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mayo 25, 2012

El gallo de oro

 

En estas épocas de ebullición universitaria vale la pena contar una anécdota que vincula esa magia efervescente, solidaria y colectiva que tiene el estudiantado con uno de los lenguajes universales como es la música. Si bien hoy el hervor no se da sólo entre miembros de dicho arreglo social, sino en la mayoría de los rubros (como se ve en las protestas alrededor del mundo), en México éste ha adquirido un renombre especial y se ha convertido en un tema delicado a través de los años comenzando, evidentemente, con aquellos sucesos tan lejanos y cercanos a la vez como los de 1968 y, no en menor grado pero sí en mayor olvido, los de 1971 e incluso de 1988. En este contexto, lo que se vio hace unos días en el país fue una reacción de estudiantes (mas no del estudiantado en general, o de la Ibero) a la realidad política actual, a los temores que hay con los probables resultados electorales y al apoyo que hay también hacia otros, pero también hacia los evidentísimos sesgos de varios medios de comunicación, guardando toda proporción con manifestaciones pasadas.

Bajo mi humilde opinión, no puedo más que celebrar que en un coto de conservadurismo, como se solía ver a la Universidad Iberoamericana, se diera una reacción tal que cuestionara lo que para varios actores políticos es incuestionable. Si unos argumentan que este acto fue erróneo y fuera de lugar, que “hay formas” de protestar, también puede decirse a los de arriba que “hay formas” de negociar, como el caso Atenco o, en un caso mucho más específico y pequeño en números y modos, el caso de la Universidad Michoacana hace unos días. Bajo esto, queda claro que Enrique Peña no es un buen priista, como tampoco lo es Fausto Vallejo, pues prefieren reprimir antes que indagar e incluso, de una manera muy distinta al PRI de sus antepasados (con evidentes excepciones), a negociar/cooptar. En efecto, es un nuevo PRI.

Asimismo, no puedo dejar de celebrar que estudiantes de universidades tanto públicas como privadas estén dejando atrás esas diferencias abismales —de todo tipo— para hacer conciencia juntos, independientemente de las tendencias políticas que la acción conlleva. Más no digo. Pero sobre lo que quiero escribir es un acontecimiento histórico que parece insignificante cuando se ve en retrospectiva y se pierde como una gota en el mar de la historia universal, que sin embargo tiene que ver con lo anteriormente planteado y que vino a mi mente tras escuchar una suite clásica llamada Scheherezada, del compositor ruso Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908).

Primero que nada, como inquietud cultural, hay dos escalitas que hace el primer clarinete en el tercer movimiento, “La joven princesa y el joven príncipe”, que son prácticamente iguales (con o sin intención, no lo sé) a otras dos hacia el final del Nocturno no. 20 en Do sostenido menor, Op. post. de Chopin. Si bien se encuentran en diferente tonalidad, en ambas piezas las escalas comienzan y terminan en una misma nota: Sol sostenido en Chopin y La (un semitono arriba) en Rimsky. Es necesario recordar que Los Cinco —el grupo de compositores al que pertenecía Rimsky, junto con Borodin, Balakirev, Mussorgsky y Cui, que buscaba reivindicar la música romántica rusa en el siglo XIX— admiraban a compositores como Chopin y tomaban sus ideas de vez en cuando, aunque al mismo tiempo tomaran distancia de ellos. Es sólo una imagen que vino a mi mente; juzgue el lector si es que le interesa comparar ambas escalas; no son difíciles de identificar. Aquí la liga a ambas obras. (Rimsky) (Chopin)

Nikolai Andreyevich era un liberal en cuanto a política; no lo ocultaba. Como profesor, tenía esa tierna y admirable responsabilidad (en su caso, del Conservatorio de San Petersburgo) para con sus estudiantes, entre los que destacó Alexander Glazunov, quizás uno de los compositores ruso-soviéticos más infravalorados ante su apabullante alcoholismo, de quien don Nikolai dice en sus memorias  (Crónica de mi vida musical) que “su evolución musical no se daba de un día para otro, sino de una hora a otra”.

En 1905, Rusia vivió la primera y menos exitosa de tres revoluciones en doce años. Ni siquiera fue, en términos reales, una revolución, sino un intento fallido de quién sabe qué, que comenzó oficialmente —había movilizaciones importantes desde el año anterior— cuando el padre Gapón decidió arengar a varios trabajadores que exigían mejoras laborales (¿qué más podían exigir?) y hacer una procesión al Palacio de Invierno para peticionar directamente al zar sus demandas. Lo que encontraron, sabemos, no fue una imagen de ese zar benevolente, mí(s)tico, que amaba a su pueblo; encontraron balazos: la muerte a manos de conterráneos, por orden de Nicolás II, quien ahora tiene iglesias erigidas en su honor por toda Rusia como santo de la Iglesia Ortodoxa simplemente porque los bolcheviques no fueron menos despiadados con él y su familia.

Los bríos revolucionarios de aquel año alcanzaron a los instrumentos del Conservatorio de la entonces capital, cosa por demás inevitable en tanto que éste se encuentra a no más de 15 cuadras del Palacio, algo así como 3,640 pasos si uno camina por la calle Kazanskaya. Los estudiantes de música fueron contagiados, según Rimsky, por el romanticismo (que no musical) de sus pares de la Universidad Estatal de San Petersburgo. Nikolai Andreyevich, a sus 62 años, fue hecho miembro de un comité “creado para solucionar las diferencias con los agitados estudiantes”. Sin embargo, claramente desencantado con las medidas represivas del zarismo, se mantuvo secretamente en contra de “toda clases de medidas empleadas para expulsar a las cabezas estudiantiles, mantener a la policía en el Conservatorio” y, en algunas ocasiones, “cerrar el Conservatorio por completo”. En cartas abiertas, demandó la sustitución del director del Conservatorio, Augusto Bernhard, quien fuera un no muy destacado alumno suyo.

Por defender a los estudiantes, Nikolai Andreyevich fue destituido del Conservatorio. Continuó enseñando música en casa a sus educandos, entre ellos, a un tal Igor Stravinsky, aunque éste nunca estudió en la institución. Rimsky no se fue solo. Con él, 100 estudiantes fueron expulsados, 300 dejaron voluntariamente el Conservatorio y tanto Glazunov como Anatoli Liadov renunciaron en protesta. Lo que siguió fue lo inevitablemente característico de las protestas, y en mayor grado de las estudiantiles: la apropiación colectiva de la imagen del intelectual, cuya ópera Kaschei el inmortal fue recreada clandestinamente. Ante esto, la música de Rimsky fue prohibida por el régimen zarista por unos meses, acto poquísimamente conocido y que se olvida fácil ante la censura cultural años después en la Unión Soviética, así como poco se sabe que los pioneros en el exilio interno a trabajos forzados en Siberia fueron los zares y no Stalin. Tras una dirección interina de Stanislav Gabel y, con el difuminar del movimiento para diciembre, al menos hubo un triunfo parcial en la institución puesto que Glazunov fue hecho director, Nikolai Andreyevich regresó a enseñar y se levantó la prohibición de su obra.

El desenlace es interesante. En 1907 Rimsky compuso una ópera llamada El gallo de oro que, aunque suene a restaurante de autopista, tiene más trascendencia que eso por dos motivos. Por un lado, tiene novedades musicales como el “Himno al sol”, con cromatismos que parecen propios del Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy, a quien Rimsky detestaba por hacer “horrores”, como llamaba a la música innovadora. Sin embargo, esta novedad en la música de Rimsky bien podría sentenciar que terminó rompiendo con cierto conservadurismo musical en su última ópera tras oponerse al conservadurismo político al lado de sus estudiantes.

Por otro lado, El gallo de oro es una ridiculización del zarismo, del famoso Rasputín y del misticismo de la época en general. En el prólogo, un astrólogo sale al escenario y dice al público que, aunque ficticia, la historia tendrá una moraleja cierta. En el primer acto, el rey Dodón, quien es completamente inepto, busca hacer la guerra a un pueblo vecino que se percibe como amenaza, sátira tácita de Nicolás II declarando hostilidad al Japón en 1904. Al consultar al astrólogo, éste manipula al rey por medio de un gallo mágico de oro; que aparenta, que sorprende por fuera, que se cree que será óptimo para la guía del gobierno y que por dentro es nada; que se exhibe como producto chatarra. El gallo “confirma” que el Estado vecino tiene malas intenciones y el rey se la traga. No hace falta decir que la guerra es un completo fracaso —y no sólo en la obra, pues el ruso-japonés fue un conflicto fatal para Rusia. En el epílogo, el cínico astrólogo regresa y dice que todo fue “mera ilusión”, como jugando con la mente del espectador.

En efecto, la moraleja es cierta. Las apariencias engañan. Los productos chatarra, impuestos por quienes gustan de jugar con nuestras mentes, suelen llevar al fracaso.

Rainer Matos Franco

24 de mayo de 2012.