subjetivos, en la medida en que los individuos, al ser capacitados socialmente, dejan de ser los esclavos de sus conceptos y se convierten en los amos. ¿Dónde se palpa, entonces, esa “capacitación social” que Amin debió haber impartido en Uganda para que el pueblo se convirtiera en el amo de los conceptos que él mismo estableció? ¿Por qué se encontró con un elemento resistente a la cultura subjetiva del dictador?

El joven “corregido” por Idi Amin vive, como podría inferirse a partir de su lenguaje, en un mundo institucional y jerárquico, de formas, en el que se asignan puestos y se ganan salarios; un mundo creado por la cultura objetiva donde la vida individualista no cabe en las formas por ser más compleja y donde se excluye lo singular. No obstante, la realidad se atrapa mediante formas y la vida es sólo entendible mediante éstas, de acuerdo con Georg Simmel. La vida es el fluir que produce esas formas como excedente, algo “más que vida”: la cultura objetiva. Es precisamente ella la que conforma el sentido común del joven. Para él es completamente normal llamar “presidente” al chairman de su institución, porque ese tipo de lenguaje es asequible en el contexto de una asociación médica. No se ha preguntado de antemano si el término es correcto o no para referirse a aquél; lo hace porque es algo normal dentro de su juego de lenguaje. La cultura es pública porque el significado lo es en principio.

La reacción de Amin, aunque burlona, es un abierto reclamo. Sólo él tiene el derecho de ser llamado presidente en Uganda. El dictador ha convertido un acto simple, pues, en una asimilación de la cultura objetiva y la ha tornado subjetiva. Ya fuera porque el joven no sabía que sólo Amin podía ser llamado presidente, ya porque lo hubiese olvidado, se infiere que el dictador no había consolidado, para ese momento, su hegemonía. Se hace esto más notorio en la escena donde habla a su gabinete y lo exhorta a fomentarla, implementando un culto a la personalidad del líder, impartiendo una educación de modo que se ame a los ministros y haciendo que las mujeres trabajen en hoteles por ser “buenas en el hogar”. Según Antonio Gramsci, fomentar la hegemonía se traduce en una elaboración cultural de la dominación, lo que pretende Amin al querer construir (o, más bien, reconstruir por medio de su cultura subjetiva) el sentido común de la vida ugandesa. De este modo, el problema que enfrenta el dictador es construir un campo de certeza absoluta, ejercer su dominación construyendo un sentido común y reubicando los límites de lo “pensable”. Debe legitimar el hecho de que sólo él es el “presidente”.

Lo anterior hubiese significado (y significó en parte en la sociedad ugandesa de los años setenta) una evolución en el orden social y, por consecuente, una modificación en la estructura psíquica. El joven ugandés no nació sabiendo que sólo podía llamar presidente al general Amin; lo aprendió en el momento de su “error”. Fue un aprendizaje empírico, no algo establecido mediante denominaciones previas. Su sentido común le dictaba otra cosa, mismo que, para Clifford Geertz, es un sistema cultural laxo de integración. Se trata de un sostén cultural cuyas características son obviedad, practicidad, simplicidad, accesibilidad y asistematicidad. De allí nacen las prácticas culturales básicas que manifiestan la estructura, los valores y las expectativas de una sociedad; nace, por igual, un término como “presidente” en la boca de un joven que vive en el mundo de las instituciones médicas.

William James, en su Pragmatismo, insta a resolver este problema mediante meras definiciones; es decir, evaluando un concepto (una palabra) por su utilidad dentro de un contexto dado. Los conceptos no son ni verdaderos ni falsos, únicamente útiles o inútiles. James invita a desentenderse de discusiones conceptuales; si pueden resolverse sólo mediante una definición representan un falso problema. Pero, ¿cómo determinar la intensidad del problema? Ni siquiera sabemos si el joven sobrevivió después de su acción. Y, ¿cómo saber cuándo es “útil” o no decir la palabra “presidente”? Para Amin era muy claro; no así para el resto de los ugandeses. La falla del dictador fue no haber podido establecer ese sentido común en Uganda ni delimitar ese campo de certeza a pesar de tener un control prácticamente absoluto de las actividades del país. Por ésta y otras razones el “presidente”, Su Excelencia, el dictador o como se le quiera llamar, fue depuesto en 1979.

Esto brinda la moraleja de que ningún aparato político, por más homogéneo que sea y a pesar del control social que pueda llegar a tener, podrá jamás penetrar en las mentes de los hombres. El lenguaje es, a fin de cuentas, una actividad, una práctica social. Los conceptos no nacieron a la par que los sujetos, sino que fueron creados, adaptados y modificados por éstos. El ser humano siempre tendrá derecho a tener dudas ilegítimas, a poner en entredicho el juego mismo. La creación del campo de certeza absoluta corresponde a la sociedad en su conjunto, no a una persona o grupos específicos.

Termino citando un pasaje de Clifford Geertz en La interpretación de las culturas —con motivo de un estudio del régimen de Sukarno en Indonesia— que, me parece, resume ad hoc al tema de este ensayo:

“Con su característico sincretismo lingüístico, Sukarno dijo una vez: <<Lo que este país necesita es ponerse al día>>. Él no lo puso al día, sino que tan sólo hizo gestos para orientarlo en esa dirección, pero sus gestos fueron suficientemente gráficos para convencer a todos los indonesios, salvo a algunos provincianos, de que lo que había cambiado era no sólo la forma sino la naturaleza del gobierno y que, en consecuencia, ellos tenían que hacer algunos ajustes mentales”.