Archive for octubre, 2011

octubre 24, 2011

¡Verde!

 

Columna reproducida anteriormente en el sitio Gurú Político (gurupolitico.com)

Ya he dicho anteriormente que la política colombiana ha dado importantes giros en los últimos años. Para una idea de ello el lector pude recurrir al artículo de Fernando Cepeda Ulloa titulado “Colombia: the governability crisis”, en el atinado libro coordinado por Jorge Domínguez y Michael Shifter, Constructing democratic governance in Latin America (Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2003); sin embargo, podemos hacer un breve recuento de los últimos años de la interesante vida política de Colombia.

A partir de 1958 el sistema político del país sudamericano fue dominado por un bipartidismo pactado entre los partidos Liberal y Conservador para evitar, a grandes rasgos, más inestabilidad y violencia como las vividas desde 1930, elementos que heredaron  el famoso “Bogotazo” de 1948 o la dictadura de corte izquierdista de Gustavo Rojas Pinilla entre 1953 y 1957. El acuerdo se llamó Frente Nacional y estipulaba que ambos partidos se turnarían cómodamente la presidencia cada periodo de gobierno. El pacto terminó en 1974; sin embargo, los dos partidos siguieron gobernando hasta 2002 aunque, ahora, mediante el azar electoral.

A partir de ese año, sería Álvaro Uribe quien desmembraría el sistema de partidos y reduciría a los dos tradicionales a mínimos históricos en sus porcentajes electorales. Uribe procedía, interesantemente, del Partido Liberal, lo que deja ver que las transiciones de una manera de hacer política a otra quedan en manos no de personajes nuevos, sino de los habituales. El hoy ex presidente fundó el partido Primero Colombia en 2002 para competir tras no ser el candidato liberal a la presidencia y el experimento resultó exitoso. Hoy, su partido (renombrado “Partido de la U”, muy original) tiene en el poder a Juan Manuel Santos, ex liberal también, y la sociedad colombiana se ha dividido entre uribistas y anti-uribistas, terreno en donde abundan los primeros.

Una vez en contexto, hoy por hoy la principal oposición en Colombia es (¿o era?) el Partido Verde, que es lo que interesa aquí. E interesa porque se ha dado un reacomodo sugestivo en un mélange singular llamado “posturibismo” desde las elecciones de 2010. Pero vayamos por partes.

Lo que hoy constituye la segunda fuerza política de Colombia se funda en 2005 como Partido Opción Centro (POC) por antiguos miembros de la Alianza Democrática M-19, movimiento pinillista de izquierda creado a raíz del supuesto fraude de 1970 que negó la presidencia al ex dictador y que tomaría las armas como guerrilla para dejarlas después, cuando el pinillismo partidista derivó en dos cauces: el POC y el Polo Democrático, el mayor partido de izquierda den Colombia. Pronto, el POC añadiría el adjetivo “Verde” a su nombre, ganaría dos gubernaturas en 2007 e incorporaría a sus filas en 2009 a Antanas Mockus, intelectual y matemático, dos veces alcalde independiente de Bogotá y candidato a la presidencia en 2006 por la Alianza Social Indígena (que obtuvo el 1.24% de los votos), a Enrique Peñalosa, ex político liberal y alcalde independiente de Bogotá y a Sergio Fajardo, ex alcalde —también independiente— de Medellín. En las presidenciales de 2010 el partido, ahora renombrado únicamente “Partido Verde”, se convertiría en la segunda fuerza política con más de 3 millones y medio de votos en un reacomodo sin precedentes de la composición política colombiana bajo la fórmula Mockus-Fajardo; sin embargo, por desgracia para el partido, las elecciones legislativas serían algunos meses antes que las presidenciales, por lo que no pudo obtener los escaños que hubiese obtenido a la par de su exitosa campaña presidencial.

Pero es ahora, de cara a las elecciones regionales de 2011 (a realizarse el 30 de octubre), que las fuerzas políticas se realinean, por lo que el necesario preámbulo arriba citado desemboca aquí dado que el Verde va dividido, ya que Antanas Mockus presentó su renuncia al partido recientemente. Resulta increíble que tras haber logrado una votación histórica y tras pasar de ser un partido que obtuvo un voto de menos del 1% en 2006 a ser la segunda fuerza política de Colombia, capaz de terminar de mandar al olvido en muchas provincias a partidos tradicionales como el Liberal y el Conservador, haya fragmentaciones tan prontas en su haber.

Y es que la división, como prácticamente toda la vida política colombiana al día de hoy, gira en torno a la figura de Uribe. El ex presidente salió a hacer campaña recientemente por Peñalosa, candidato verde —y ex liberal, no lo olvidemos— a la alcaldía de Bogotá. En realidad, no es nada que no haya pasado antes, pues el uribismo ya había apoyado a Peñalosa en 2007, elección en la que se impuso el Polo Democrático luego de una fructífera década de alcaldes independientes en la capital (entre ellos, de hecho, Mockus y Peñalosa y, más recientemente, Lucho Garzón, hoy presidente del Verde). En ese sentido, resultaría un tanto natural que Uribe apoye de nueva cuenta a su ex correligionario; más aún cuando Peñalosa representa el sector más uribista del Partido Verde.

Pero Antanas Mockus no comparte. Fiel a la política independiente, el hombre que peleó la segunda vuelta presidencial con Santos en 2010 decidió condenar el acto con su renuncia al partido cuando es su principal figura, la de mayor reconocimiento entre la población y un potencial contendiente a la presidencia en 2014. Y no sólo renunció a su partido, sino que hace en estos momentos campaña a favor de aquel moribundo instituto político que lo candidateara a la presidencia en 2006, la Alianza Social Independiente, y de su candidata bogotana, Gina Parody.

Bien cabe preguntarse si la estrategia de Uribe no era precisamente ésa: dividir a la segunda fuerza política del país, lo que se antoja un tanto cuestionable dado que el ex presidente ha mostrado desde la década de 1990, cuando ambos eran liberales, su apoyo a Peñalosa. Además, según un artículo de opinión en un diario colombiano, Mockus sería el gran ganador de la elección local: los dos punteros en las encuestas, Peñalosa y Gustavo Petro, estarían dispuestos a ofrecer a Mockus o a su esposa, Adriana Córdoba —ahora ducha también en política, se dice—, un puesto en el gabinete local; si gana Parody, tercer lugar en las encuestas, eventualmente gana Mockus que indiscutiblemente tendría un puesto público una vez más. ¿Quién es, entonces, el que está jugando a la estrategia perversa en la pelea por la alcaldía de Bogotá? Si no es Uribe, ¿puede ser Mockus?

No hay que olvidar que Antanas ha echado mano del pragmatismo político también —menos como un político que salta entre tendencias ideológicas o partidistas que como uno que puede tender una mano a y entenderse con todas ellas—, a pesar de sus cualidades como candidato independiente o lo que muchos llaman “ciudadano” con cuestionada emoción. Recuérdese que Mockus fue candidato a vicepresidente en 1998 y compañero de fórmula de Noemí Sanín, ex miembro del Partido Conservador —al cual la ex canciller regresó el año pasado, por cierto. Asimismo, hace un poco de ruido que Mockus condene el apoyo uribista cuando él declaró en la campaña presidencial de 2010 que daría continuidad a muchas de las políticas de Uribe, no sin poner en la balanza lo positivo y negativo del periodo 2002-2010.

Parece, pues, desmesurada la reacción de Mockus. El edificio verde e independiente construido en menos de un año se está desplomando. Sorprende más cuando vemos (y como, supongo, se ha podido verificar a lo largo del escrito) una tremenda volatilidad en la política colombiana cuya fuerza centrípeta es, guste o no, el uribismo. ¿Vale Bogotá una división así, en pos de un purismo ideológico que no deja de oscilar en un borroso limbo? Esto último lo digo porque al abrazar el independentismo como bandera, parece que todo cabe también.

Es de preguntar ahora cómo se alinearán las fuerzas de cara al 2014. ¿Perdonará Mockus al Verde? ¿El Verde lo perdonará a él? ¿O el mockusismo —palabra más fea…— se dividirá entre el Verde y la ASI? No cabe duda de que la votación de 2010 obtenida por el partido fue gracias a la figura del matemático de origen lituano y su carisma; tampoco hay duda de que cuando Mockus empezó a despuntar en las encuestas de aquel año fue cuando Sergio Fajardo, hoy candidato por el Verde a la gubernatura de Antioquía con grandes posibilidades de triunfo, se añadió como compañero de fórmula. En ese tenor, generan incertidumbre las cartas que juegue Fajardo mismo ahora, tanto por ser militante del Verde como por ser hombre cercano a Mockus y a Uribe.

Por ahora habrá que esperar, primero, al 30 de octubre, día de las elecciones regionales, y luego, a los dos años y fracción que quedan antes de las legislativas de 2014, antesala de las presidenciales, a celebrarse más tarde en ese año. Lo que parece indiscutible es que Álvaro Uribe Vélez sigue siendo el punto nodal de la política colombiana y parecería que quienes explotan su legado cosechan frutos importantes, mientras que sus detractores, en todos los partidos, tienen más posibilidades de fracaso.

Rainer Matos

18 de octubre de 2011.

 

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octubre 18, 2011

Mayorías en boga

 

Columna reproducida anteriormente en el sitio Gurú Político (gurupolitico.com)

Un sistema parlamentario en México sería un desastre. Permitir que el funcionamiento del sistema político dependa de la composición política del Congreso implicaría, en primer lugar, una subordinación del ejecutivo al poder legislativo y, en segundo, un desbalance estrepitoso en la forma de hacer política en el país. Sería ése un extremo de una espada de doble filo, mientras que el otro sería un sistema unitario como el que se vio durante tanto tiempo en la historia política del país, donde el legislativo quedaba subordinado al poder ejecutivo. Ambos desequilibrios se advierten imposibles en las coyunturas nacional e internacional actuales. Un equilibrio, pues, parecería lo más sensato y, en ese sentido, la propuesta de gobiernos de coalición que vemos abundar en las primeras planas estos días no deja de resultar interesante dado que, de fondo, la propuesta busca compensar la debilidad presidencial, muy limitada en términos constitucionales. Me explico.

Todavía a mi generación, que vivió los rezagos finales de aquel priismo abrumador, le tocó escuchar sobre la omnipotencia presidencial que, en las desafortunadas y desatinadas palabras de don Daniel Cosío Villegas (con todo el dolor de mi corazón) o Enrique Krauze, era una “monarquía sexenal” y una “presidencia imperial”, respectivamente. Juan Espíndola Mata, en El hombre que lo podía todo, todo, todo. Ensayo sobre el mito presidencial mexicano, tesis de El Colegio de México, logró desmitificar esta noción, arguyendo que el ejecutivo no tenía absolutamente todo el poder, pues debía convivir e incluso interactuar con poderes sociales como sindicatos o empresarios, además de enfrentarse a élites locales en la designación de gobernadores, por dar algunos ejemplos.

En el mismo sentido, Rogelio Hernández ha insistido constantemente en que, en términos constitucionales, el presidente de México es uno de los ejecutivos más débiles del mundo desde 1917. Esto quizás pueda sorprender, pero si uno revisa la Constitución, encontrará que el poder legislativo tiene muchas más atribuciones que su contraparte. Si hubo una sumisión a los dictados presidenciales bajo la mayoría del régimen posrevolucionario, fue porque el partido hegemónico tenía la vastísima mayoría absoluta en el Congreso hasta 1997, lo que facilitó, en un ejercicio de retroalimentación, el uso de las famosas facultades “metaconstitucionales” por parte de la figura presidencial. Esto es relevante porque el presidente, débil constitucionalmente, obtenía respaldo para prácticamente toda iniciativa y  puesta en práctica de políticas públicas con una mayoría absoluta. Uno de los pilares del supuesto ultrapresidencialismo era, pues, nada menos que el legislativo, y no un factor estructural como podría serlo la Constitución.

El problema, hoy por hoy, es que el presidente sigue siendo débil constitucionalmente, con la diferencia de que ya no hay mayorías. De ahí los bríos que ha recobrado el parlamentarismo y el Congreso en el país. No cabe duda de que gobernar se vuelve mucho más factible por medio de mayorías. Sin embargo, regresar al modelo del antiguo régimen sería prácticamente imposible porque ningún partido ha alcanzado desde 1997 la mayoría absoluta y las intenciones de voto para el próximo año revelan que habrá un escenario parecido a lo visto en 2009, dado el voto duro de los tres principales partidos. Esto, aunado a la nueva autonomía de los gobernadores (sobre todo entre los no priistas), daría al traste en buena parte con la tesis inane de que, si regresa el PRI, vendrá un autoritarismo rapaz.

Y es un problema porque, en las circunstancias actuales, es sumamente complicado que el presidente pueda conseguir una mayoría que avale sus iniciativas; más si se toman en cuenta las elecciones intermedias en las que cambia la composición política del Congreso. Doble problema puesto que tanto el presidente Fox en 2003 como Calderón en 2009 apostaron toda su jugada a lo electoral en vista de su debilidad constitucional —lo que no los exenta de una voluntad política cuestionable—, obteniendo como resultado una victoria de la oposición, en ambas ocasiones, del PRI. El mejor ejemplo se dio en el caso del segundo, pues no fue sino hasta haber perdido la mayoría relativa en la Cámara baja en 2009 que Calderón presentó la reforma política; de otro modo, haciendo un ejercicio contrafactual, es de preguntar si lo hubiese hecho en caso de que el PAN continuara ejerciendo la mayoría relativa.

Pero apostar por mayorías relativas se vuelve tan inútil como nadar a contracorriente. Es en este contexto que surge la propuesta de los gobiernos de coalición, en donde parece haber cierta confusión, aunque también hay escasa información hasta ahora. Lo que se pretende es, a grandes rasgos, que si el presidente no obtiene una mayoría absoluta en las elecciones, pueda haber un respaldo legislativo convocado por el ejecutivo para obtener una mayoría y, en conjunto, sacar adelante iniciativas y reformas importantes. Esto es distinto de una segunda vuelta en la elección presidencial que, si bien otorga mayor legitimidad al presidente electo, no resuelve el problema de las mayorías parlamentarias. Asimismo, es esto distinto a otras propuestas que se han generado, como la de establecer una cláusula de gobernabilidad para obtener una sobre-representación para “redondear” los porcentajes electorales y obtener un 51% con un 42% en la Cámara de diputados, por ejemplo.

El debate está ahí. Por un lado, la propuesta, de llevarse a la práctica (y, en ese sentido, es notable que tenga tanto adeptos como detractores en los tres partidos más fuertes), subsanaría sin duda una de las debilidades y causas principales de las trabas más vistosas que ha tenido el sistema político mexicano en los últimos años; sin embargo, cabe preguntarse si no valdría la pena incorporar la propuesta en un ámbito más amplio que comprenda elementos como la rendición de cuentas, por un lado, o si lo único que se lograría sería, en vez de fortalecer, debilitar más la figura presidencial a raíz de la presencia de un “jefe de gabinete”, como se ha propuesto. Sólo cabe esperar.

Rainer Matos Franco

12 de octubre de 2011