El señor Contreras


A Fernanda, que reía sin igual mientras le contaba esto,

y a la memoria de doña Irene.

La semana pasada fui a tramitar el cambio de mi tarjeta de circulación. Desde hace más de un mes hice mi cita por Internet y elegí el módulo vehicular de Tlalpan, una de las opciones que aparecían en pantalla. El 26 de noviembre, sábado, reuní mis papeles en forma y me lancé temprano al módulo. Llegué. No había un alma en el estacionamiento del Deportivo Vivanco. Sospeché que algo andaba mal, pues me esperaba una cola que llegara hasta el “Monumento al Perro Callejero” en Insurgentes. Nada. Me acerqué a un oficial que, con su característico caló policial, me contestó: “No, mire. Lo que pasa de que está en remodelación el módulo. Vuelva a hacer su cita en otro lado.” Genial. Como soy engomado azul, tenía yo que reprogamar todo en menos de 4 días, pues tenía hasta el día 30. Maldije a Setravi, llamé 80 veces, nadie me contestó y despotriqué contra sus servicios, pues la única manera de saber que el módulo estaba en remodelación era en un pequeñísimo espacio con un tipo de letra 8 hasta abajo de un recoveco del sitio web que decía “en remodelación”. Nadie me pudo avisar.

Llamé al módulo más cercano, Xochimilco. Una mujer sumamente amable y de voz cálida me explicó que no era necesario hacer cita; que podía ir a formarme desde las 8:30 am y hacer una fila corta si llegaba a esa hora. Perfecto. Me lancé a Xochimilco el lunes 28 a las 8:30. En Google Maps había visto que la calle Gladiolas quedaba frente al Deportivo. Excelente. Aparqué en un estacionamiento público y caminé sobre Gladiolas. Al llegar al número en cuestión, me topo con un edificio de la PGJDF. Al policía de la entrada: “Buenas oficial, ¿dónde es el módulo vehicular?”. Él, con un caló pesado y sumamente indiferente, respondió: “¿Qué quieres hacer?” (Como si eso determinara en dónde queda el módulo). “Renovar mi tarjeta de circulación”, dije. “Uy joven. Estás mal, aquí es Procuraduría (Ya lo sé, sólo quería preguntarle, señor). Tienes que ir acá atrás del edificio delegacional”, con lo que hizo una seña a la calle paralela. “Pero ¿ésta es Gladiolas, no?”, inquirí. El oficial ya no contestó. Hizo un gesto de “pos yo que voy a saber”. Agradecí y caminé. Seguí preguntando y todo el mundo me mandaba a un lugar distinto. Otro me dijo: “No, eso está hasta Gladiolas y Cuauhtémoc, más adelante”. Regresé al auto, vi en mi smartphone (que de ‘smart’ poco tiene) que el cruce estaba varias cuadras más allá. Pagué el estacionamiento, que de nada sirvió, y me fui a buscar el módulo. De pronto, vi que había otra calle “Gladiolas” unas cuadras más allá, que nada tenía que ver con aquélla en la que me encontraba. Luego vi que había otra más, que daba para el otro lado. Tres “Gladiolas” que no tenían un solo viso de continuidad. Recorrí las tres. Jamás encontré el módulo ni el número 161.

Decidí que no pasara de ese día. Me lancé al módulo Magdalena Contreras, en Periférico y Oaxaca. Ahí no había pierde; era Periférico y en alguna esquina tenía que estar. Luego de dar ochenta vueltas para encontrar lugar, me estacioné en una esquina y rogué que no pasara una grúa pues algo me decía que mi coche se veía un poco extraño ahí nomás aunque no era lugar prohibido. Caminé hacia el módulo, escondido en una callejuela. Había una fila enorme que daba a Periférico, pero al menos había módulo. Eran las 10 y cuarto. La fila no avanzaba, por lo que me bajé un librito de fácil carga que recomiendo mucho, Joel S. Migdal, Estados débiles, Estados fuertes, de la colección Umbrales del FCE, 2011, con un jugoso prólogo que invita a leerlo, de Fernando Escalante Gonzalbo.

Cuatro horas en el sol leyendo a Migdal; casi lo termino. Digo casi, porque me era imposible leer a ratos. No por el reflejo del sol en el libro, no por esos ruidos horribles que hacen los camiones de carga cuando van a todo en vía primaria (RA-TTA-TTA-TTA-TTA), no por los sonidos variopintos del Periférico ni por los helicópteros que se posaban sobre el edificio de la Policía Federal. No me concentraba porque, tres lugares atrás de mí en la fila, había un señor espléndido que no podía permanecer en silencio. No sé en qué momento escuché que era el “señor Contreras”, lo cual le quedaba muy bien. Venía con su esposa, no de mal ver. Él era feo. Tenía unas fosas nasales que envidiaría cualquier cocainómano. El poco cabello que surgía de su cráneo, onduladito, hacía lo posible por ocultar la calvicie. Desde que llegó se puso a hablar en voz alta. Es más, llegó hablando, y apuesto a que se bajó del coche hablando y que despertó hablando y que habla dormido. Llegó, como esas personas raras que llegan a hablarle a uno y quieren entablar conversación para no aburrirse y se le quedan mirando a uno para esperar el momento en que las miradas se crucen por lo que es mejor no hacer contacto visual, a decir a la señora que tenía en frente: “Pues aquí estamos, ¿no? ¿Qué nos queda?”.

Desde ese momento me dije: “En la madre”. No conforme con hablar en alto, para que todos nos enteráramos que estaba allí, el señor Contreras dejó a su esposa en la fila y fue a averiguar con el poli de la entrada si no había “otra fila” para los que sí tenían cita. Y sí, sí había otra fila. Pero el señor Contreras, defensor de las causas ajenas, no tenía cita. ¿Para qué fue, entonces, a averiguar? La duda me corroyó por un momento. Pero luego, escuchando inevitablemente su voz, de un altísimo decibel, supe que sólo quería llamar la atención. La señora detrás de mí empezó a darle cuerda al señor Contreras: “Ay, ¿no me cuida el lugar? Voy a ver si me dejan formarme en la otra fila porque yo tenía cita para otro día pero a lo mejor me la dan”. Mismo caso que el mío, pero causa perdida a fin de cuentas, porque no nos iban a dejar formarnos allí. El señor Contreras respondió: “Claro señora, y si no la dejan formarse ahí, ¡exíjales! ¡Usted ya hizo su cita!”. Yo rogaba porque no la dejaran formarse allá, pues tenía al señor Contreras cada vez más cerca.

La señora se fue. Resultó que sí se pudo formar porque su hijo había hecho cita para el mismo día. En mi caso no hubiera sido igual, e iba muy decidido a no reclamar a nadie. Llegando a la página 33 de Migdal (lo sé porque ahí lo anoté), el señor Contreras hizo de las suyas otra vez: “¿Qué barbaridad, no? Yo no sé para qué nos hacen hacer estos trámites. Sólo nos hacen perder el tiempo. ¡DISFRUTAN FASTIDIARNOS! ¡ESA TARJETA DE NADA NOS VA A SERVIR!”. Yo pensaba, intentando leer a Migdal: “¿Quién, señor Contreras? ¿Quién disfruta fastidiarnos? Los burócratas de ventanilla que se la viven todo el día ahí, que con el ingreso de una semana quizás alimentan a una familia y que no siempre escogen trabajar en esto? Y quizás no sirva la tarjeta de nada más que, como dice usted, PARA SACARNOS DINERO, pero eso tiene una explicación estructural que usted no entendería, puesto que el gobierno del Distrito Federal necesita rascar recursos de donde pueda dado que las participaciones federales le son muy injustas y el presupuesto es cada vez más bajo”.

La fila avanzaba lentamente. Cuando llegué al primer escalón, como a las 12, me senté a leer a Migdal en la sombrita. Afortunadamente me separaba del señor Contreras un espacio de dos metros por el que pasaban los transeúntes, pero pronto vendría para acá. Poco me duró el gusto. Conforme nos acercábamos a la entrada del módulo, nos tocaba ver a toda la gente que iba saliendo. Algunos salían con su tarjeta, luego de 4 horas. Otros salían, también luego de 4 horas, pero sin tarjeta porque les faltó el más mínimo papel; estos personajes salían, naturalmente, quejándose y diciendo “pésimo servicio”, cuando a los que les faltaba el papel era a ellos, no al servicio. Estos personajes, asimismo, nutrían las ansias incontables del señor Contreras, quien entrevistaba a cada persona que salía: “¿Por qué no lo dejaron señor? ¿Se da cuenta? ¿Qué finalidad de tenerlo aquí esperando a uno 4 horas para que al final le digan que regrese otro día? ¡QUÉ BÁRBAROS! ¡PINCHE PRD! ¿¡AH, PERO MUY CIUDAD DE VANGUARDIA NO!? ¿¡EL MEJOR ALCALDE DEL MUNDO NO!?”.

Volteé al cielo en espera de consuelo. Pensé de nuevo para mis adentros: “Mire, señor Contreras: quizás piden cosas que nos parecen absurdas. Pero es una burocracia. Así funciona. Y queda en uno llevar los papeles correctos. Respecto al PRD, me pregunto si sería diferente con el PRI o con el PAN. La ciudad debe administrarse y, para atender a millones y millones de capitalinos, es necesario un ejercicio así. Si no quiere hacer cola, venga los primeros días y no los últimos que corresponden a su engomado. Respecto a la ciudad de vanguardia, pues… sí lo es. Eso no quiere decir que usted pague por Internet y que su tarjeta de circulación le va a llegar a su domicilio, sino que hay libertades civiles como no las hay en el resto del país y del continente. Yo sí celebro vivir en una ciudad en la que uno puede todavía tocar el claxon, cerrársele a camionetas negras con vidrios polarizados, salir a la calle tranquilo, etc. Evidentemente hay problemas, como el delito de calle, pero ya quisieran Monterrey, Tijuana o Apatzingán que sus problemas fueran ése, el tráfico, las inundaciones y hacer colas de cuatro horas.”

Finalmente entré. El señor Contreras quedó todavía en la fila, para mi alegría. No me tocaría ver cuando se peleara con un burócrata. Se me anotó en una lista de espera luego de deletrear mi nombre a un señor malencarado. R-A-I-N-E-R. Por alguna razón que desconozco, él lo anotó con Y, aunque le dije que era I latina. Me mandaron a sacar copias de todo, lo cual no decía en la página de Internet, pero debí haber previsto conociendo a la burocracia mexicana. Mea culpa. Y también era mi culpa ir los últimos días de noviembre. Pero me daba gusto que entre el señor Contreras y yo había una distancia enorme puesto que yo no me quejaba… todavía.

Finalmente pasé con un hombre aún más malencarado que el anterior a la ventanilla. Fue una batalla campal. Muy tranquilamente, deposité mi fólder de papeles en el escritorio y mi librito de Migdal y un cuaderno al lado. Inmediatamente, el señor Felipe González Vázquez me dijo “Quita eso de aquí”. “Ok”, respondí, no sin cierta inquietud interna y diciendo de nuevo para mis adentros “en la madre”. Retiré a Migdal y al cuaderno. Felipe González Vázquez comenzó a revisar mis papeles en tono burlón. Me preguntó por qué la dirección de mi IFE y la de mi estado de cuenta bancario no coincidían, y le expliqué que precisamente eso me preocupaba, pero que había llamado el día anterior a ese mismo módulo, lo cual es cierto, y me habían dicho que no había problema, que sólo era “un requisito más”.

“Pues sí hay problema para mí”, respondió González Vázquez. “Ah, bueno”, le dije con una sonrisa maliciosa y arqueando ambas cejas. Siguió revisando papeles e inquirí: “Oiga, ¿y por qué le mienten a uno por teléfono? ¿Por qué la señorita que trabaja aquí me dice que no hay problema y usted me dice que sí? Alguno de los dos debe estar mintiendo, ¿no?”. Simple y llanamente, visiblemente más molesto que cuando empezó la conversación, González Vázquez se dignó a verme a los ojos por primera vez desde que estaba frente a él y dijo “no sé”. Terminó acomodando mis papeles bajo un clip, los dejó caer toscamente sobre la superficie de la ventanilla y dijo “Cambias tu dirección en el banco y vienes, ¿sale?”. Yo le dije: “Ok, pero la próxima vez que venga no se ponga así. ¿Por qué se pone así? Mire a su compañero de la ventanilla de al lado, está muy sereno, es muy amable y no trata a las personas como usted, ¿por qué lo hace? ¿Por qué me avienta mis papeles?”. Inmediatamente, González Vázquez subió el tono de voz y se dedicó a repetir reiteradamente: “¿QUÉ TE PASA? ¡PINCHE BABOSO!”. La gente empezó a guardar silencio y a ver su rostro, furioso sin explicación alguna. Repitió: “¡PINCHE BABOSO!”. ¿Yo? ¿Qué le hice? Me pasmé. Me empecé a reír, no sé si de nervios o qué. Quería lanzármele a madrazos. Afortunadamente, ante el aumento en el tono de voz de Felipe González Vázquez, el policía de la entrada llegó haciendo la pregunta inútil: “¿Todo está bien?”. Yo le dije: “Pues no sé, oficial, aquí el señor, vea cómo se pone”. González ya parecía tocadiscos: “¡PINCHE BABOSO!”. El oficial me miró y me dijo: “Le voy a pedir que se retire”. Yo, harto de la vida, decidí largarme, no sin antes voltear a ver a González con una mirada fulminante, ver su gafete y, en tono de te voy a denunciar, decirle: “¿Felipe González Vázquez, verdad? Mucho gusto. Hasta luego”. Sólo alcancé a escuchar un último “¡PINCHE BABOSO!”.

Ahora tengo que ver quién me compra un Chevy 3 puertas 2008 sin tarjeta de circulación nueva.

Usted gana, señor Contreras. Pinche PRD.

Rainer Matos

6 de diciembre de 2011

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