Flores de papel

 

Y así, mientras me voy rebajando poco a poco,

él, con todo un futuro por delante, se crece a mis expensas.

—August Strindberg, Inferno, IX

 

Moscú. 5 de marzo de 1953. Uno de los tres compositores más célebres por aquel momento en la Unión Soviética acaba de morir. A los 61 años, Sergei Sergeyevich Prokofiev fenece abruptamente, víctima de una terrible hemorragia cerebral en su pequeño apartamento a unas cuantas cuadras de la Plaza Roja, en el centro de Moscú, rodeado de sus familiares. Los testigos que lo vieron ese día por la mañana o por la tarde arguyen que gozaba de buen semblante, que se encontraba —como todo compositor serio a la hora de su muerte— componiendo. Y vaya que había trabajado tortuosamente ese día: varias partituras escritas de la mano del compositor fueron llevadas a los Archivos Literarios Centrales del Estado; decenas de llamadas por teléfono a directores de orquesta, a músicos; cartas a granel; horas frente al piano… ¡cómo no le iba a dar una hemorragia cerebral! El asunto es que el buen hombre murió, amén de lo terrible de una agonía momentánea, pacíficamente en su casa por la noche del mencionado día.

Como eran alrededor de las 9 de la noche y, al haber sido tan repentino todo, la familia decidió dejar el cadáver descansar en cama por última vez para, en la mañana, preparar el funeral. Error. No porque empezara a oler a carne descompuesta en el apartamento; no porque hubiese miedo a tener un muerto en la casa; sino por factores que no dependieron en lo absoluto de la familia Prokofiev. Quizás su viuda, Mira, hizo llamadas telefónicas al Kremlin para anunciar la muerte del célebre compositor quien, junto con Dmitri Shostakovich y Aram Jachaturian constituía a los “Tres Grandes” de la escena musical soviética. De haber sido así, no hubiese obtenido respuesta pues, en el Kremlin, precisamente 50 minutos después, había caos y confusión. Llamó, seguramente, a la edición del diario musical moscovita para que la noticia se difundiera al día siguiente; no obstante, de las 116 páginas del diario, sólo la número 116 contendría la noticia de la muerte de Prokofiev. ¿Por qué?

Bastaba prender la radio para enterarse. Para las 4:00 am del 6 de marzo, ya era oficial. La grave voz de Yuri Levitan, el más conocido locutor ruso, quien mantuviera al tanto a la población soviética sobre la “Gran Guerra Patria” (la segunda Guerra Mundial) durante la invasión alemana y que, años después, comunicara la salida del primer hombre —Yuri Gagarin— al espacio, anunciaba: “¡Atención! ¡Atención! ¡Habla Moscú! A todos los miembros del Partido. A todos los trabajadores. Estimados compañeros y amigos: el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, bajo un gran pesar, informa que el 5 de marzo, a las nueve horas con cincuenta minutos de la noche, luego de un serio padecimiento, el camarada Iosif Vissarionovich Stalin ha muerto.”

Pobre Prokofiev. Pobre, porque, incluso luego de muerto, el estalinismo lo seguía obnubilando. Había salido de Rusia en 1918 debido al caos revolucionario, pero una profunda nostalgia por la madre patria lo traería de vuelta de manera permanente en 1935. La influencia neoclásica que había recibido fuera de su país natal lo llevaría a tener que adaptarse a lo que dictaba la “Unión de Compositores” de Moscú; en pocas palabras, a hacer música revolucionaria, nada de tendencias formalistas. Sin embargo, rápidamente adquiriría favor en el seno del Partido Comunista, pues se dedicaría a escribir “canciones de masas”, a lo que incorporaría letras de poetas previamente autorizados por el gobierno. Además escribiría, en 1937, una Cantata para el vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre, aunque no sería publicada sino hasta 1966. Con la primera ópera ya en la URSS, Semion Kotko (1939), solidificaría el éxito obtenido con la música de la película Alexander Nevsky (1938), dirigida por el célebre Sergei Eisenstein (quien en 1930 dirigió ¡Que viva México!). Sin embargo, Prokofiev tendría que quedar bien con el camarada Stalin, puesto que el productor de la ópera, Vsevolod Meyerhold, notable director teatral, sería arrestado por la NKVD en 1940. Ante ese panorama, el compositor escribiría ¡Salud!: una oda a Stalin por su cumpleaños 60.

Pobre Prokofiev; pobre porque murió el mismo día que el Zar Rojo, con 50 minutos de diferencia. Curiosamente había ganado el “Premio Stalin” en dos ocasiones. Pobre, porque, al vivir en una calle tan cercana a la Plaza Roja, fue imposible sacar su cuerpo del edificio por tres días, puesto que de todas partes de la Unión Soviética, de Kaliningrado a Petropavlovsk, miles y miles de personas acudían en el primer tren de la mañana a dar el último adiós al camarada Stalin y era imposible pasar entre la muchedumbre que hacía filas inmensas para despedir al Generalissimo que había conducido al pueblo a la victoria durante la Gran Guerra Patria, episodio bien documentado.

Pobre Prokofiev; pobre porque, una vez que pudieron sacar su cuerpo del edificio, al cuarto día de su muerte —aún entre una considerable muchedumbre, según cuentan las crónicas y biografías—, fue llevado al edificio sede de la Unión de Compositores, donde apenas 40 personas atendieron su funeral. Se quiso rendir un pequeño homenaje final, pero ningún músico pudo encontrarse en aquella hora, pues todos habían sido contratados para las ceremonias de Estado; hubo que improvisar una grabación de Romeo y Julieta que sonaba en un fonógrafo. Sin embargo, amigos del compositor improvisarían una pequeñísima cortesía final, como David Oistraj, el genial violinista, quien destacaría en el desgraciado evento al interpretar la Sonata para violín no. 1 en Fa mayor junto con el pianista Samuil Feinberg. Sviatoslav Richter, celebrísimo pianista soviético, también estaría presente.

Y pobre Prokofiev. Pobre porque, al encontrarse todas las flores y floristas de Moscú en el funeral de Stalin, los allegados al compositor  tuvieron que improvisarse unas flores de papel.

 

Rainer Matos Franco

5 de marzo de 2011.

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