Rusia: las cosas como son

 

Todos sabíamos que el señor Putin iba a ganar la elección presidencial en Rusia. La pregunta era por cuánto y cómo. No lejos de la ilusión, varios preveían una segunda vuelta que nunca llegó y que, en caso de haber sucedido, obligadamente habría tenido que darse entre Putin y el candidato del Partido Comunista de la Federación Rusa, Gennadi Zyuganov. Otros, pasando el límite de la ilusión para internarse en la utopía, pensaron que esa segunda vuelta sería entre Putin y el señor Mijaíl Projorov, magnate billonario que un buen día se levantó y se dio cuenta (¡oh, sorpresa!) que su país no era el tipo de democracia que varios esperan y decidió entrarle al quite como independiente —cosa que en México, país dizque demócrata, ni siquiera se puede. Este último grupo, conformado en buena medida por una prensa occidental a la que suelen írsele las cabras al monte en este tipo de sucesos, vivió la campaña presidencial rusa en un nirvana, menos por un buen entendimiento del sistema político ruso —que tampoco lo tienen— que por una ilusión falsamente fundada en que Projorov provenía de eso que se da en llamar “sociedad civil” y era un noble y finísimo “demócrata”, como si eso automáticamente le diera a uno la victoria y como si todas las sociedades del mundo eligieran a los candidatos más “democráticos” por el hecho de tratarse de salir a votar, sin ponerse a pensar que uno a veces sale a votar para cerrar más el sistema, como la mayoría de los rusos el domingo.

Y, sin embargo, lo obtenido por el señor Projorov no es para desdeñarse: un tercer lugar en Rusia no está nada mal, menos sabiendo que equivale a millones de votos; en el caso de Projorov, a 5,671,348 con un 7.94% de la votación, a pesar de que no cuenta con base legislativa puesto que las elecciones a la Duma fueron en diciembre y el magnate no tiene un partido político. Asimismo, el haber desplazado a un viejo lobo de mar como Vladimir Zhirinovsky al cuarto lugar no es poca cosa. Aunque payaso, dipuhooligan y de poca credibilidad, Zhirinovsky se mantuvo por casi 20 años como una alternativa radical pero latente y su partido, el Liberal Democrático (la ultra-derecha rusa, ni liberal ni democrática), tuvo considerable presencia legislativa desde 1993, año en que se fue al primer lugar, hasta 2011. Quizás el mérito de haber desplazado a Zhirinovsky no corresponde tanto a Projorov, pues ya en la elección parlamentaria del año pasado el Liberal Democrático se fue a cuarto lugar cuando se había mantenido tercero por una década. Parece que la figura de Zhirinovsky se hunde solita por sus escándalos y, ante este panorama, coquetea ahora con un recién electo Putin al reconocer su legitimidad en medio de protestas opositoras, mientras que Zyuganov y Projorov se oponen a dicho reconocimiento. No descartemos, entonces, que el Partido Liberal Democrático de Rusia se convierta en aliado de Rusia Unida en la Duma para salvar el pellejo y mantener el registro.

En otras conjeturas y lecciones de la pasada elección, queda claro que los comunistas siguen siendo la segunda fuerza política de Rusia y que se han mantenido ahí por 20 años, menos por un trabajo legislativo o de gobierno local ejemplares y un programa que se ajuste a los retos y necesidades del país que por lo que Rusia ya no es. Es la nostalgia la que mantiene al Partido Comunista de la Federación Rusa donde está y eso puede palparse en el voto duro: si bien están lejos del 63.64% de Putin, fueron segundo lugar al fin con un bonito 17.14%, que se traduce en 12,282,581 votos, casi un millón menos que los 13 millones que obtuvieron en 2008 pero más que los 9 millones que obtuvieron en 2004.

En cuanto a las protestas que se han dado desde finales de 2011 en Rusia, cabe dejar las cosas claras: quienes protestan son una minoría. Moscú ha congregado a la mayoría de estos grupos con varias decenas de miles; en San Petersburgo y otros centros urbanos de mayor relevancia los números empiezan a descender. No son para nada los cientos y cientos de miles que parte de la prensa estadunidense y varios diarios ilusos quieren hacer creer; tampoco los números ínfimos que presenta la policía rusa cuando cuentan a la gente que pasa los torniquetes. Es un número intermedio, de alrededor de 50,000 personas por lo menos en los tres mítines en los que un servidor ha sido observador de primera fila ahora que me encuentro seis meses en Rusia. No digo que se deba confiar en mi ojo de buen cubero, sobre todo porque cada vez está más miope, pero sí en encuestadoras más o menos independientes que arrojan los mismos números, como Levada.

Fuera de eso, uno puede ver que la oposición no está en lo absoluto unida. La única causa común es gritar “¡Rusia sin Putin!”, pero no hay más. Ni siquiera hay un porqué. Y ni siquiera es una oposición homogénea que busca la democracia por la democracia misma: en las protestas hay comunistas (de por sí heterogéneos entre ellos), radicales ultra-nacionalistas (gente que aprovecha para armar barullo y provocar), liberales (gente que deposita su fe ciega en el libre mercado y que sufrieron un golpazo ahora que Rusia por fin entrará en la OMC) y hasta gente que pide cosas que ya tiene: notable fue una bandera blanca en que sólo se veía el logo de Facebook, lo cual es completamente estúpido: 1) los rusos no suelen usar Facebook porque tienen su propio Facebook à la rusa, llamado Vkontakte (y que, por cierto, es mucho más completo pues ¡puede bajarse música y pueden verse películas gratis!); 2) nadie restringe el acceso de los rusos a Facebook, Twitter, Vkontakte o blogs. Nadie. Un número enorme de rusos trae algún aparato constantemente en el metro en el que tienen acceso a internet en todas partes, como iPads, iPods, celulares, etc. Es una de esas pruebas que revelan que la excitación desenfrenada por eso que se da en llamar las “redes sociales” de internautas muchas veces no tiene fundamento. Sirven, son útiles, pero no gobiernan el mundo y no tiran regímenes.

Y, no obstante, las de Rusia son las protestas más multitudinarias en 20 años. Y que las abandere una minoría no quiere decir que su voz no deba ser escuchada; al contrario, pero primero deberían saber qué es lo que piden y por qué, y empezar a homogeneizarse si quieren tener éxito. Gritar que Putin es un “dictador” no resuelve nada, en parte porque precisamente no lo es, y querer comenzar un cambio con el pie erróneo y mintiéndose a uno mismo es tan inútil como traer una banderita con el logo de Facebook. Es cierto que hay números electorales que tienen poca credibilidad, como el hecho de que Putin haya ganado en la república de Chechenia con más del 99% de los votos, pero tal cosa como una “Primavera Rusa” está lejos de materializarse. Comparar a Putin, también, con otros personajes que ostentan lógicas diferentes y que llegaron al poder por vías muy distintas como Gaddafi, Mubarak o al-Assad, es igual de inútil y erróneo. Rusia no es Libia. Rusia no es Siria. Rusia no es Egipto. Rusia es Rusia.

Pero, en ese sentido, tampoco parece ser suficiente que Rusia sea Rusia para frenar la imbecilidad de algunos líderes de opinión (por desgracia) como el señor León Krauze (debe ser de familia), que osan decir barbaridades como: “Vladimir Putin quiere gobernar Rusia hasta el 2024. Sumaría más de 20 años en el poder. Stalin (que gobernó 30) estaría orgulloso!” [sic]. ¿Qué quiere implicar el señor Krauze? Que Putin es como Stalin, naturalmente. ¿Por qué? Porque pus [sic] gobierna mucho tiempo, nomás. Nada más imbécil y fuera de contexto; nada más disímil. Son lógicas distintas, son procesos históricos distintos y tiempos distintos. Bajo la lógica de León Krauze, entonces, Stalin también estaría orgulloso de la reina Isabel, que lleva 60 años en el poder haciendo nada y gastando un dinero que podría servir para muchas cosas al mundo. Dudo que el padrecito Stalin, que cumplió 59 años de muerto el pasado lunes, sienta desde el más allá estima alguna por Chabela. Y, al mismo tiempo, quizás sí esté orgulloso de Putin, no porque vaya a gobernar 551,489,789,872,374 años, sino porque Rusia ya probó la democracia en pleno, y fue cuando cayó más bajo. Ese recuerdo de los pavorosos años noventa está hoy más fresco que nunca. Rusia quiere (mayor) estabilidad. La tendrá con Putin. Quién sabe por cuánto tiempo.

 

Rainer Matos Franco

7 de marzo de 2012

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