Sobre la congruencia

A mi amigo Esteban Olhovich,

nieto de un alumno de Scriabin

y con el corazón a la izquierda.

Tras la reciente remoción de Martí Batres de la Secretaría de Desarrollo Social del DF ha surgido una serie de comentarios —que van desde sectores académicos hasta la ignorancia expresada en muchas “redes sociales” por personas que dicen lo que oyen— condenando la acción de Marcelo Ebrard, jefe de gobierno de la capital. Otros, no menos efusivos (pero igual de ignorantes), alaban la acción del mandatario por “correr a ese porro”. Pero me concentro en los primeros, puesto que me llama la atención la forma en que el lopezobradorismo ve la figura de Ebrard, potencial candidato presidencial que truncaría las aspiraciones de López Obrador. A eso quiero referirme hoy con la siguiente idea de antemano: la administración Ebrard ha sido más “de izquierda”, si puede decirse así, que la de López Obrador.

En lo tocante al tema de Batres, rápidamente, la acción de Ebrard fue la única posible, guste o no. Un elemento que cuestiona una acción de su superior (en este caso, dar la mano en un acto completamente inercial a Felipe Calderón durante el V Informe de Gobierno) debe ser removido de inmediato, ostentando una lógica clara en cualquier modelo de organización, incluido, por supuesto, el burocrático y los nuevos paradigmas de la administración pública. Si el jefe del departamento de una empresa cuestiona por equis razón a su superior, éste no hará más que despedir al primero. Fue una acción congruente con los principios organizacionales del paradigma dominante en la administración pública mexicana. Batres, en todo caso —y si quería ser congruente él mismo—, debió renunciar a un gobierno cuya acción encarnada en la de un gobernante es la que él está cuestionando. No lo hizo. La consecuencia fue clara.

Y lo curioso es que en Internet se tachó de “incongruente” a Ebrard. Cualquier administrador hubiese hecho lo propio en su posición. Pasa en todos los países del mundo. Al jefe de gobierno no se lo bajó de “dictador” (whatever that means). Un tweet particular decía que Ebrard, cuando anunció la remoción de Batres, tenía “cara de dictador, los ojos que ponen los dictadores” (a lo que luego repliqué: “¿Y cómo son los ojos, nariz, boca y fisonomía de los dictadores? ¿Puede decirme?”… Nunca me contestaron). Porque seguramente los de Pinochet eran distintos de los de Franco, a pesar del amor que profesaba por él. O los de Stroessner distintos a los de Eyadema o a los de Santa Anna. En fin.

En lo personal, me parece doblemente curioso puesto que pienso, fuera de afinidades con uno u otro precandidato, que la administración Ebrard ha sido más “de izquierda”, como aventuré en un principio, que la de López Obrador. No lo digo por hablar, sino por razones pertinentes que me permito argumentar aquí.

Entre las convergencias de ambas gestiones capitalinas se encuentran, por nombrar sólo algunas, políticas públicas muy parecidas, como las de desarrollo social; la construcción de vía pública, palpable en la continuación del “Segundo Piso” y el Metrobús o las reducciones de la criminalidad, que ubican hoy al DF como una de las ciudades más seguras del país, aunque esto sorprenda a muchos. Salvo el desarrollo social, manifestada en una mayor dedicación del gasto público al tema —algo más propenso de las izquierdas en el poder—, estas continuidades no representan un asunto ideológico. En ese sentido, y sin duda alguna, ambas administraciones han sido claramente de izquierda o, si se quiere decir así, socialdemócratas.

Pero en las divergencias está la clave, y un tema es central, sobre todo si uno se considera “de izquierda”. Andrés Manuel López Obrador, en su calidad de jefe de gobierno del Distrito Federal, vetó en 2004 la Ley de Sociedades de Convivencia. A pesar de ser promesa de campaña cuatro años atrás, la acción legislativa en la ALDF de René Bejarano, lopezobradorista fiel, maniobró en su momento para dar largas al asunto, hasta que finalmente se cambió en ese año por una iniciativa de ley en contra de la discriminación. En medio del debate, lo que el entonces jefe de gobierno propuso fue que el tema se sometiera a una consulta ciudadana, lo que puede verse como un intento de “quedar bien”. Pero esto no es congruente, ni con el discurso lopezobradorista actual (que se nos muestra “juarista”, lo que daría a entender el respeto al Estado laico), ni en ningún país que se jacte de ser “democrático”. Los derechos de las minorías, que el Estado debe hacer valer, no pueden dejarse al albedrío de una mayoría. Lo dijo, también en su momento, Roberto Blancarte, profesor-investigador de El Colegio de México y actual director del Centro de Estudios Sociológicos de dicha institución: “la moral pública no es la misma del pasado, aunado a que la Ley de Sociedades de Convivencia está basada en libertades por las que hay que luchar”. El miedo entonces, se dijo, fue el costo electoral que representaría una ley de ese tipo para López Obrador en la carrera al 2006, en un momento en el que incluso, decía, no le interesaba la presidencia.

La administración Ebrard, en cambio, promovió, cabildeó y aprobó las leyes que ya conocemos: despenalización del aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso algo tan polémico como la adopción de menores por parte de ellas. Fue Ebrard: el mismo hombre que militó en el PRI, que combatió políticamente a la izquierda en la ciudad en la primera mitad de la década de 1990, que fue diputado independiente pero que se impulsó a la legislatura en 1997 por el Partido Verde —aunque nunca militase en él—, que compitió contra López Obrador en 2000 por la jefatura de gobierno del DF por el Partido de Centro Democrático para luego declinar a favor de su candidatura (lo que, tras una hábil negociación, le valió el puesto de Secretario de Seguridad Pública en su administración). Con este bagaje, Ebrard, que claramente no se formó en la izquierda militante, fue quien a pesar de ello impulsó tres de las leyes más progresistas y polémicas de la historia de México, lo que le valió un pleito con la Iglesia no visto desde hace décadas.

¿Por qué? Dirán que cálculo electoral. Yo difiero. Medio país es conservador, con buen número de familias que aún tienen una visión paternalista de la convivencia y de sus valores. Si Ebrard no quisiera ser presidente, se entendería; pero sí quiere. Y no hizo como López Obrador: supeditar la ideología al pragmatismo. ¿Entonces? ¿Por qué? ¿Por ganar votos de clase media? ¿La clase media en Guanajuato va a votar por Ebrard, en caso de ser candidato, por algo así? ¿O la de Baja California Norte? Por Dios.

Vistas como están las cosas, acaso sería necesario diferenciar la ideología política de las realidades del ser humano. Es Ebrard un captor de la modernidad, en ese sentido, y no necesariamente por fines personales (no entraré en la sobrada discusión de si el señor es homosexual o no, como se afirma en el vulgo; sólo sé que ya quisieran varios alguna de las tres mujeres por las que ha pasado).

Lo anterior es, pues, nada más que una invitación a la reflexión para el futuro temprano. ¿Es uno más “de izquierda” por hacer un movimiento y querer cambiar la sociedad desde afuera, o se lo es más por aplicar, desde dentro, políticas públicas congruentes con una ideología (y, más que eso, con una realidad)? ¿Quién es el progresista? ¿Quién el conservador? A veces las cosas no son lo que parecen.

 

Coditos con atún

Quiero felicitar a Andrea Conde Ghigliazza, compañera de aula quien, hablando de gobiernos capitalinos, dio un discurso este 15 de septiembre en el Palacio del Ayuntamiento, con motivo de la celebración del CCI Aniversario de la Independencia. No lo leí ni lo escuché (aunque Proceso dio algunos de los puntos clave que tocó en él), pero seguramente fue laudable, como todo lo que ella hace. Enhorabuena.

Rainer Matos

16 de septiembre de 2011

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7 comentarios to “Sobre la congruencia”

  1. Cómo puedes decir que la administración de Ebrard ha sido más de izquierda (aunque en México no sepamos, que signifique esto), por el simple hecho de aprobar una ley de convivencia cívica !? Mencionando políticas públicas congruentes con una ideología, cualquiera que ella sea: AMLO, que tampoco soy su defensor, construyó el segundo piso sin un fin de lucro, como sí lo está haciendo el actual jefe de gobierno; no concesionó el METROBUS a empresas privadas, como sí ocurrirá con las nuevas redes de este transporte colectivo; no arrendó la administración de la tesorería a empresas privadas. La actual administración está respondiendo a presiones de capitales privados, en cuanto a la administración urbana: nuevos edificios en zonas donde no se debería construir, cambios de uso de suelo, e incluso hay ciertos sectores que apuntan hacia una privatización del agua. En fin, creo que no se debería nombrar como más izquierdista a un personaje por el simple hecho que aprobó una ley de convivencia cívica, que no sólo incluye reformas en favor de los homosexuales, sino que mejora condiciones para las uniones libres; es decir, ocurrió en respuesta también al decreciente número de matrimonios heterosexuales. Como tu bien lo señalaste, las cosas no son lo que parecen.

    • Hola Juan. Gracias por tu comentario y disculpa la tardanza en aprobarlo. Soy nuevo en esto. Me parece en primer lugar que la noción de que no hay izquierda en México o de que la que tenemos es todo menos izquierda es un tanto incorrecta. Claramente se han puesto en práctica políticas públicas de avanzada que parten de iniciativas de diputados de los partidos de izquierda; asimismo, se defienden en votaciones legislativas supuestos básicos de las izquierdas, como el asunto del aborto, que hoy vemos en debate. Del mismo modo, los gobiernos del PRD y de Convergencia (caso oaxaqueño) en los estados, en cifras, también guardan una proporción respetable con la ideología al destinar más presupuesto al gasto social, por ejemplo. En suma, hay políticas públicas y postulados que son de izquierda, de avanzada, progresistas. Esto, por otro lado, no exenta a ningún partido político de elementos como la corrupción o el clientelismo, presentes en toda democracia en mayor o menor grado y endémicos del sistema político mexicano en general, y no de un solo partido.
      En cuanto a las políticas públicas de AMLO y Ebrard en el DF, es difícil determinar hasta qué grado hay fines de lucro por parte de uno u otro gobernante. El hecho de hacer concesiones a empresas privadas pasa aquí o en Suecia, en gobiernos de todo espectro político y hasta en la República española, porque estamos inmersos en un mundo interdependiente donde coexisten diversas lógicas económicas y donde ya es imposible gobernar sin negociar, pactar, necesitar o socilitar ayuda de la empresa privada. Para no hacerlo, tendríamos que ser un país socialista, lo cual, para bien o para mal, no pasará. Ahora, en términos ideológicos, me parece mucho más crucial como característica de una izquierda el haber pasado una ley de sociedades de convivencia que hacer tal o cual tramo urbano con capital privado o no. En ese sentido, el argumento no me parece muy válido, porque el Centro de Transporte Sustentable de la Ciudad de México, creado en 2002 por la administración de López Obrador, operó con fondos de la Fundación Shell (empresa luego criticada por López Obrador cuando el debate petrolero, lo que marca otra contradicción), entre otras. Además, desde la creación de Metrobús, en 2005, los operadores del mismo son S.A. de C.V., sociedades anónimas de capital variable. En síntesis, todo gobierno necesita a la empresa privada hoy en día en múltiples formas, y no se puede actuar cerrado a ellas por cuestiones ideológicas. Ni López Obrador ni Marcelo Ebrard lo hicieron en el DF, ni Lula en Brasil, etc. También te sugiero distinguir entre “fines de lucro” y una concesión. Échale un ojo a la Ley de Sociedades Mercantiles. Un saludo.

  2. Me parece interesante, para entender mejor me podrías explicar que se entiende por derecha e izquierda (en política) en sí, de antemano Gracias.

    • Qué tal Alberto. Agradezco tu comentario y el interés. Disculpa la tardanza de mi respuesta; aún no me hallo del todo con el blog. Los términos “izquierda” y “derecha” en tanto que opuestos en el espectro político tienen su origen durante la Rev. Francesa, pues los jacobinos se sentaban a la izquierda del líder parlamentario en el Tercer Estado, mientras que diputados más moderados y liberales, en el sentido del liberalismo político puro como lo entiende Benjamin Constant (“De la libertad de los antiguos a la libertad de los modernos”), se sentaban del lado derecho. Con el tiempo ambos términos fueron aplicándose en diversos países con el advenimiento del parlamentarismo en el siglo XIX, y como la “derecha” se denominaba a los sectores conservadores, que querían una democracia censataria, y como “izquierda” a los más progresistas, (por no decir “liberales”, término que puede confundir), que buscaban, por ejemplo, ampliar el sufragio. Con la presencia hacia el último tercio del siglo de diputados socialistas en los parlamentos, sus facciones pasaron a ser claramente denominadas de “izquierda”, y pronto se identificaría al comunismo como la extrema izquierda y a la socialdemocracia como la izquierda moderada, términos que subsisten hasta hoy. Luego de la Primera Guerra Mundial y con una mayor presencia del Estado en varios ámbitos de la vida pública, la política de masas comenzó a verse, bajo la influencia de la Revolución rusa, como un fenómeno de izquierda. Las derechas eran los notables; élites que se reunían en privado, mientras que la izquierda salía a la calle a manifestar sus ideas. Esta distinción también es importante porque comenzó a identificarse la intervención estatal como una política de izquierda, en detrimento de la reducción del Estado a sus mínimas facultades (como, por ejemplo, el libre comercio), lo que se asoció con políticas de derecha. Al mismo tiempo, ya en términos de políticas públicas (y con esta asociación de estatismo –> izquierda), comenzó una nueva asociación en políticas concretas, como la ampliación del gasto social y las características generales de un “Estado de bienestar”, que proporciona al ciudadano lo indispensable para subsistir. Esta “manutención” del Estado y la política de masas (algo que vimos en México por muchos años, y ojo, no digo que el PRI fuera de izquierda, pero tuvo comportamientos característicos de una) contrastaba con la política de los notables, privada y que, en ocasiones, pero no en todos los casos, añadía una variable religiosa, como en la España franquista o el Portugal del “Estado Novo” bajo António Salazar. Ya con el advenimiento de las olas democratizadoras, los partidos de izquierda, moderados o extremistas (que por lo general, ya en la democracia, tienden a moderarse) se dedicaron desde el gobierno a aplicar políticas de este tipo, desde la ampliación del sufragio hasta emitir leyes que permitían cosas como el matrimonio homosexual, que ampliaban el gasto social, que buscaban el pleno empleo de los trabajadores y demás. Sin embargo, en el mundo de hoy, como dije en el comentario a Juan, es cada vez más difícil que una izquierda pueda monopolizar medidas de este tipo, y más aún que no se comporte con elementos de una derecha, pues la interdependencia compleja que vincula a todos los países del mundo en términos económicos y la prioridad que se da al crecimiento económico hoy en día no permiten ya tener una economía cerrada, por lo que siempre se requerirá inversión extranjera o liberalizar ciertos productos y reducir aranceles. Asimismo, nada se puede hacer ante crisis económicas como las que vemos hoy en España o Grecia, donde gobiernos claramente de izquierda, socialistas incluso, han tenido que adoptar medidas económicas ortodoxas mucho más asociadas con las derechas en el poder. Sin embargo, hay izquierdas que, ante pocas adversidades de dicha índole, sí se comportan como lo que son. Creo firmemente, sin afán de proselitismo, que el PRD es una de ellas, dado que se defienden postulados progresistas como las sociedades de convivencia, la adopción por parte de parejas homosexuales o la legalización del aborto. Incluso cuando ha habido legisladores que han votado en contra de estas medidas, el partido los ha expulsado de inmediato, puesto que no están siendo partícipes de un compromiso ideológico. Como gobierno y como fracción parlamentaria, el partido sí es consecuente con una ideología. Pero otra cosa es que haya corrupción hacia dentro del mismo, que se favorezca el clientelismo o que haya imposiciones. Creo que esa discusión es otra, como la de si el PRD es más o menos democrático por tolerar este tipo de prácticas. Pero de izquierda es. Y en ese sentido es que me hace ruido la actitud de López Obrador en 2003: si se han expulsado miembros del partido por votar en contra de la legalización del aborto, ¿por qué a él no, por ejemplo? Me estoy yendo al extremo, pero espero que esto ayude a esclarificar un poco lo que tenía en mente cuando escribí la columna. Si tienes más inquietudes, podemos discutirlas. Un saludo. Rainer.

      Te recomiendo ampliamente el libro de Norberto Bobbio y Allan Cameron, “Left and right: the significance of a political distinction”, editado por al Universidad de Chicago en inglés en 1996. No sé si ya haya sido traducido al español. Seguramente no.

  3. Fines de lucro y concesión es lo mismo; ¿crees que alguna empresa arriesgaría su capital si no sabe que obtendrá algún beneficio a cambio?

  4. Bueno Juan, si así lo quieres ver está bien. Hay fines de lucro en absolutamente todo el mundo, proque absolutamente todos los gobiernos municipales, estatales, provinciales y nacionales hacen eso. Lo hizo AMLO, a quien tú exentas de haber recibido inversiones “sin fines de lucro”, pero AMLO concesionó absolutamente TODO el Centro Histórico, en especial, a Grupo Carso (sí, Slim, el hombre más rico del mundo), entre muchos otros, lo que en tus palabras es igual a fines de lucro. Y como te repito, el Metrobús desde 2005, cuando AMLO gobernaba, tiene 7 operadores que son empresas privadas, que tienen concesiones obviamente, como toda empresa en el santo mundo, que no es lo mismo que fines de lucro. No es ataque a AMLO; de hecho es normal que haya hecho eso. Lo menciono porque tú lo exentas de haberlo hecho. Dio concesiones, no hay duda; tenía que hacerlo. Y si para ti eso es lo exactamente lo mismo que “fines de lucro”, créelo así. Una concesión puede implicar fines de lucro, pero no necesariamente. Saludos.

  5. Hola, me gusto mucho tu artículo, sobre todo tú redacción y buen manejo de la información; sin embargo, difiero un poco en tu apreciación final donde colocas que ser de izquierda es aprobar políticas públicas polémicas o dirigidas a grupos vulnerables, hace 3 meses leí un artículo de la Directora de la Facultad de Ciencias de la UNAM, te comparto un fragmento: “Ser de izquierda es estar a favor de un modelo de desarrollo que responda a las necesidades de las mayorias, y por ende, ir en contra de un sistema que favorezca el egoismo de minorías y los intereses agenos de gobiernos extranjeros o transnacionales. Es oponerse a las sociedades desiguales y de dependencia entre las naciones, repudiar las prácticas hegemónicas y neocolonialistas de las potencias, estar por un desarrollo sustentable que no amenace la vida humana y planertaria, y por tanto, defender las luchas ecológicas. Combatir toda serie de discriminación, es hacer una política que no confunda ni separe los fines y los medios, que no se guie por los resultados inmediatos ni pierda de vista los valores y principios que le dan sentido en busca de dadivas individuales o grupales. En suma, es hacer una política que sea congruente con sus ideales, que sea incorruptible y se sostenga sobre un profundo contenido moral”. Esta es la liga, para que lo leas completo, considero que tanto AMLO como Marcelo tienen cualidades de izquierdistas, pero por dignidad y por el dolor que sufrimos muchos mexicanos con el fraude de 2006, AMLO es la esperanza para millones. http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/53991.html

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