Sábato: un héroe en una tumba


Hemos fracasado

sobre los bancos de arena del racionalismo.

Demos un paso atrás y volvamos a tocar

la roca abrupta del misterio.

—Urs von Balthasar

 

Ha muerto uno de los grandes, sino es que el más. Parece como si la Argentina se estuviera quedando huérfana con la muerte de aquellos que dieron un respiro a tan ignota sociedad en las horas más oscuras y tristes. La muerte de Raúl Alfonsín, Mercedes Sosa, Néstor Kírchner y, ahora, Ernesto Sábato, cuando apenas faltaba un par de meses para celebrar un siglo de su vida, es una serie de acontecimientos que caen como balde de agua fría a tan fascinante nación. Pero no sólo llora la Argentina. Todo aquel, desde el preparatoriano desubicado que leyó El túnel hasta el que conversó horas con Sábato a través de casi su vasta obra, puede hoy, legítimamente, ahogarse en un río de lágrimas y preguntarse por qué mueren éstos y no aquéllos; por qué los Sábatos y no los Videlas; ¿por qué, por qué, por qué? ¿Por qué se beatifica a reconocidos encubridores de pederastas como Juan Pablo II y no a escritores como Sábato, Cortázar, Borges o Bioy Casares, por nombrar únicamente al cuarteto argentino? ¿Por qué el mundo se vuelve loco con una boda inútil que lo transporta de vuelta al siglo XVII en vez de llorar la pérdida de uno de los más grandes expositores de las más recónditas y fascinantes pasiones humanas que han pisado el mundo?

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Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. Sí. Sábato nació hace un siglo en Rojas, en la provincia de Buenos Aires, hermano de otros diez o, como él tristemente afirma, nueve. Lector de Ibsen, Tolstoi y el drama anagnórico del siglo precedente, Ernesto estudiaría la secundaria en La Plata, ciudad entrañable para él, donde murieron sus padres, donde nacieron sus hijos, donde conoció a su esposa Matilde. Fue, también, donde se iniciaría en el estudio literario, cuando abundaban el existencialismo y el nihilismo extremos. En su primer año, sería instruido por el mismo Pedro Henríquez Ureña, notable literato dominicano, siendo parte posteriormente de un círculo intelectual donde participaba junto con su maestro, con Raimundo Lida y Amado Alonso. “¿Por qué, Don Pedro, pierde tiempo en esas cosas?” Y él, con su amable sonrisa, me respondió: “Porque entre ellos puede haber un futuro escritor.”

En 1929 ingresó en la Universidad Nacional de La Plata, donde sus estudios en física lo convirtieron en un científico notabilísimo, honorado con una beca para estudiar energía atómica en el Institut Curie de París y, posteriormente, hacia 1940, en la prestigiada MIT. Su brillantez científica sería compensada con un rostro humano, siempre en contra de la injusticia social y de la inequidad, por lo que desde los 16 años entraría en círculos comunistas. Era la época de Sandino y su guerra contra el imperialismo, al tiempo que estaba vivo el recuerdo de los obreros estadunidenses ejecutados en Chicago en 1887 por las huelgas de Haymarket; asimismo, acababan de morir asesinados Zapata (1919) y Villa (1923) junto con la Revolución mexicana, y moría Lenin con la soviética en 1924.

Al llegar al poder el general Uriburu en 1930 a la Casa Rosada, Sábato, entonces Secretario General de la Juventud Comunista, hubo de interrumpir sus estudios y pasar a la clandestinidad, escapando por ventanas, comiendo de la compasión y siempre luchando junto a su amada Matilde, que había dejado su hogar para vivir con su entrañable Ernesto en un cuartucho porteño. El Partido Comunista de Argentina, interesantemente, lo enviaría a Moscú en 1934 para “corregirlo”, al notarlo dudoso de la unión supuestamente inseparable entre teoría y práctica comunistas por su desilusión con el estalinismo. Ernesto, consciente de que si iba a Moscú quizás no regresaría, escapó a París, a dormir en habitaciones sucias y combatiendo el frío parisino con trozos del diario L’Humanité sobre su espalda.

Su segundo viaje a París, ya con Matilde y su primer hijo, se daría con la mencionada beca, y sacrificaría el estudio físico-matemático por su fascinación con el surrealismo en la literatura y la pintura, al que lo introdujo el pintor cubano Wilfredo Lam. Fue en París donde, sumido en el pensamiento surrealista, decidió intercambiar la ciencia por el arte. En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba. La Segunda Guerra Mundial trasladaría su beca a MIT en Boston, donde produjo sus últimos trabajos sobre el tema y donde culminaría su dedicación a la física, por lo que cientos de elementos de la comunidad científica le darían la espalda, negándose a aceptar que el arte superase a la ciencia en ningún sentido. Una y otra vez, como un náufrago en medio de oscuras tempestades, partí con rumbo insospechado sin divisar siquiera la existencia de una isla remota.

La pareja y el pequeño de 4 años se mudaron a un rancho en la sierra andina de Córdoba, sin agua, luz eléctrica ni ventanas, alejados del mundo; un punto solitario donde Ernesto conocería a un tocayo suyo, argentino también pero de apellido Guevara, que viajaba en motocicleta por todo el continente y que pasaba a Córdoba a visitar a unos parientes. Nuestro Ernesto no comulgaría con Perón, puesto que amigos suyos perdieron su trabajo con el ascenso del peronismo. Sin embargo, siempre sencillo y del lado de los oprimidos, defendería a obreros peronistas reprimidos luego de la caída del general en 1955. En 1948 escribiría su primera gran novela, que hoy es de cajón en la prepa, El túnel. La historia de su primera publicación es conocida: sería rechazada por todas las editoriales del país, incluso por la prestigiada revista Sur de su amiga Victoria Ocampo; sin embargo, con un préstamo generoso de Alfredo Weiss, la novela se publicó y la revista se agotó. El encargado de la edición francesa sería Albert Camus, afecto epistolar de Sábato, quien la difundiría a granel por Europa.

En 1961 se publicaría su obra maestra, Sobre héroes y tumbas, a la que Piazzolla deseó rendir homenaje con una ópera, proyecto del cual únicamente surgió una exquisita y recomendable Introducción. La mejor novela de Sábato da cuenta de un muchacho de barrio, pobre, desubicado y solitario, Martín, que conoce a una mujer fascinante y por demás misteriosa, Alejandra, en la década de 1950; a través del limitado amor que ambos sienten, se percibe la vida peronista bonaerense: las calles, la gente, los viejos, los cafecitos, así como la impotencia del amor joven y las terribles autolimitantes de la felicidad. Asimismo, el tiempo es vital en la obra: se cuenta intercaladamente la historia del general Juan Lavalle, militar argentino de la primera mitad del siglo XIX, así como se incrusta en medio de la novela un ensayo angustiante que relata una obsesión por los ciegos, motivo al que dio vida desde El túnel. Así, Sábato encuentra su propio Aleph (por cierto, era un gran interlocutor de Borges, aunque se distanciaron por posiciones políticas desde los 1950), donde conviven todos los tiempos y los espacios: es Buenos Aires misma, una ciudad donde converge una multiplicidad inexorable de procederes; una terrible Babel que confunde a los que en ella habitan y que intentan comunicarse sin lograrlo del todo, como Martín con Alejandra, a quien no entiende por más que Bruno u otros personajes se partan la cabeza por explicárselo. La dura realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades.

Dejando un poco su obra y regresando al hombre, Sábato, como Borges, no se exiliaría luego del golpe militar de Jorge Rafael Videla en 1976. Incluso ambos, junto con otras personalidades, acudirían a la invitación del dictador a la Casa Rosada, lo que dejaba muchas dudas. Borges estaba feliz: “Le agradecí [a Videla] personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia”. Su ceguera, pues, no era sólo física, y ahora resultaba claro por qué ambos escritores se habían distanciado en décadas anteriores. Sábato, aunque emocionado por la terminación del gobierno peronista iniciado en 1973 —“esos mafiosos”, los llamaría—, fue más diplomático: sabía, como en 1934, que un mal paso pondría su vida en peligro. Saliendo de la velada, Ernesto sorprendió a los medios expresando que Videla era un hombre “culto, modesto e inteligente”. Este punto negro en su vida, que le provocaría más espaldas de antiguas amistades, se redimiría con su participación como presidente de la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas (CONADEP) entre 1983 y 1984, encargo en el que investigó la desaparición de 9,000 personas entre 1976 y 1983 por invitación del presidente Raúl Alfonsín.

Ése fue Sábato. Un hombre que se mantuvo impávido ante la incertidumbre, que invitaba medialunas a niños sin hogar en los cafecitos, que soportó la pérdida de un hijo y de su compañera de vida luego de más de medio siglo a su lado, que bajó del pedestal de la gloria científica para abrazar el desacreditado mundo artístico, que en la cultura actual se reduce, por desgracia, a una veneración  minoritaria. Él mismo lo dejaría claro: Cuando camino por una plaza, al contemplar la nobleza de las jacarandas, o cuando veo aquellos rostros inefables que siguen estremeciéndose ante un cielo tormentoso, o los que aún tiemblan al pronunciar palabras sublimes, pienso entonces en la desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del acero.

Ernesto Sábato quedará en la historia como uno de los más grandes escritores del siglo pasado, del continente y de la Argentina. Su huella artística está ahí; la científica también, aunque ésa quedó atrás hace 70 años. No obstante, he querido enfatizar aquí la huella humana. No sé si lo he logrado. No sé si estaría contento de leer esto. No sé si sea un buen tributo, pero algo tenía que hacer como joven que soy, pues fuimos los jóvenes en quienes el escritor depositó su confianza para un mejor futuro, más humano y solidario y menos materialista e individualista, a pesar de las múltiples cartas de todos rincones del mundo que le llegaban de muchachos que, al contemplar el suicidio, encontraban refugio en sus personajes. Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia; nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía. Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuando de humanidad hayamos perdido. Estas mismas palabras, escritas hace trece años, aplican hoy para él. Descanse en paz.

 

(Todas las citas son de Ernesto Sábato, Antes del fin, 1998)

Rainer Matos

30 de abril de 2011.

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