Olof Palme – Un cinéfilo desaliñado

Aunque caminase yo por medio de la sombra de la muerte,

no temeré ningún desastre.

—Salmos, 23:4

 

Sonó el teléfono. Era Lisbet, quien sugirió a su hijo ir al cine. Luego, después de la tragedia, la policía buscaría micrófonos en la casa y oficina de madre e hijo, pero no encontrarían nada. En fin. En el “déjame ver”, característico de los planes improvisados que uno hace para la misma noche de viernes, quedó pendiente el asunto, pues faltaba el consentimiento del marido. Finalmente, éste llegó a casa después de una intensa jornada de trabajo. Y cómo no iba a ser ardua, si justo esa mañana había firmado el tercer mensaje del “Grupo de los Seis” para Reagan y Gorbachov, en el que los Seis (Rajiv Gandhi, Raúl Alfonsín, Andreas Papandreou, Julius Nyerere, Miguel de la Madrid y él) exhortaban a ambas superpotencias a impedir ejercicios nucleares hasta lograr un acuerdo próximo. Era el 28 de febrero de 1986, hace exactamente 25 años, cuando incluso la política exterior mexicana valía de algo en la escena internacional. Lisbet propuso a su marido que alcanzaran a su hijo Mårten y a la novia de éste en el cine, pues ya habían comprado boletos para Bröderna Mozart (“Los Hermanos Mozart”, Suecia, 1986). Él consintió. Era un cinéfilo sólido.

 

El primer ministro y su esposa salieron de casa y se dirigieron a pie hacia la estación Gamla del metro. Sí, a pie. Sí, al metro. (No, no usaría ese vochito que solía usar para ir personalmente a recoger gente importante al aeropuerto. El cine no estaba nada lejos.) Y sí, sin guardaespaldas. La sencillez, esa faceta que le urge al ser humano moderno, protagonizaría su pálido final. Llegaron al cine Grand, de esos cines viejitos con sillones de terciopelo que ya no hay, en el centro de la ciudad. Cuando el vendedor en taquilla reconoció al jefe de gobierno, le ofreció los asientos del dueño del cine. Pese a la misma sencillez, aceptó. Comenzó la película.

 

——–

 

Nuestro protagonista vendría a alegrar el mundo un 30 de enero de 1927, en Östermalm, Estocolmo. Sería bautizado en la fe luterana como Sven Olof Joachim Palme. A los 20 años, dominaba inglés, francés y alemán. Fue becado dada su excelencia en el Kenyon College de Ohio y se graduaría al año siguiente como el mejor de su clase y con los más grandes honores, defendiendo en su tesis una aguda crítica a The Road to Serfdom, de Friedrich Hayek, Nobel de Economía. Estudió junto a Paul Newman; quizás por ahí empezaría su cinefilia. Luego de graduarse, se aventó un mochilazo por la Unión americana de los años inmediatos a la posguerra, donde “lo que vi, lo que viví, lo que escuché [—racismo, discriminación, intolerancia—]; todo ello me hizo socialista”. Antes de regresar a Estocolmo, pasaría a la ciudad de México, a trabajar en la que apenas era una ferretería que pertenecía a sus primos Ramón y René Palme. Hoy, Aceros Palme es, por cierto, una empresa líder en la industria acerera mexicana.

 

A su regreso, se convirtió rápidamente en paladín de la Asociación de Estudiantes Socialdemócratas, con lo que viajó por Europa oriental, descubriendo y oponiéndose al mal llamado “socialismo real”. En Checoslovaquia, el joven de 22 años se casaría con una chica Rennerova, sólo para que ésta pudiera salir del país. Un buen día de 1953, el entonces primer ministro socialdemócrata, Tage Erlander, llamaría a la oficina del joven para pedirle fungir como su secretario particular. Estaba anonadado. “He escuchado comentarios elogiosos sobre su persona”, le dijo el mandatario por teléfono. “¿Perdón, señor?”, respondió el joven. “Le ruego acepte…”. Pronto, se convertiría en el segundo del número uno del país, no sin antes cambiar una beca para estudiar con Kissinger en EUA por una para viajar por Asia con la que, según él, “aprendí mucho más de política internacional (…) de lo que habría aprendido en ese curso”. Así, se forjó el futuro defensor a ultranza del anticolonialismo. Ya en 1949 había enviado, junto con varios estudiantes, un donativo de sangre para jóvenes negros rechazados de universidades para blancos en la Sudáfrica del apartheid.

 

Para 1955 ya era diputado socialdemócrata en el Riksdag; diez años más tarde, era ministro de Comunicaciones y, para 1967, de Educación, puesto que ostentaba nuestro eterno cinéfilo mientras grababa algunas escenas para la película Jag är nyfiken – gul (“Soy curiosa – Amarillo”, Suecia, 1968), punto nodal de la nueva ola cinematográfica sueca. En el filme, el entonces ministro de Educación es entrevistado sobre la propuesta de reforma universitaria, duramente criticada desde la izquierda en el turbulento 1968, año en que también organizó protestas contra la presencia estadunidense en Vietnam, de tal impacto que Washington retiraría a su embajador en Estocolmo. Al año siguiente, en 1969, su jefe dejaría el puesto de primer ministro —llevaba 23 años en el cargo— y nuestro protagonista vería su oportunidad.

 

¿Y quién había visto antes semejante cosa; un primer ministro despeinado, con la corbata chueca, con la camisa a medio abrir, con el sobaco sudado? ¿Quién querría asesinar a un estadista que adolecía de desaliño y que representaba a un país por demás neutral, por Dios? Sí, Pierre Trudeau, también excéntrico, se había convertido en su par canadiense un año antes, pero habríamos de esperar hasta 1977 para verlo deslizarse por el barandal del Palacio de Buckingham y hacer piruetas a espaldas, literalmente, de Isabel II de Inglaterra. El sueco era distinto. No era desmadroso. Era, simplemente, sencillo. Y no perdió la sencillez con su nuevo puesto, que ocupó entre 1969 y 1976, y luego entre 1982 y 1986.

 

¿País neutral? He ahí el problema. Lo siguió siendo en teoría. Sin embargo, él dio un giro completo a la política exterior sueca en plena Guerra Fría. “Ni con uno ni con otro” (aunque eso decían, en realidad, todos los países; hasta Cuba). Buscó a los mejores diplomáticos de Mälmo a Kiruna y los encontró en Pierre Schori y Sten Andersson. La Suecia neutral del XIX y la primera mitad del XX se convirtió de pronto en la santa patrona del tercer mundo, además de patrocinadora de incipientes movimientos socialistas. Se apoyó, más en especie que en retórica, al PSOE de Felipe González en el exilio, a la Acção Socialista Portuguesa de Mário Soares, al Congreso Nacional Africano de Sudáfrica, al PASOK griego de Papandreou, a la Organización para la Liberación de Palestina de Arafat, al Frente Farabundo Martí de El Salvador, al Frente Sandinista de Daniel Ortega en Nicaragua, a la SWAPO de Namibia, al MPLA angoleño de Neto, al FRELIMO mozambiqueño de Machel y al PAIGC guineano y caboverdiano de Cabral. Asimismo, las críticas serían ferocísimas contra Franco, Salazar, el apartheid, Israel, Somoza, Pinochet, cualquier tipo de colonialismo, las armas nucleares, Estados Unidos y la Unión Soviética.

 

Relatemos un poco de la bonhomía de nuestro cinéfilo. En el caso portugués, llevó a Mário Soares a varios países socialdemócratas de Europa para exponer la dictadura de António Salazar. Reunió a más de diez ministros socialdemócratas en La Haya para hacerlos escuchar la voz de la oposición portuguesa. Distribuyó el diario prohibido Portugal Socialista por Europa, cuyo destino eran cientas de personas que influían en la opinión pública de aquel país. En el caso español, sin embargo, sale a relucir la humanidad y sencillez de nuestro protagonista con una anécdota. El hombre que hoy cumple 25 años de asesinado sería de gran ayuda para un joven Felipe González, quien vería en el primer ministro sueco a su “mejor maestro”. No podía ser de otra forma pues, en un discurso ante el Riksdag, el 27 de septiembre de 1975, con su corbata chueca y su copete caído, Olof Palme condenó enérgicamente la ejecución de cinco nacionalistas vascos por parte de un Franco paranoico y en las últimas (moriría dos meses después). Al terminar su alocución, Olof Palme, aún en el estrado, sacó de quién sabe dónde un pequeño frasquito y depositó una moneda dentro. Luego, bajó a los curules y entre los legisladores se puso a recolectar más monedas —la derecha, cabe destacar, no dio un céntimo. Más aún: el hombre salió a la calle, sin guardaespaldas, como de costumbre, con el frasquito y un cartel colgado al cuello, que rezaba “Para la libertad de los españoles”. La gente que caminaba por el archipiélago que constituye la capital sueca no daba crédito ante la sencillez de su primer ministro.

 

Por esa sencillez, por su patrocinio al tercer mundo, por sus feroces críticas a EEUU, la URSS, Chile, Sudáfrica, etc., tenía un sinnúmero de enemigos. Hacia el final de su vida, y en su segundo término como primer ministro (1982-1986), fue muy duro especialmente hacia Sudáfrica y la amenaza nuclear. Creó la Comisión Palme en 1980 para exigir, con ayuda de diplomáticos de todas partes del mundo sin lazos con sus gobiernos, el desarme nuclear total. Miembro de esta comisión sería Alfonso García Robles, ex canciller de México y Premio Nobel de la paz, precisamente, por el tema nuclear. En cuanto al apartheid, una semana antes de morir, nuestro desaliñado expresó: “Todos nosotros somos responsables del apartheid. Si el mundo quiere que desaparezca, podría hacerlo mañana mismo simplemente retirando el apoyo a este régimen. (…) Es la única forma de tiranía que marca a un ser humano desde su nacimiento por su color de piel. (…) El apartheid no se puede reformar, hay que eliminarlo.”

 

————

 

Terminó la película.  Olof Palme y familia salieron del cine. Se quedaron comentando el filme en la calle. Ya era tarde; las 11:15. Seis minutos después, un anónimo callaría para siempre la voz de millones. Mårten y su esposa se fueron a casa; Olof no llegaría a la suya. Caminó con su amada Lisbet al oeste por Sveävagen, con dirección al metro. Cruzaron la calle. Se detuvieron a ver algo en una vitrina. Ya estaban llegando a la entrada subterránea del metro, pero ni eso. Eran las 11:21. El asesino apareció de la nada, como un fantasma que se escabulló tanto entre las calles céntricas de Estocolmo como en la vida del primer ministro pues, aparentemente, sabía dónde vivía, sabía a qué hora y dónde estaría en aquel momento, sabía que no iba solo, sabía que gustaba de andar por ahí libre, sin escoltas. “Nos siguen”. Dos disparos a la humanidad de Palme. Un tercero alcanza a Lisbet. Fuga. Nadie. Negro. Nada. Un taxi aparece y llama por su radio a una ambulancia. Media hora después, el cinéfilo de Östermalm muere en el hospital. Dos disparos se aprovecharon de la sencillez de un hombre y perpetraron el primer asesinato político en Suecia desde 1792.

 

Lisbet sobrevivió. Fue directora de UNICEF. Actualmente, trabaja para dicha institución. El funeral de Estado fue una protesta contra la violencia al que, por cierto, asistió la mayoría de los personajes mencionados. Miles de personas se reunieron en el cruce de las calles donde Palme fue asesinado y arrojaron rosas, símbolo socialdemócrata, en la acera. En el funeral, mientras tanto, Willy Brandt, otro pilar de la socialdemocracia europea y gran amigo de Palme, pronunciaba: “Los jóvenes (…) pueden aprender mucho de todo aquello por lo que Olof vivió y luchó, y en especial esto: nunca dejes de preguntarte qué puedes hacer, qué más puedes hacer en lugar de lamentarte; qué te ha sido dado para que la vida tenga futuro”. Creo que deberíamos estarnos preguntando lo mismo.

 

Hoy se cumplen 25 años del crimen, aún irresoluto. Los que nunca te conocimos, pero te admiramos, te recordamos con afecto. Salve, Sven Olof Joachim Palme.

 

Rainer Matos Franco

28 de febrero de 2011.

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