Una descripción densa de la palabra “presidente”

Mirar las dimensiones simbólicas de la acción social

es zambullirse en los dilemas existenciales de la vida.

–Clifford Geertz

En la escena final del filme General Idi Amin Dada: A Self Portrait, de Barbet Schroeder, el dictador ugandés Idi Amin se dirige a una comunidad médica en una conferencia. En la sesión de preguntas, un joven practicante menciona al “presidente” de la Uganda Medical Association (UMA) en su intervención; debido a ello, el mandatario muestra gestos de inconformidad. El narrador interrumpe para explicar que, en Uganda, solamente se puede mencionar la palabra “presidente” para referirse a Su Excelencia, Idi Amin Dada.

La costumbre de hablar de manera peculiar a una persona indica un modo de vida y dice algo acerca del orden social. Si se hace una “descripción densa” del hecho o fenómeno presentado anteriormente —que, a primera vista, parece algo muy simple—, puede darse un primer paso en la interpretación del orden social en Uganda entre 1971 y 1979.

En primer lugar, es evidente que Amin Dada sabía que el joven se refería al chairman de la UMA cuando mencionó la palabra “presidente”, pues el lenguaje se puede entender a pesar de las inconsistencias. Éstas se dan en él porque puede haber significados diferentes para una misma palabra, premisa o abstracción en una sola cabecita. El significado de la palabra se da, como dice Ludwig Wittgenstein, en cada uno de los juegos de lenguaje, que se encargan de comunicar cosas en contextos distintos. Por ende, no hay una sola definición correcta de los conceptos. De hecho, ninguna definición es correcta en sí misma; únicamente dentro del juego de lenguaje correspondiente.

El sentido de una palabra es su uso, pues ésta adquirirá el sentido que la persona quiera dentro de un juego de lenguaje dado. Su significado depende del contexto, por lo que el lenguaje, entonces, dice algo acerca del mundo tal como es percibido en la mente de cada uno de los actores.

Marshall Sahlins, en Islas de Historia, dice que en el desarrollo histórico de la cultura los significados van cambiando y perdiendo su definición original, proceso que llama la “revaloración funcional de las categorías”. Esto ocurre debido a la existencia dual de la cultura: objetiva y subjetiva, el orden cultural instituido en la sociedad y el vivido por cada individuo, respectivamente. Además, los conceptos originales son inevitablemente desproporcionales frente al sentido que cada persona les atribuye. Según Sahlins, en los encuentros contradictorios entre personas y cosas, los signos son susceptibles de ser reclamados por los poderes originales de su creación: la conciencia simbólica humana. Los significados, dice, son finalmente sometidos a riesgos subjetivos, en la medida en que los individuos, al ser capacitados socialmente, dejan de ser los esclavos de sus conceptos y se convierten en los amos. ¿Dónde se palpa, entonces, esa “capacitación social” que Amin debió haber impartido en Uganda para que el pueblo se convirtiera en el amo de los conceptos que él mismo estableció? ¿Por qué se encontró con un elemento resistente a la cultura subjetiva del dictador?

El joven “corregido” por Idi Amin vive, como podría inferirse a partir de su lenguaje, en un mundo institucional y jerárquico, de formas, en el que se asignan puestos y se ganan salarios; un mundo creado por la cultura objetiva donde la vida individualista no cabe en las formas por ser más compleja y donde se excluye lo singular. No obstante, la realidad se atrapa mediante formas y la vida es sólo entendible mediante éstas, de acuerdo con Georg Simmel. La vida es el fluir que produce esas formas como excedente, algo “más que vida”: la cultura objetiva. Es precisamente ella la que conforma el sentido común del joven. Para él es completamente normal llamar “presidente” al chairman de su institución, porque ese tipo de lenguaje es asequible en el contexto de una asociación médica. No se ha preguntado de antemano si el término es correcto o no para referirse a aquél; lo hace porque es algo normal dentro de su juego de lenguaje. La cultura es pública porque el significado lo es en principio.

La reacción de Amin, aunque burlona, es un abierto reclamo. Sólo él tiene el derecho de ser llamado presidente en Uganda. El dictador ha convertido un acto simple, pues, en una asimilación de la cultura objetiva y la ha tornado subjetiva. Ya fuera porque el joven no sabía que sólo Amin podía ser llamado presidente, ya porque lo hubiese olvidado, se infiere que el dictador no había consolidado, para ese momento, su hegemonía. Se hace esto más notorio en la escena donde habla a su gabinete y lo exhorta a fomentarla, implementando un culto a la personalidad del líder, impartiendo una educación de modo que se ame a los ministros y haciendo que las mujeres trabajen en hoteles por ser “buenas en el hogar”. Según Antonio Gramsci, fomentar la hegemonía se traduce en una elaboración cultural de la dominación, lo que pretende Amin al querer construir (o, más bien, reconstruir por medio de su cultura subjetiva) el sentido común de la vida ugandesa. De este modo, el problema que enfrenta el dictador es construir un campo de certeza absoluta, ejercer su dominación construyendo un sentido común y reubicando los límites de lo “pensable”. Debe legitimar el hecho de que sólo él es el “presidente”.

Lo anterior hubiese significado (y significó en parte en la sociedad ugandesa de los años setenta) una evolución en el orden social y, por consecuente, una modificación en la estructura psíquica. El joven ugandés no nació sabiendo que sólo podía llamar presidente al general Amin; lo aprendió en el momento de su “error”. Fue un aprendizaje empírico, no algo establecido mediante denominaciones previas. Su sentido común le dictaba otra cosa, mismo que, para Clifford Geertz, es un sistema cultural laxo de integración. Se trata de un sostén cultural cuyas características son obviedad, practicidad, simplicidad, accesibilidad y asistematicidad. De allí nacen las prácticas culturales básicas que manifiestan la estructura, los valores y las expectativas de una sociedad; nace, por igual, un término como “presidente” en la boca de un joven que vive en el mundo de las instituciones médicas.

William James, en su Pragmatismo, insta a resolver este problema mediante meras definiciones; es decir, evaluando un concepto (una palabra) por su utilidad dentro de un contexto dado. Los conceptos no son ni verdaderos ni falsos, únicamente útiles o inútiles. James invita a desentenderse de discusiones conceptuales; si pueden resolverse sólo mediante una definición representan un falso problema. Pero, ¿cómo determinar la intensidad del problema? Ni siquiera sabemos si el joven sobrevivió después de su acción. Y, ¿cómo saber cuándo es “útil” o no decir la palabra “presidente”? Para Amin era muy claro; no así para el resto de los ugandeses. La falla del dictador fue no haber podido establecer ese sentido común en Uganda ni delimitar ese campo de certeza a pesar de tener un control prácticamente absoluto de las actividades del país. Por ésta y otras razones el “presidente”, Su Excelencia, el dictador o como se le quiera llamar, fue depuesto en 1979.

Esto brinda la moraleja de que ningún aparato político, por más homogéneo que sea y a pesar del control social que pueda llegar a tener, podrá jamás penetrar en las mentes de los hombres. El lenguaje es, a fin de cuentas, una actividad, una práctica social. Los conceptos no nacieron a la par que los sujetos, sino que fueron creados, adaptados y modificados por éstos. El ser humano siempre tendrá derecho a tener dudas ilegítimas, a poner en entredicho el juego mismo. La creación del campo de certeza absoluta corresponde a la sociedad en su conjunto, no a una persona o grupos específicos.

Termino citando un pasaje de Clifford Geertz en La interpretación de las culturas —con motivo de un estudio del régimen de Sukarno en Indonesia— que, me parece, resume ad hoc al tema de este ensayo:

“Con su característico sincretismo lingüístico, Sukarno dijo una vez: <<Lo que este país necesita es ponerse al día>>. Él no lo puso al día, sino que tan sólo hizo gestos para orientarlo en esa dirección, pero sus gestos fueron suficientemente gráficos para convencer a todos los indonesios, salvo a algunos provincianos, de que lo que había cambiado era no sólo la forma sino la naturaleza del gobierno y que, en consecuencia, ellos tenían que hacer algunos ajustes mentales”.

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