Mayorías en boga

 

Columna reproducida anteriormente en el sitio Gurú Político (gurupolitico.com)

Un sistema parlamentario en México sería un desastre. Permitir que el funcionamiento del sistema político dependa de la composición política del Congreso implicaría, en primer lugar, una subordinación del ejecutivo al poder legislativo y, en segundo, un desbalance estrepitoso en la forma de hacer política en el país. Sería ése un extremo de una espada de doble filo, mientras que el otro sería un sistema unitario como el que se vio durante tanto tiempo en la historia política del país, donde el legislativo quedaba subordinado al poder ejecutivo. Ambos desequilibrios se advierten imposibles en las coyunturas nacional e internacional actuales. Un equilibrio, pues, parecería lo más sensato y, en ese sentido, la propuesta de gobiernos de coalición que vemos abundar en las primeras planas estos días no deja de resultar interesante dado que, de fondo, la propuesta busca compensar la debilidad presidencial, muy limitada en términos constitucionales. Me explico.

Todavía a mi generación, que vivió los rezagos finales de aquel priismo abrumador, le tocó escuchar sobre la omnipotencia presidencial que, en las desafortunadas y desatinadas palabras de don Daniel Cosío Villegas (con todo el dolor de mi corazón) o Enrique Krauze, era una “monarquía sexenal” y una “presidencia imperial”, respectivamente. Juan Espíndola Mata, en El hombre que lo podía todo, todo, todo. Ensayo sobre el mito presidencial mexicano, tesis de El Colegio de México, logró desmitificar esta noción, arguyendo que el ejecutivo no tenía absolutamente todo el poder, pues debía convivir e incluso interactuar con poderes sociales como sindicatos o empresarios, además de enfrentarse a élites locales en la designación de gobernadores, por dar algunos ejemplos.

En el mismo sentido, Rogelio Hernández ha insistido constantemente en que, en términos constitucionales, el presidente de México es uno de los ejecutivos más débiles del mundo desde 1917. Esto quizás pueda sorprender, pero si uno revisa la Constitución, encontrará que el poder legislativo tiene muchas más atribuciones que su contraparte. Si hubo una sumisión a los dictados presidenciales bajo la mayoría del régimen posrevolucionario, fue porque el partido hegemónico tenía la vastísima mayoría absoluta en el Congreso hasta 1997, lo que facilitó, en un ejercicio de retroalimentación, el uso de las famosas facultades “metaconstitucionales” por parte de la figura presidencial. Esto es relevante porque el presidente, débil constitucionalmente, obtenía respaldo para prácticamente toda iniciativa y  puesta en práctica de políticas públicas con una mayoría absoluta. Uno de los pilares del supuesto ultrapresidencialismo era, pues, nada menos que el legislativo, y no un factor estructural como podría serlo la Constitución.

El problema, hoy por hoy, es que el presidente sigue siendo débil constitucionalmente, con la diferencia de que ya no hay mayorías. De ahí los bríos que ha recobrado el parlamentarismo y el Congreso en el país. No cabe duda de que gobernar se vuelve mucho más factible por medio de mayorías. Sin embargo, regresar al modelo del antiguo régimen sería prácticamente imposible porque ningún partido ha alcanzado desde 1997 la mayoría absoluta y las intenciones de voto para el próximo año revelan que habrá un escenario parecido a lo visto en 2009, dado el voto duro de los tres principales partidos. Esto, aunado a la nueva autonomía de los gobernadores (sobre todo entre los no priistas), daría al traste en buena parte con la tesis inane de que, si regresa el PRI, vendrá un autoritarismo rapaz.

Y es un problema porque, en las circunstancias actuales, es sumamente complicado que el presidente pueda conseguir una mayoría que avale sus iniciativas; más si se toman en cuenta las elecciones intermedias en las que cambia la composición política del Congreso. Doble problema puesto que tanto el presidente Fox en 2003 como Calderón en 2009 apostaron toda su jugada a lo electoral en vista de su debilidad constitucional —lo que no los exenta de una voluntad política cuestionable—, obteniendo como resultado una victoria de la oposición, en ambas ocasiones, del PRI. El mejor ejemplo se dio en el caso del segundo, pues no fue sino hasta haber perdido la mayoría relativa en la Cámara baja en 2009 que Calderón presentó la reforma política; de otro modo, haciendo un ejercicio contrafactual, es de preguntar si lo hubiese hecho en caso de que el PAN continuara ejerciendo la mayoría relativa.

Pero apostar por mayorías relativas se vuelve tan inútil como nadar a contracorriente. Es en este contexto que surge la propuesta de los gobiernos de coalición, en donde parece haber cierta confusión, aunque también hay escasa información hasta ahora. Lo que se pretende es, a grandes rasgos, que si el presidente no obtiene una mayoría absoluta en las elecciones, pueda haber un respaldo legislativo convocado por el ejecutivo para obtener una mayoría y, en conjunto, sacar adelante iniciativas y reformas importantes. Esto es distinto de una segunda vuelta en la elección presidencial que, si bien otorga mayor legitimidad al presidente electo, no resuelve el problema de las mayorías parlamentarias. Asimismo, es esto distinto a otras propuestas que se han generado, como la de establecer una cláusula de gobernabilidad para obtener una sobre-representación para “redondear” los porcentajes electorales y obtener un 51% con un 42% en la Cámara de diputados, por ejemplo.

El debate está ahí. Por un lado, la propuesta, de llevarse a la práctica (y, en ese sentido, es notable que tenga tanto adeptos como detractores en los tres partidos más fuertes), subsanaría sin duda una de las debilidades y causas principales de las trabas más vistosas que ha tenido el sistema político mexicano en los últimos años; sin embargo, cabe preguntarse si no valdría la pena incorporar la propuesta en un ámbito más amplio que comprenda elementos como la rendición de cuentas, por un lado, o si lo único que se lograría sería, en vez de fortalecer, debilitar más la figura presidencial a raíz de la presencia de un “jefe de gabinete”, como se ha propuesto. Sólo cabe esperar.

Rainer Matos Franco

12 de octubre de 2011

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2 comentarios to “Mayorías en boga”

  1. Estimado Rainer,
    El tema merece una discusión aguda. Estoy de acuerdo contigo en prácticamente todos los puntos de tu texto, en especial aquél que dice que la información respecto del tema ha sido mínima y opaca.
    Habría quizá que precisar que hay, grosso modo, dos propuestas de gobiernos de coalición (eliminando, por supuesto, la aberración peñanietista de redondear mayorías mediante una apestosa cláusula de gobernabilidad):
    -La que es primordialmente beltronista que apunta a conseguir mayorías balanceadas (multipartidistas) en el legislativo, agregando la mancuerna legislativo/ejecutivo (jefe de gabinete o como sea), junto con los mecanismos de rendición de cuentas y ratificación que Beltrones propone.

    -Luego viene una opción que tímidamente Ebrard manifestó, pero que luego siento que dejaron colgada. Se trata de la idea, de influencia brasileña, de crear coaliciones dentro del Ejecutivo (el gabinete). El gobierno de Rousseff, por ejemplo, está compuesto por 7 partidos políticos con presencia en el gabinete y eso no es necesariamente trágico ni autoritario ni inoperante: no creo que Rousseff tenga menos facultades constitucionales que el presidente mexicano (al contrario). Y, sin embargo, siete partidos en el gabinete, por más que todos sean resultado de una coalición electoral previa (y no de un pacto post-electoral para crear gobierno, como sucede en los parlamentarismos tipo Alemania, Bélgica y bla bla), sí alcanzan a crear ese equilibrio de pesos y contrapesos del que hablabas.

    Sería bueno ir discutiendo en esas direcciones.

    Por cierto, fue un gustazo descubrir tu blog. Yo tengo uno por ahí medio olvidado, pero de vez en cuando aparecen cosas nuevas. Un abrazo.

  2. Estimado Diego: agradezco tu comentario como siempre. En realidad yo me refería a la propuesta beltronista, que es la que se debate en estos días. La de Ebrard, pienso, se antoja mucho más inviable en el contexto político actual, pues saldría una oposición rotunda en lo que se da en llamar opinión pública mexicana. Te contesto rápido ahora por falta de tiempo, pero te agradezco mucho el gusto por lo que escribo, aunque no sé si sea yo un intolerante autoritario, que seguro lo soy. Un abrazo.

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