Archive for diciembre, 2011

diciembre 24, 2011

Sábato: un héroe en una tumba


Hemos fracasado

sobre los bancos de arena del racionalismo.

Demos un paso atrás y volvamos a tocar

la roca abrupta del misterio.

—Urs von Balthasar

 

Ha muerto uno de los grandes, sino es que el más. Parece como si la Argentina se estuviera quedando huérfana con la muerte de aquellos que dieron un respiro a tan ignota sociedad en las horas más oscuras y tristes. La muerte de Raúl Alfonsín, Mercedes Sosa, Néstor Kírchner y, ahora, Ernesto Sábato, cuando apenas faltaba un par de meses para celebrar un siglo de su vida, es una serie de acontecimientos que caen como balde de agua fría a tan fascinante nación. Pero no sólo llora la Argentina. Todo aquel, desde el preparatoriano desubicado que leyó El túnel hasta el que conversó horas con Sábato a través de casi su vasta obra, puede hoy, legítimamente, ahogarse en un río de lágrimas y preguntarse por qué mueren éstos y no aquéllos; por qué los Sábatos y no los Videlas; ¿por qué, por qué, por qué? ¿Por qué se beatifica a reconocidos encubridores de pederastas como Juan Pablo II y no a escritores como Sábato, Cortázar, Borges o Bioy Casares, por nombrar únicamente al cuarteto argentino? ¿Por qué el mundo se vuelve loco con una boda inútil que lo transporta de vuelta al siglo XVII en vez de llorar la pérdida de uno de los más grandes expositores de las más recónditas y fascinantes pasiones humanas que han pisado el mundo?

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Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. Sí. Sábato nació hace un siglo en Rojas, en la provincia de Buenos Aires, hermano de otros diez o, como él tristemente afirma, nueve. Lector de Ibsen, Tolstoi y el drama anagnórico del siglo precedente, Ernesto estudiaría la secundaria en La Plata, ciudad entrañable para él, donde murieron sus padres, donde nacieron sus hijos, donde conoció a su esposa Matilde. Fue, también, donde se iniciaría en el estudio literario, cuando abundaban el existencialismo y el nihilismo extremos. En su primer año, sería instruido por el mismo Pedro Henríquez Ureña, notable literato dominicano, siendo parte posteriormente de un círculo intelectual donde participaba junto con su maestro, con Raimundo Lida y Amado Alonso. “¿Por qué, Don Pedro, pierde tiempo en esas cosas?” Y él, con su amable sonrisa, me respondió: “Porque entre ellos puede haber un futuro escritor.”

En 1929 ingresó en la Universidad Nacional de La Plata, donde sus estudios en física lo convirtieron en un científico notabilísimo, honorado con una beca para estudiar energía atómica en el Institut Curie de París y, posteriormente, hacia 1940, en la prestigiada MIT. Su brillantez científica sería compensada con un rostro humano, siempre en contra de la injusticia social y de la inequidad, por lo que desde los 16 años entraría en círculos comunistas. Era la época de Sandino y su guerra contra el imperialismo, al tiempo que estaba vivo el recuerdo de los obreros estadunidenses ejecutados en Chicago en 1887 por las huelgas de Haymarket; asimismo, acababan de morir asesinados Zapata (1919) y Villa (1923) junto con la Revolución mexicana, y moría Lenin con la soviética en 1924.

Al llegar al poder el general Uriburu en 1930 a la Casa Rosada, Sábato, entonces Secretario General de la Juventud Comunista, hubo de interrumpir sus estudios y pasar a la clandestinidad, escapando por ventanas, comiendo de la compasión y siempre luchando junto a su amada Matilde, que había dejado su hogar para vivir con su entrañable Ernesto en un cuartucho porteño. El Partido Comunista de Argentina, interesantemente, lo enviaría a Moscú en 1934 para “corregirlo”, al notarlo dudoso de la unión supuestamente inseparable entre teoría y práctica comunistas por su desilusión con el estalinismo. Ernesto, consciente de que si iba a Moscú quizás no regresaría, escapó a París, a dormir en habitaciones sucias y combatiendo el frío parisino con trozos del diario L’Humanité sobre su espalda.

Su segundo viaje a París, ya con Matilde y su primer hijo, se daría con la mencionada beca, y sacrificaría el estudio físico-matemático por su fascinación con el surrealismo en la literatura y la pintura, al que lo introdujo el pintor cubano Wilfredo Lam. Fue en París donde, sumido en el pensamiento surrealista, decidió intercambiar la ciencia por el arte. En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba. La Segunda Guerra Mundial trasladaría su beca a MIT en Boston, donde produjo sus últimos trabajos sobre el tema y donde culminaría su dedicación a la física, por lo que cientos de elementos de la comunidad científica le darían la espalda, negándose a aceptar que el arte superase a la ciencia en ningún sentido. Una y otra vez, como un náufrago en medio de oscuras tempestades, partí con rumbo insospechado sin divisar siquiera la existencia de una isla remota.

La pareja y el pequeño de 4 años se mudaron a un rancho en la sierra andina de Córdoba, sin agua, luz eléctrica ni ventanas, alejados del mundo; un punto solitario donde Ernesto conocería a un tocayo suyo, argentino también pero de apellido Guevara, que viajaba en motocicleta por todo el continente y que pasaba a Córdoba a visitar a unos parientes. Nuestro Ernesto no comulgaría con Perón, puesto que amigos suyos perdieron su trabajo con el ascenso del peronismo. Sin embargo, siempre sencillo y del lado de los oprimidos, defendería a obreros peronistas reprimidos luego de la caída del general en 1955. En 1948 escribiría su primera gran novela, que hoy es de cajón en la prepa, El túnel. La historia de su primera publicación es conocida: sería rechazada por todas las editoriales del país, incluso por la prestigiada revista Sur de su amiga Victoria Ocampo; sin embargo, con un préstamo generoso de Alfredo Weiss, la novela se publicó y la revista se agotó. El encargado de la edición francesa sería Albert Camus, afecto epistolar de Sábato, quien la difundiría a granel por Europa.

En 1961 se publicaría su obra maestra, Sobre héroes y tumbas, a la que Piazzolla deseó rendir homenaje con una ópera, proyecto del cual únicamente surgió una exquisita y recomendable Introducción. La mejor novela de Sábato da cuenta de un muchacho de barrio, pobre, desubicado y solitario, Martín, que conoce a una mujer fascinante y por demás misteriosa, Alejandra, en la década de 1950; a través del limitado amor que ambos sienten, se percibe la vida peronista bonaerense: las calles, la gente, los viejos, los cafecitos, así como la impotencia del amor joven y las terribles autolimitantes de la felicidad. Asimismo, el tiempo es vital en la obra: se cuenta intercaladamente la historia del general Juan Lavalle, militar argentino de la primera mitad del siglo XIX, así como se incrusta en medio de la novela un ensayo angustiante que relata una obsesión por los ciegos, motivo al que dio vida desde El túnel. Así, Sábato encuentra su propio Aleph (por cierto, era un gran interlocutor de Borges, aunque se distanciaron por posiciones políticas desde los 1950), donde conviven todos los tiempos y los espacios: es Buenos Aires misma, una ciudad donde converge una multiplicidad inexorable de procederes; una terrible Babel que confunde a los que en ella habitan y que intentan comunicarse sin lograrlo del todo, como Martín con Alejandra, a quien no entiende por más que Bruno u otros personajes se partan la cabeza por explicárselo. La dura realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades.

Dejando un poco su obra y regresando al hombre, Sábato, como Borges, no se exiliaría luego del golpe militar de Jorge Rafael Videla en 1976. Incluso ambos, junto con otras personalidades, acudirían a la invitación del dictador a la Casa Rosada, lo que dejaba muchas dudas. Borges estaba feliz: “Le agradecí [a Videla] personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia”. Su ceguera, pues, no era sólo física, y ahora resultaba claro por qué ambos escritores se habían distanciado en décadas anteriores. Sábato, aunque emocionado por la terminación del gobierno peronista iniciado en 1973 —“esos mafiosos”, los llamaría—, fue más diplomático: sabía, como en 1934, que un mal paso pondría su vida en peligro. Saliendo de la velada, Ernesto sorprendió a los medios expresando que Videla era un hombre “culto, modesto e inteligente”. Este punto negro en su vida, que le provocaría más espaldas de antiguas amistades, se redimiría con su participación como presidente de la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas (CONADEP) entre 1983 y 1984, encargo en el que investigó la desaparición de 9,000 personas entre 1976 y 1983 por invitación del presidente Raúl Alfonsín.

Ése fue Sábato. Un hombre que se mantuvo impávido ante la incertidumbre, que invitaba medialunas a niños sin hogar en los cafecitos, que soportó la pérdida de un hijo y de su compañera de vida luego de más de medio siglo a su lado, que bajó del pedestal de la gloria científica para abrazar el desacreditado mundo artístico, que en la cultura actual se reduce, por desgracia, a una veneración  minoritaria. Él mismo lo dejaría claro: Cuando camino por una plaza, al contemplar la nobleza de las jacarandas, o cuando veo aquellos rostros inefables que siguen estremeciéndose ante un cielo tormentoso, o los que aún tiemblan al pronunciar palabras sublimes, pienso entonces en la desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del acero.

Ernesto Sábato quedará en la historia como uno de los más grandes escritores del siglo pasado, del continente y de la Argentina. Su huella artística está ahí; la científica también, aunque ésa quedó atrás hace 70 años. No obstante, he querido enfatizar aquí la huella humana. No sé si lo he logrado. No sé si estaría contento de leer esto. No sé si sea un buen tributo, pero algo tenía que hacer como joven que soy, pues fuimos los jóvenes en quienes el escritor depositó su confianza para un mejor futuro, más humano y solidario y menos materialista e individualista, a pesar de las múltiples cartas de todos rincones del mundo que le llegaban de muchachos que, al contemplar el suicidio, encontraban refugio en sus personajes. Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia; nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía. Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuando de humanidad hayamos perdido. Estas mismas palabras, escritas hace trece años, aplican hoy para él. Descanse en paz.

 

(Todas las citas son de Ernesto Sábato, Antes del fin, 1998)

Rainer Matos

30 de abril de 2011.

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diciembre 24, 2011

Olof Palme – Un cinéfilo desaliñado

Aunque caminase yo por medio de la sombra de la muerte,

no temeré ningún desastre.

—Salmos, 23:4

 

Sonó el teléfono. Era Lisbet, quien sugirió a su hijo ir al cine. Luego, después de la tragedia, la policía buscaría micrófonos en la casa y oficina de madre e hijo, pero no encontrarían nada. En fin. En el “déjame ver”, característico de los planes improvisados que uno hace para la misma noche de viernes, quedó pendiente el asunto, pues faltaba el consentimiento del marido. Finalmente, éste llegó a casa después de una intensa jornada de trabajo. Y cómo no iba a ser ardua, si justo esa mañana había firmado el tercer mensaje del “Grupo de los Seis” para Reagan y Gorbachov, en el que los Seis (Rajiv Gandhi, Raúl Alfonsín, Andreas Papandreou, Julius Nyerere, Miguel de la Madrid y él) exhortaban a ambas superpotencias a impedir ejercicios nucleares hasta lograr un acuerdo próximo. Era el 28 de febrero de 1986, hace exactamente 25 años, cuando incluso la política exterior mexicana valía de algo en la escena internacional. Lisbet propuso a su marido que alcanzaran a su hijo Mårten y a la novia de éste en el cine, pues ya habían comprado boletos para Bröderna Mozart (“Los Hermanos Mozart”, Suecia, 1986). Él consintió. Era un cinéfilo sólido.

 

El primer ministro y su esposa salieron de casa y se dirigieron a pie hacia la estación Gamla del metro. Sí, a pie. Sí, al metro. (No, no usaría ese vochito que solía usar para ir personalmente a recoger gente importante al aeropuerto. El cine no estaba nada lejos.) Y sí, sin guardaespaldas. La sencillez, esa faceta que le urge al ser humano moderno, protagonizaría su pálido final. Llegaron al cine Grand, de esos cines viejitos con sillones de terciopelo que ya no hay, en el centro de la ciudad. Cuando el vendedor en taquilla reconoció al jefe de gobierno, le ofreció los asientos del dueño del cine. Pese a la misma sencillez, aceptó. Comenzó la película.

 

——–

 

Nuestro protagonista vendría a alegrar el mundo un 30 de enero de 1927, en Östermalm, Estocolmo. Sería bautizado en la fe luterana como Sven Olof Joachim Palme. A los 20 años, dominaba inglés, francés y alemán. Fue becado dada su excelencia en el Kenyon College de Ohio y se graduaría al año siguiente como el mejor de su clase y con los más grandes honores, defendiendo en su tesis una aguda crítica a The Road to Serfdom, de Friedrich Hayek, Nobel de Economía. Estudió junto a Paul Newman; quizás por ahí empezaría su cinefilia. Luego de graduarse, se aventó un mochilazo por la Unión americana de los años inmediatos a la posguerra, donde “lo que vi, lo que viví, lo que escuché [—racismo, discriminación, intolerancia—]; todo ello me hizo socialista”. Antes de regresar a Estocolmo, pasaría a la ciudad de México, a trabajar en la que apenas era una ferretería que pertenecía a sus primos Ramón y René Palme. Hoy, Aceros Palme es, por cierto, una empresa líder en la industria acerera mexicana.

 

A su regreso, se convirtió rápidamente en paladín de la Asociación de Estudiantes Socialdemócratas, con lo que viajó por Europa oriental, descubriendo y oponiéndose al mal llamado “socialismo real”. En Checoslovaquia, el joven de 22 años se casaría con una chica Rennerova, sólo para que ésta pudiera salir del país. Un buen día de 1953, el entonces primer ministro socialdemócrata, Tage Erlander, llamaría a la oficina del joven para pedirle fungir como su secretario particular. Estaba anonadado. “He escuchado comentarios elogiosos sobre su persona”, le dijo el mandatario por teléfono. “¿Perdón, señor?”, respondió el joven. “Le ruego acepte…”. Pronto, se convertiría en el segundo del número uno del país, no sin antes cambiar una beca para estudiar con Kissinger en EUA por una para viajar por Asia con la que, según él, “aprendí mucho más de política internacional (…) de lo que habría aprendido en ese curso”. Así, se forjó el futuro defensor a ultranza del anticolonialismo. Ya en 1949 había enviado, junto con varios estudiantes, un donativo de sangre para jóvenes negros rechazados de universidades para blancos en la Sudáfrica del apartheid.

 

Para 1955 ya era diputado socialdemócrata en el Riksdag; diez años más tarde, era ministro de Comunicaciones y, para 1967, de Educación, puesto que ostentaba nuestro eterno cinéfilo mientras grababa algunas escenas para la película Jag är nyfiken – gul (“Soy curiosa – Amarillo”, Suecia, 1968), punto nodal de la nueva ola cinematográfica sueca. En el filme, el entonces ministro de Educación es entrevistado sobre la propuesta de reforma universitaria, duramente criticada desde la izquierda en el turbulento 1968, año en que también organizó protestas contra la presencia estadunidense en Vietnam, de tal impacto que Washington retiraría a su embajador en Estocolmo. Al año siguiente, en 1969, su jefe dejaría el puesto de primer ministro —llevaba 23 años en el cargo— y nuestro protagonista vería su oportunidad.

 

¿Y quién había visto antes semejante cosa; un primer ministro despeinado, con la corbata chueca, con la camisa a medio abrir, con el sobaco sudado? ¿Quién querría asesinar a un estadista que adolecía de desaliño y que representaba a un país por demás neutral, por Dios? Sí, Pierre Trudeau, también excéntrico, se había convertido en su par canadiense un año antes, pero habríamos de esperar hasta 1977 para verlo deslizarse por el barandal del Palacio de Buckingham y hacer piruetas a espaldas, literalmente, de Isabel II de Inglaterra. El sueco era distinto. No era desmadroso. Era, simplemente, sencillo. Y no perdió la sencillez con su nuevo puesto, que ocupó entre 1969 y 1976, y luego entre 1982 y 1986.

 

¿País neutral? He ahí el problema. Lo siguió siendo en teoría. Sin embargo, él dio un giro completo a la política exterior sueca en plena Guerra Fría. “Ni con uno ni con otro” (aunque eso decían, en realidad, todos los países; hasta Cuba). Buscó a los mejores diplomáticos de Mälmo a Kiruna y los encontró en Pierre Schori y Sten Andersson. La Suecia neutral del XIX y la primera mitad del XX se convirtió de pronto en la santa patrona del tercer mundo, además de patrocinadora de incipientes movimientos socialistas. Se apoyó, más en especie que en retórica, al PSOE de Felipe González en el exilio, a la Acção Socialista Portuguesa de Mário Soares, al Congreso Nacional Africano de Sudáfrica, al PASOK griego de Papandreou, a la Organización para la Liberación de Palestina de Arafat, al Frente Farabundo Martí de El Salvador, al Frente Sandinista de Daniel Ortega en Nicaragua, a la SWAPO de Namibia, al MPLA angoleño de Neto, al FRELIMO mozambiqueño de Machel y al PAIGC guineano y caboverdiano de Cabral. Asimismo, las críticas serían ferocísimas contra Franco, Salazar, el apartheid, Israel, Somoza, Pinochet, cualquier tipo de colonialismo, las armas nucleares, Estados Unidos y la Unión Soviética.

 

Relatemos un poco de la bonhomía de nuestro cinéfilo. En el caso portugués, llevó a Mário Soares a varios países socialdemócratas de Europa para exponer la dictadura de António Salazar. Reunió a más de diez ministros socialdemócratas en La Haya para hacerlos escuchar la voz de la oposición portuguesa. Distribuyó el diario prohibido Portugal Socialista por Europa, cuyo destino eran cientas de personas que influían en la opinión pública de aquel país. En el caso español, sin embargo, sale a relucir la humanidad y sencillez de nuestro protagonista con una anécdota. El hombre que hoy cumple 25 años de asesinado sería de gran ayuda para un joven Felipe González, quien vería en el primer ministro sueco a su “mejor maestro”. No podía ser de otra forma pues, en un discurso ante el Riksdag, el 27 de septiembre de 1975, con su corbata chueca y su copete caído, Olof Palme condenó enérgicamente la ejecución de cinco nacionalistas vascos por parte de un Franco paranoico y en las últimas (moriría dos meses después). Al terminar su alocución, Olof Palme, aún en el estrado, sacó de quién sabe dónde un pequeño frasquito y depositó una moneda dentro. Luego, bajó a los curules y entre los legisladores se puso a recolectar más monedas —la derecha, cabe destacar, no dio un céntimo. Más aún: el hombre salió a la calle, sin guardaespaldas, como de costumbre, con el frasquito y un cartel colgado al cuello, que rezaba “Para la libertad de los españoles”. La gente que caminaba por el archipiélago que constituye la capital sueca no daba crédito ante la sencillez de su primer ministro.

 

Por esa sencillez, por su patrocinio al tercer mundo, por sus feroces críticas a EEUU, la URSS, Chile, Sudáfrica, etc., tenía un sinnúmero de enemigos. Hacia el final de su vida, y en su segundo término como primer ministro (1982-1986), fue muy duro especialmente hacia Sudáfrica y la amenaza nuclear. Creó la Comisión Palme en 1980 para exigir, con ayuda de diplomáticos de todas partes del mundo sin lazos con sus gobiernos, el desarme nuclear total. Miembro de esta comisión sería Alfonso García Robles, ex canciller de México y Premio Nobel de la paz, precisamente, por el tema nuclear. En cuanto al apartheid, una semana antes de morir, nuestro desaliñado expresó: “Todos nosotros somos responsables del apartheid. Si el mundo quiere que desaparezca, podría hacerlo mañana mismo simplemente retirando el apoyo a este régimen. (…) Es la única forma de tiranía que marca a un ser humano desde su nacimiento por su color de piel. (…) El apartheid no se puede reformar, hay que eliminarlo.”

 

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Terminó la película.  Olof Palme y familia salieron del cine. Se quedaron comentando el filme en la calle. Ya era tarde; las 11:15. Seis minutos después, un anónimo callaría para siempre la voz de millones. Mårten y su esposa se fueron a casa; Olof no llegaría a la suya. Caminó con su amada Lisbet al oeste por Sveävagen, con dirección al metro. Cruzaron la calle. Se detuvieron a ver algo en una vitrina. Ya estaban llegando a la entrada subterránea del metro, pero ni eso. Eran las 11:21. El asesino apareció de la nada, como un fantasma que se escabulló tanto entre las calles céntricas de Estocolmo como en la vida del primer ministro pues, aparentemente, sabía dónde vivía, sabía a qué hora y dónde estaría en aquel momento, sabía que no iba solo, sabía que gustaba de andar por ahí libre, sin escoltas. “Nos siguen”. Dos disparos a la humanidad de Palme. Un tercero alcanza a Lisbet. Fuga. Nadie. Negro. Nada. Un taxi aparece y llama por su radio a una ambulancia. Media hora después, el cinéfilo de Östermalm muere en el hospital. Dos disparos se aprovecharon de la sencillez de un hombre y perpetraron el primer asesinato político en Suecia desde 1792.

 

Lisbet sobrevivió. Fue directora de UNICEF. Actualmente, trabaja para dicha institución. El funeral de Estado fue una protesta contra la violencia al que, por cierto, asistió la mayoría de los personajes mencionados. Miles de personas se reunieron en el cruce de las calles donde Palme fue asesinado y arrojaron rosas, símbolo socialdemócrata, en la acera. En el funeral, mientras tanto, Willy Brandt, otro pilar de la socialdemocracia europea y gran amigo de Palme, pronunciaba: “Los jóvenes (…) pueden aprender mucho de todo aquello por lo que Olof vivió y luchó, y en especial esto: nunca dejes de preguntarte qué puedes hacer, qué más puedes hacer en lugar de lamentarte; qué te ha sido dado para que la vida tenga futuro”. Creo que deberíamos estarnos preguntando lo mismo.

 

Hoy se cumplen 25 años del crimen, aún irresoluto. Los que nunca te conocimos, pero te admiramos, te recordamos con afecto. Salve, Sven Olof Joachim Palme.

 

Rainer Matos Franco

28 de febrero de 2011.

diciembre 24, 2011

Flores de papel

 

Y así, mientras me voy rebajando poco a poco,

él, con todo un futuro por delante, se crece a mis expensas.

—August Strindberg, Inferno, IX

 

Moscú. 5 de marzo de 1953. Uno de los tres compositores más célebres por aquel momento en la Unión Soviética acaba de morir. A los 61 años, Sergei Sergeyevich Prokofiev fenece abruptamente, víctima de una terrible hemorragia cerebral en su pequeño apartamento a unas cuantas cuadras de la Plaza Roja, en el centro de Moscú, rodeado de sus familiares. Los testigos que lo vieron ese día por la mañana o por la tarde arguyen que gozaba de buen semblante, que se encontraba —como todo compositor serio a la hora de su muerte— componiendo. Y vaya que había trabajado tortuosamente ese día: varias partituras escritas de la mano del compositor fueron llevadas a los Archivos Literarios Centrales del Estado; decenas de llamadas por teléfono a directores de orquesta, a músicos; cartas a granel; horas frente al piano… ¡cómo no le iba a dar una hemorragia cerebral! El asunto es que el buen hombre murió, amén de lo terrible de una agonía momentánea, pacíficamente en su casa por la noche del mencionado día.

Como eran alrededor de las 9 de la noche y, al haber sido tan repentino todo, la familia decidió dejar el cadáver descansar en cama por última vez para, en la mañana, preparar el funeral. Error. No porque empezara a oler a carne descompuesta en el apartamento; no porque hubiese miedo a tener un muerto en la casa; sino por factores que no dependieron en lo absoluto de la familia Prokofiev. Quizás su viuda, Mira, hizo llamadas telefónicas al Kremlin para anunciar la muerte del célebre compositor quien, junto con Dmitri Shostakovich y Aram Jachaturian constituía a los “Tres Grandes” de la escena musical soviética. De haber sido así, no hubiese obtenido respuesta pues, en el Kremlin, precisamente 50 minutos después, había caos y confusión. Llamó, seguramente, a la edición del diario musical moscovita para que la noticia se difundiera al día siguiente; no obstante, de las 116 páginas del diario, sólo la número 116 contendría la noticia de la muerte de Prokofiev. ¿Por qué?

Bastaba prender la radio para enterarse. Para las 4:00 am del 6 de marzo, ya era oficial. La grave voz de Yuri Levitan, el más conocido locutor ruso, quien mantuviera al tanto a la población soviética sobre la “Gran Guerra Patria” (la segunda Guerra Mundial) durante la invasión alemana y que, años después, comunicara la salida del primer hombre —Yuri Gagarin— al espacio, anunciaba: “¡Atención! ¡Atención! ¡Habla Moscú! A todos los miembros del Partido. A todos los trabajadores. Estimados compañeros y amigos: el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, bajo un gran pesar, informa que el 5 de marzo, a las nueve horas con cincuenta minutos de la noche, luego de un serio padecimiento, el camarada Iosif Vissarionovich Stalin ha muerto.”

Pobre Prokofiev. Pobre, porque, incluso luego de muerto, el estalinismo lo seguía obnubilando. Había salido de Rusia en 1918 debido al caos revolucionario, pero una profunda nostalgia por la madre patria lo traería de vuelta de manera permanente en 1935. La influencia neoclásica que había recibido fuera de su país natal lo llevaría a tener que adaptarse a lo que dictaba la “Unión de Compositores” de Moscú; en pocas palabras, a hacer música revolucionaria, nada de tendencias formalistas. Sin embargo, rápidamente adquiriría favor en el seno del Partido Comunista, pues se dedicaría a escribir “canciones de masas”, a lo que incorporaría letras de poetas previamente autorizados por el gobierno. Además escribiría, en 1937, una Cantata para el vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre, aunque no sería publicada sino hasta 1966. Con la primera ópera ya en la URSS, Semion Kotko (1939), solidificaría el éxito obtenido con la música de la película Alexander Nevsky (1938), dirigida por el célebre Sergei Eisenstein (quien en 1930 dirigió ¡Que viva México!). Sin embargo, Prokofiev tendría que quedar bien con el camarada Stalin, puesto que el productor de la ópera, Vsevolod Meyerhold, notable director teatral, sería arrestado por la NKVD en 1940. Ante ese panorama, el compositor escribiría ¡Salud!: una oda a Stalin por su cumpleaños 60.

Pobre Prokofiev; pobre porque murió el mismo día que el Zar Rojo, con 50 minutos de diferencia. Curiosamente había ganado el “Premio Stalin” en dos ocasiones. Pobre, porque, al vivir en una calle tan cercana a la Plaza Roja, fue imposible sacar su cuerpo del edificio por tres días, puesto que de todas partes de la Unión Soviética, de Kaliningrado a Petropavlovsk, miles y miles de personas acudían en el primer tren de la mañana a dar el último adiós al camarada Stalin y era imposible pasar entre la muchedumbre que hacía filas inmensas para despedir al Generalissimo que había conducido al pueblo a la victoria durante la Gran Guerra Patria, episodio bien documentado.

Pobre Prokofiev; pobre porque, una vez que pudieron sacar su cuerpo del edificio, al cuarto día de su muerte —aún entre una considerable muchedumbre, según cuentan las crónicas y biografías—, fue llevado al edificio sede de la Unión de Compositores, donde apenas 40 personas atendieron su funeral. Se quiso rendir un pequeño homenaje final, pero ningún músico pudo encontrarse en aquella hora, pues todos habían sido contratados para las ceremonias de Estado; hubo que improvisar una grabación de Romeo y Julieta que sonaba en un fonógrafo. Sin embargo, amigos del compositor improvisarían una pequeñísima cortesía final, como David Oistraj, el genial violinista, quien destacaría en el desgraciado evento al interpretar la Sonata para violín no. 1 en Fa mayor junto con el pianista Samuil Feinberg. Sviatoslav Richter, celebrísimo pianista soviético, también estaría presente.

Y pobre Prokofiev. Pobre porque, al encontrarse todas las flores y floristas de Moscú en el funeral de Stalin, los allegados al compositor  tuvieron que improvisarse unas flores de papel.

 

Rainer Matos Franco

5 de marzo de 2011.

diciembre 7, 2011

El señor Contreras


A Fernanda, que reía sin igual mientras le contaba esto,

y a la memoria de doña Irene.

La semana pasada fui a tramitar el cambio de mi tarjeta de circulación. Desde hace más de un mes hice mi cita por Internet y elegí el módulo vehicular de Tlalpan, una de las opciones que aparecían en pantalla. El 26 de noviembre, sábado, reuní mis papeles en forma y me lancé temprano al módulo. Llegué. No había un alma en el estacionamiento del Deportivo Vivanco. Sospeché que algo andaba mal, pues me esperaba una cola que llegara hasta el “Monumento al Perro Callejero” en Insurgentes. Nada. Me acerqué a un oficial que, con su característico caló policial, me contestó: “No, mire. Lo que pasa de que está en remodelación el módulo. Vuelva a hacer su cita en otro lado.” Genial. Como soy engomado azul, tenía yo que reprogamar todo en menos de 4 días, pues tenía hasta el día 30. Maldije a Setravi, llamé 80 veces, nadie me contestó y despotriqué contra sus servicios, pues la única manera de saber que el módulo estaba en remodelación era en un pequeñísimo espacio con un tipo de letra 8 hasta abajo de un recoveco del sitio web que decía “en remodelación”. Nadie me pudo avisar.

Llamé al módulo más cercano, Xochimilco. Una mujer sumamente amable y de voz cálida me explicó que no era necesario hacer cita; que podía ir a formarme desde las 8:30 am y hacer una fila corta si llegaba a esa hora. Perfecto. Me lancé a Xochimilco el lunes 28 a las 8:30. En Google Maps había visto que la calle Gladiolas quedaba frente al Deportivo. Excelente. Aparqué en un estacionamiento público y caminé sobre Gladiolas. Al llegar al número en cuestión, me topo con un edificio de la PGJDF. Al policía de la entrada: “Buenas oficial, ¿dónde es el módulo vehicular?”. Él, con un caló pesado y sumamente indiferente, respondió: “¿Qué quieres hacer?” (Como si eso determinara en dónde queda el módulo). “Renovar mi tarjeta de circulación”, dije. “Uy joven. Estás mal, aquí es Procuraduría (Ya lo sé, sólo quería preguntarle, señor). Tienes que ir acá atrás del edificio delegacional”, con lo que hizo una seña a la calle paralela. “Pero ¿ésta es Gladiolas, no?”, inquirí. El oficial ya no contestó. Hizo un gesto de “pos yo que voy a saber”. Agradecí y caminé. Seguí preguntando y todo el mundo me mandaba a un lugar distinto. Otro me dijo: “No, eso está hasta Gladiolas y Cuauhtémoc, más adelante”. Regresé al auto, vi en mi smartphone (que de ‘smart’ poco tiene) que el cruce estaba varias cuadras más allá. Pagué el estacionamiento, que de nada sirvió, y me fui a buscar el módulo. De pronto, vi que había otra calle “Gladiolas” unas cuadras más allá, que nada tenía que ver con aquélla en la que me encontraba. Luego vi que había otra más, que daba para el otro lado. Tres “Gladiolas” que no tenían un solo viso de continuidad. Recorrí las tres. Jamás encontré el módulo ni el número 161.

Decidí que no pasara de ese día. Me lancé al módulo Magdalena Contreras, en Periférico y Oaxaca. Ahí no había pierde; era Periférico y en alguna esquina tenía que estar. Luego de dar ochenta vueltas para encontrar lugar, me estacioné en una esquina y rogué que no pasara una grúa pues algo me decía que mi coche se veía un poco extraño ahí nomás aunque no era lugar prohibido. Caminé hacia el módulo, escondido en una callejuela. Había una fila enorme que daba a Periférico, pero al menos había módulo. Eran las 10 y cuarto. La fila no avanzaba, por lo que me bajé un librito de fácil carga que recomiendo mucho, Joel S. Migdal, Estados débiles, Estados fuertes, de la colección Umbrales del FCE, 2011, con un jugoso prólogo que invita a leerlo, de Fernando Escalante Gonzalbo.

Cuatro horas en el sol leyendo a Migdal; casi lo termino. Digo casi, porque me era imposible leer a ratos. No por el reflejo del sol en el libro, no por esos ruidos horribles que hacen los camiones de carga cuando van a todo en vía primaria (RA-TTA-TTA-TTA-TTA), no por los sonidos variopintos del Periférico ni por los helicópteros que se posaban sobre el edificio de la Policía Federal. No me concentraba porque, tres lugares atrás de mí en la fila, había un señor espléndido que no podía permanecer en silencio. No sé en qué momento escuché que era el “señor Contreras”, lo cual le quedaba muy bien. Venía con su esposa, no de mal ver. Él era feo. Tenía unas fosas nasales que envidiaría cualquier cocainómano. El poco cabello que surgía de su cráneo, onduladito, hacía lo posible por ocultar la calvicie. Desde que llegó se puso a hablar en voz alta. Es más, llegó hablando, y apuesto a que se bajó del coche hablando y que despertó hablando y que habla dormido. Llegó, como esas personas raras que llegan a hablarle a uno y quieren entablar conversación para no aburrirse y se le quedan mirando a uno para esperar el momento en que las miradas se crucen por lo que es mejor no hacer contacto visual, a decir a la señora que tenía en frente: “Pues aquí estamos, ¿no? ¿Qué nos queda?”.

Desde ese momento me dije: “En la madre”. No conforme con hablar en alto, para que todos nos enteráramos que estaba allí, el señor Contreras dejó a su esposa en la fila y fue a averiguar con el poli de la entrada si no había “otra fila” para los que sí tenían cita. Y sí, sí había otra fila. Pero el señor Contreras, defensor de las causas ajenas, no tenía cita. ¿Para qué fue, entonces, a averiguar? La duda me corroyó por un momento. Pero luego, escuchando inevitablemente su voz, de un altísimo decibel, supe que sólo quería llamar la atención. La señora detrás de mí empezó a darle cuerda al señor Contreras: “Ay, ¿no me cuida el lugar? Voy a ver si me dejan formarme en la otra fila porque yo tenía cita para otro día pero a lo mejor me la dan”. Mismo caso que el mío, pero causa perdida a fin de cuentas, porque no nos iban a dejar formarnos allí. El señor Contreras respondió: “Claro señora, y si no la dejan formarse ahí, ¡exíjales! ¡Usted ya hizo su cita!”. Yo rogaba porque no la dejaran formarse allá, pues tenía al señor Contreras cada vez más cerca.

La señora se fue. Resultó que sí se pudo formar porque su hijo había hecho cita para el mismo día. En mi caso no hubiera sido igual, e iba muy decidido a no reclamar a nadie. Llegando a la página 33 de Migdal (lo sé porque ahí lo anoté), el señor Contreras hizo de las suyas otra vez: “¿Qué barbaridad, no? Yo no sé para qué nos hacen hacer estos trámites. Sólo nos hacen perder el tiempo. ¡DISFRUTAN FASTIDIARNOS! ¡ESA TARJETA DE NADA NOS VA A SERVIR!”. Yo pensaba, intentando leer a Migdal: “¿Quién, señor Contreras? ¿Quién disfruta fastidiarnos? Los burócratas de ventanilla que se la viven todo el día ahí, que con el ingreso de una semana quizás alimentan a una familia y que no siempre escogen trabajar en esto? Y quizás no sirva la tarjeta de nada más que, como dice usted, PARA SACARNOS DINERO, pero eso tiene una explicación estructural que usted no entendería, puesto que el gobierno del Distrito Federal necesita rascar recursos de donde pueda dado que las participaciones federales le son muy injustas y el presupuesto es cada vez más bajo”.

La fila avanzaba lentamente. Cuando llegué al primer escalón, como a las 12, me senté a leer a Migdal en la sombrita. Afortunadamente me separaba del señor Contreras un espacio de dos metros por el que pasaban los transeúntes, pero pronto vendría para acá. Poco me duró el gusto. Conforme nos acercábamos a la entrada del módulo, nos tocaba ver a toda la gente que iba saliendo. Algunos salían con su tarjeta, luego de 4 horas. Otros salían, también luego de 4 horas, pero sin tarjeta porque les faltó el más mínimo papel; estos personajes salían, naturalmente, quejándose y diciendo “pésimo servicio”, cuando a los que les faltaba el papel era a ellos, no al servicio. Estos personajes, asimismo, nutrían las ansias incontables del señor Contreras, quien entrevistaba a cada persona que salía: “¿Por qué no lo dejaron señor? ¿Se da cuenta? ¿Qué finalidad de tenerlo aquí esperando a uno 4 horas para que al final le digan que regrese otro día? ¡QUÉ BÁRBAROS! ¡PINCHE PRD! ¿¡AH, PERO MUY CIUDAD DE VANGUARDIA NO!? ¿¡EL MEJOR ALCALDE DEL MUNDO NO!?”.

Volteé al cielo en espera de consuelo. Pensé de nuevo para mis adentros: “Mire, señor Contreras: quizás piden cosas que nos parecen absurdas. Pero es una burocracia. Así funciona. Y queda en uno llevar los papeles correctos. Respecto al PRD, me pregunto si sería diferente con el PRI o con el PAN. La ciudad debe administrarse y, para atender a millones y millones de capitalinos, es necesario un ejercicio así. Si no quiere hacer cola, venga los primeros días y no los últimos que corresponden a su engomado. Respecto a la ciudad de vanguardia, pues… sí lo es. Eso no quiere decir que usted pague por Internet y que su tarjeta de circulación le va a llegar a su domicilio, sino que hay libertades civiles como no las hay en el resto del país y del continente. Yo sí celebro vivir en una ciudad en la que uno puede todavía tocar el claxon, cerrársele a camionetas negras con vidrios polarizados, salir a la calle tranquilo, etc. Evidentemente hay problemas, como el delito de calle, pero ya quisieran Monterrey, Tijuana o Apatzingán que sus problemas fueran ése, el tráfico, las inundaciones y hacer colas de cuatro horas.”

Finalmente entré. El señor Contreras quedó todavía en la fila, para mi alegría. No me tocaría ver cuando se peleara con un burócrata. Se me anotó en una lista de espera luego de deletrear mi nombre a un señor malencarado. R-A-I-N-E-R. Por alguna razón que desconozco, él lo anotó con Y, aunque le dije que era I latina. Me mandaron a sacar copias de todo, lo cual no decía en la página de Internet, pero debí haber previsto conociendo a la burocracia mexicana. Mea culpa. Y también era mi culpa ir los últimos días de noviembre. Pero me daba gusto que entre el señor Contreras y yo había una distancia enorme puesto que yo no me quejaba… todavía.

Finalmente pasé con un hombre aún más malencarado que el anterior a la ventanilla. Fue una batalla campal. Muy tranquilamente, deposité mi fólder de papeles en el escritorio y mi librito de Migdal y un cuaderno al lado. Inmediatamente, el señor Felipe González Vázquez me dijo “Quita eso de aquí”. “Ok”, respondí, no sin cierta inquietud interna y diciendo de nuevo para mis adentros “en la madre”. Retiré a Migdal y al cuaderno. Felipe González Vázquez comenzó a revisar mis papeles en tono burlón. Me preguntó por qué la dirección de mi IFE y la de mi estado de cuenta bancario no coincidían, y le expliqué que precisamente eso me preocupaba, pero que había llamado el día anterior a ese mismo módulo, lo cual es cierto, y me habían dicho que no había problema, que sólo era “un requisito más”.

“Pues sí hay problema para mí”, respondió González Vázquez. “Ah, bueno”, le dije con una sonrisa maliciosa y arqueando ambas cejas. Siguió revisando papeles e inquirí: “Oiga, ¿y por qué le mienten a uno por teléfono? ¿Por qué la señorita que trabaja aquí me dice que no hay problema y usted me dice que sí? Alguno de los dos debe estar mintiendo, ¿no?”. Simple y llanamente, visiblemente más molesto que cuando empezó la conversación, González Vázquez se dignó a verme a los ojos por primera vez desde que estaba frente a él y dijo “no sé”. Terminó acomodando mis papeles bajo un clip, los dejó caer toscamente sobre la superficie de la ventanilla y dijo “Cambias tu dirección en el banco y vienes, ¿sale?”. Yo le dije: “Ok, pero la próxima vez que venga no se ponga así. ¿Por qué se pone así? Mire a su compañero de la ventanilla de al lado, está muy sereno, es muy amable y no trata a las personas como usted, ¿por qué lo hace? ¿Por qué me avienta mis papeles?”. Inmediatamente, González Vázquez subió el tono de voz y se dedicó a repetir reiteradamente: “¿QUÉ TE PASA? ¡PINCHE BABOSO!”. La gente empezó a guardar silencio y a ver su rostro, furioso sin explicación alguna. Repitió: “¡PINCHE BABOSO!”. ¿Yo? ¿Qué le hice? Me pasmé. Me empecé a reír, no sé si de nervios o qué. Quería lanzármele a madrazos. Afortunadamente, ante el aumento en el tono de voz de Felipe González Vázquez, el policía de la entrada llegó haciendo la pregunta inútil: “¿Todo está bien?”. Yo le dije: “Pues no sé, oficial, aquí el señor, vea cómo se pone”. González ya parecía tocadiscos: “¡PINCHE BABOSO!”. El oficial me miró y me dijo: “Le voy a pedir que se retire”. Yo, harto de la vida, decidí largarme, no sin antes voltear a ver a González con una mirada fulminante, ver su gafete y, en tono de te voy a denunciar, decirle: “¿Felipe González Vázquez, verdad? Mucho gusto. Hasta luego”. Sólo alcancé a escuchar un último “¡PINCHE BABOSO!”.

Ahora tengo que ver quién me compra un Chevy 3 puertas 2008 sin tarjeta de circulación nueva.

Usted gana, señor Contreras. Pinche PRD.

Rainer Matos

6 de diciembre de 2011