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septiembre 27, 2012

El Coronel no tiene quien describa

La euforia por un acontecimiento histórico, por vivirlo, por verlo día con día, nubla la percepción que se obtiene del mismo; más en el mundo tan acelerado de hoy, donde la tergiversación es ley —medios de comunicación mediocres y obcecados, la politización de cualquier tema bajo una dicotomía moral, el “poder” que confiere una red social para opinar de lo que sea… Rara vez se tiene una crónica fiel durante el momento histórico más que en algún recorte periodístico, la opinión de contados individuos en una mesa televisiva o un artículo de revista de numeración corrida. Por lo general, los análisis más objetivos vienen cuando el tema se enfría y hasta incorporan en su título “tal tema en retrospectiva”.

La llamada “Primavera árabe” es ejemplo. La euforia por el “despertar” de aquellos pueblos, la excitación con el Twitter, las crónicas de plagiarios que venden millones de libros como Fareed Zakaria y la dicotomía “democracia=bueno/dictadura=malo” ha marcado la mayoría de las descripciones disponibles. Poco se hace por diferenciar la revuelta egipcia de la libia, ésta de la tunecina y ésta a su vez de la siria. Todos son dictadores malvados; “todos son iguales”. Nos facilita todo: nos ahorra el ejercicio de pensar detenidamente, o de pensar siquiera. Por qué Gadafi no cayó en los 70 y hubo que esperar 43 años nadie lo sabe, o por qué los levantamientos en Egipto y Túnez fueron relativamente pacíficos y en Libia o Siria fueron armados tampoco está claro. Todo queda en enumerar las bondades de la democracia y las maldades de la tiranía.

Luego ya no sabe uno de quién fiarse, porque cada vez menos hay quien describa seria u objetivamente el momento histórico. Publica Foro Internacional (vol. 46, no. 3, septiembre-diciembre 2011) un artículo de Román López Villicaña, de la Universidad de las Américas campus Puebla, “Libia: autoritarismo y Estado rentista”. Comienza despertando curiosidad, se pregunta qué hace distinto el alzamiento contra Gadafi de otros en la región, y acaba diciendo que en Libia “antes” la gente “vivía de las palmeras” y que “los libios no trabajan”. Literal. Otro artículo en Foro, “El colapso de la dictadura de Gadafi: ¿qué futuro para Libia?”, de Yahia Zoubir (vol. 52, no. 2, abril-junio 2012), además de traducir “Libyans” como “libaneses” y confunde Níger con Nigeria, explica la caída de Gadafi por la “corrupción rampante” y la escasísima libertad de prensa en el país, además del “derroche económico” del líder y sus hijos, “algunos de los cuales eran verdaderos rufianes”. Y uno se pregunta, otra vez, por qué duró 43 años en el poder si el Coronel fue corrupto, derrochador y rufián desde un principio.

Es enfadoso que se escriba de esta manera; que se nos diga cuando Gadafi ya cayó que era autoritario, como si por cuarenta años hayamos dormido soñando que los líderes de naciones enteras —sean demócratas, monárquicos o autoritarios— no son “corruptos”, o sea, que se desvían de un estándar (¿impuesto por quién?), en ocasiones, porque las condiciones locales así lo requieren para el funcionamiento del orden social y para que la gente no se mate; en otras, ciertamente, porque se hacen de recursos a expensas de otros, lo cual se podría llamar más bien “oportunismo”. Pero “corrupto” se ha vuelto sinónimo de autoritario, de algo maligno y aun de lo ilegal, como si no hubiese corrupción amparada por la legalidad, o corrupción en “democracias” como Suiza.

***

En enero de 2012 llegó de Libia una noticia sin gran repercusión, pero que dice mucho. Una centena de hombres mató a 4 efectivos del gobierno transicional libio (CNT) en el poblado de Bani Walid. La razón, se dijo, es que eran “pro-Gadafi” y hasta “ondeaban banderas verdes”. Al día siguiente Reuters reportó que no, que “habían luchado junto al CNT” en la guerra civil, pero que expulsaron gente de Trípoli que quería imponer su voluntad en la ciudad.

Tuvieron que pasar semanas para que supiéramos que ni unos ni otros; que, como era de esperarse, en público apoyaban la “revolución” del CNT, pero en privado, cuando los reporteros de Dawn preguntaban de viva voz a los locales, se decían cosas como “Muammar está en nuestros corazones”, que “las nuevas autoridades representan a Sarkozy” o que “esta casa se la dio Muammar a mi padre”. De ahí la importancia de preguntar las cosas in situ para, como dice Lauren Berlant, “asir la lógica más profunda del mundo” en un registro particular y empírico. Y si uno echa mano de la historia, siempre útil para entender sucesos actuales, no está de más un wikipediazo que explique por qué en Bani Walid hay nostalgia: es el único poblado en donde vive la tribu warfala, lo cual habla de una identidad ligada a un área geográfica de escasos kilómetros cuadrados donde no se permite la imposición de fuera; fue, además, una de las más favorecidas por el Coronel, tanto que el ex primer ministro del CNT, Mahmud Jibril, es warfalí y antiguo protégé, por cierto, de Saif al-Islam Gadafi, hijo de Muammar. Ahí uno puede ver también el oportunismo (en este caso político) que viene amparado por la “democracia”, sólo que éste no se condena, porque Jibril se ha “purificado” en las aguas democráticas, que todo permiten. Y es más triste que Wikipedia pueda explicarlo mejor que la prensa o incluso que varias fuentes “académicas”.

Gadafi entendió que el sistema tribal era el núcleo del orden social libio y supo conciliarlo con la estructura política de su régimen, mediante los Liderazgos Populares Sociales (que restauraron una dignidad tribal cohibida durante décadas de invasión y monarquía) y bajo los Congresos Populares Básicos, un sistema legislativo electo por democracia directa (¡oh sorpresa!). Va quedando claro, pues, que la famosa “democracia liberal” va a ser difícil de imponer (sí, imponer) en la Libia rural por estos antecedentes; Bani Walid fue sólo una manifestación temprana y el CNT ya dio cuenta de una primera debilidad, que curiosamente puede verse también como fortaleza: respetó, como Gadafi, la organización municipal del poblado y declaró que reconocería a los líderes locales.

El levantamiento en Libia fue armado, a diferencia de sus vecinos limítrofes, dado que el Coronel tenía una legitimidad bastante amplia como redistribuidor de beneficios petroleros y como respetador del sistema tribal; el mismo término “guerra civil” en vez de “revolución” habla de dos bandos, uno a favor del régimen y otro en contra, y no es trivial que a los ojos de millones de libios había que salir a luchar por el líder. No es tan fácil como decir que un día Libia despertó y quiso ser “democrática” y que absolutamente todos estaban en contra del “cruel dictador”. No se vio en Túnez o Egipto que se tomaran las calles con imágenes de Ben Alí o Mubarak, que tuvieron únicamente revueltas por factores múltiples ante una deslegitimación del régimen en los últimos años y condiciones de vida, al menos en el caso egipcio, mucho más magras; sí se vio —y se ve aún—, en contraste, en Siria, donde los al-Assad también construyeron una legitimidad más hacia fuera con base en la firme posición anti-Israel, la forma de “protector” de Líbano y ayuda a la OLP. Hacia dentro también hubo legitimación a pesar de que la familia provenía de la minoría alauita: un sistema corporativizado que dio voz y representación, si bien controladas, a cientos de grupos que antes no la tenían y un liderazgo que abrazó el sunnismo yendo en contra, incluso, del chiismo característico de los alauitas.

Así comienza a verse, si bien de una manera muy incipiente, que hay diferencias, y que éstas importan si se quiere explicar seriamente los acontecimientos en la región. Así, también, empieza a entenderse que en Libia se ondeen banderas verdes post mórtem y que, como se reportó después, en Bani Walid haya grafitis pro-Gadafi y niños que recitan el Libro Verde; tanto más si sabemos que el CNT cometió algo que en su momento pareció certero: repartir armas entre cientos de grupos tribales que, por ende, pueden hoy reclamar lo que gusten por la fuerza. Y el tema viene a cuento ahora, en el último tercio del año, porque el presidente de Libia, Mohammed el-Megarif, viajó a Bani Walid para suplicar calma en la ciudad y decir que se respetarán las costumbres locales, al estilo puro de Gadafi; con ello, uno se da cuenta de que Joel Migdal tenía razón con aquel enfoque de “el Estado en la sociedad” y de que la nostalgia, empíricamente registrada, es la mejor herramienta para contrarrestar la euforia desmedida por el presente y ubicar a éste no en un pedestal, sino en medio de la búsqueda por la objetividad.

Rainer Matos Franco

27 de septiembre de 2012

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septiembre 13, 2012

La avenida autoritaria

 

Agradezco a Jaime Hernández Colorado sus comentarios a este texto.

Escribe Andrés Lajous en Emeequis ayer un articulito de unos cuantos párrafos. Es conciso y va a lo que va. Muestra una profunda indignación, cuyo eufemismo se ejerce mediante preguntas como “¿cuáles son los límites a quién conmemorar considerando su significado político?”, frase que en primer lugar carece de una redacción sana. La indignación de Lajous proviene de lo siguiente: el Gobierno del Distrito Federal inauguró un parque hace unos días en Chapultepec con dinero del gobierno de Azerbaiyán, que también puso lana para renovar la plaza Tlaxcoaque. Hasta ahí todo va bien para Lajous. El problema, sin embargo, del cual surgen en su escrito preguntas a granel, es por qué en medio del parque hay una estatua “enorme” y “de bronce” del ex presidente azerbaiyano Heydar Aliyev. Se queda uno con la duda de que quizás la indignación de Lajous menguaría si la estatua fuera de estaño y de 40 centímetros. Pensé que Lajous, urbanista como es, loaba el rescate del espacio público; qué mejor que Azerbaiyán haya puesto el dinero. Pero no. En realidad la indignación no va por ahí.

Contundente, la primera caracterización histórica que hace Lajous de Aliyev es “que hace unos años dejó a su hijo en el poder”. Eso lo convierte al instante, debemos suponer, en un autócrata. No merece tener una estatua “enorme”, “de bronce”. Continúa, sumido en su indignación: “No está claro cuál es la justificación para tener a Heydar Aliyev sobre Reforma, más que «su gobierno» [sic; permitámosle la frase, aun cuando el presidente Aliyev haya muerto hace casi diez años] pagó un espacio para continuar el culto a la personalidad con el que gobernó a su país”. ¡Tras! ¿Se habrá puesto a pensar Andrés cuál es la justificación para tener a Josip Broz Tito (en la foto) un poco más allá, también sobre Reforma? ¿O la de tener a Atatürk también sobre Reforma pero en medio de Las Lomas? Más abajo asevera que “fue expulsado” del gobierno de la URSS por Gorbachov acusado de “corrupción”, y uno se pregunta si esto es relevante, porque aun si no hubiera sido corrupto, lo que seguía inexorablemente era tacharlo de comunista, y todos sabemos que los comunistas son malvados por naturaleza. Sí. Aliyev tuvo que renunciar al Politburó por los cargos de “corrupción” que Gorbachov tendió contra él. Sin embargo, irónicamente, fue una de las más grandes figuras anticorrupción en la Unión Soviética de Brezhnev, de Andropov y de Chernenko (1964-1985). Pero hay que quedarnos nada más con que fue “corrupto”, sin hacer balances.

Lajous se asusta luego porque Aliyev “llegó al poder de forma no muy democrática”. Olvidará que era un ex comunista. Y si uno lo ha sido toda su vida, y si ha sido miembro del Politburó de la Unión Soviética, está un poquito difícil ser “democrático”, incluso para Boris Yeltsin. Olvidará, también, porque suponemos que sabe, que Heydar Aliyev llegó al poder en Azerbaiyán por medio de un plebiscito en medio de una guerra: Aliyev era gobernador de Najicheván, un enclave azerbaiyano en el suroeste de Armenia —separado físicamente de Azerbaiyán— donde el 99% de la población es azerí. Gobernó con autonomía del gobierno de Bakú, con la misma autonomía relativa que había concedido Moscú desde 1921 a la República Socialista Soviética Autónoma de Najicheván.

Llegó a presidente de Azerbaiyán tras ser invitado desde Bakú a poner orden tras la toma del poder por parte de un ejército que entablaba la guerra de Nagorno-Karabaj contra Armenia, cuyo motivo era una disputa territorial por otro enclave, en este caso de mayoría armenia, en medio de Azerbaiyán. Durante seis años de guerra (1988-1994), este país perdió 20% de su territorio hacia el final del conflicto. Había que traer a un comunista experimentado, a una figura legítima (amén de “corrupta”), para que pusiera orden y pacificara el país, algo parecido al llamado de la elite finlandesa al mariscal Mannerheim en 1918 y en 1944 para pacificar el país bajo su autoridad indiscutible. Cuando Lajous se pregunta, líneas más abajo, “¿Cuáles son los méritos memorables de Aliyev?”, seguramente no estaba pensando en el hecho de pacificar el país a un duro costo, que para el que viva una guerra en su territorio no debe ser cualquier cosa, ni en que dicho país tenga como consecuencia alrededor de casi un millón de desplazados según cifras de la Comisión de Refugiados de Naciones Unidas.

Por si no fuera poco, más adelante Lajous cita “los wikileaks” [sic] para decir que “la esposa del hijo [sic], hoy presidente”, es una de las personas más poderosas del país. Luego de un punto y seguido, la frase que sigue es maravillosa: “Un régimen de amplia corrupción”, sin decir por qué, o cómo funciona ésta, o cómo se hizo poderosísima Mehriban Pashayeva. Lo importante se reduce a que, según funcionarios de la Embajada norteamericana en Bakú, la Primera Dama es muy poderosa y “corrupta”, como si varias primeras damas en las llamadas “democracias liberales” no fuesen “corruptas”. La señora Sahagún, por ejemplo. Y a Lajous le parece una novedad descubrir esto en un sistema autoritario. Lo he dicho y lo sostengo: enumerar axiomas amparado en una ideología que comparte buena parte del mundo no lo hace a uno mejor analista que otro, como tampoco el sentir empatía por el objeto de estudio. En ese caso, los “transitólogos” y la literatura normativa pro-democracia, que no es la menos frecuente en el tema de regímenes políticos, tendría la razón siempre —la mayoría de las veces, no sucede así.

Otra de sus fuentes es el obituario del New York Times para la muerte de Aliyev, en 2003. Supongo que el lector comienza a ver un patrón en las fuentes de Lajous. Y si no, lo hago manifiesto: “los wikileaks”, el New York Times, y no podía faltar Human Rights Watch, que “tiene una lista de violaciones a los derechos humanos y restricciones a la libertad [a cuál, se pregunta el que escribe] bastante preocupante en aquel país”. Y otra vez se topa uno con axiomas y pautas en el texto de Lajous. Es un sistema autoritario, con todo lo que ello implica. Por ahí mete luego un vínculo con un artículo de Jorge Castañeda sobre el comunicado del Partido del Trabajo en referencia al pésame por la muerte de Kim Jong-il. Otra pauta para decir lo mismo sobre los comunistas, autoritarios o cualquier cosa que no signifique balance real de poderes: todos son iguales. Y se indigna por que el comunicado del PT haya causado revuelo, y no así la nota sobre Aliyev, pero luego subsana, lopezobradorista como se ha vuelto, diciendo que habría un “escándalo” si hubiera sido el gobierno de López Obrador el que pone una estatua del “ex líder soviético convertido en presidente autoritario nacionalista sobre Reforma”. Quizás sea lo único con lo que concuerdo en el artículo de Lajous.

Un último punto de indignación sentencia el sentido del escrito. La “cercanía” de la estatua de Aliyev “a las estatuas de Gandhi y Churchill”. Había que ponerla, quizás, del otro lado de Reforma, cerca de Tito y Atatürk, un líder comunista y un “autoritario nacionalista” más. Pero en el sitio donde está es probable que la malicia de Aliyev contamine de moho y polvo las estatuas de Gandhi y Churchill. Lo más grave es que Lajous no parece advertir el oxímoron entre ambos personajes: sabemos por sus mismas memorias que sir Winston, ávido de acción, abrió fuego a una tribu pastún en Malakand, al noroeste indio (actual Paquistán), en 1897. Quien sepa un poquito de la colonización británica de la India, además, sabrá que Churchill se oponía a la revuelta “pacífica” de Gandhi, que lo detestaba y que incluso fue uno de los fundadores de la India Defence League; famoso es también su telegrama a Archibald Wavell, en el que se pregunta “por qué Gandhi no ha muerto aún”.

Pero Lajous mete implícitamente en el mismo saco a ambos personajes, a esas figuras incorruptibles que no deben mezclarse con los autócratas y que sí son dignas de tener estatuas, a pesar de que el Congreso Nacional Indio, para Churchill, era una bola de “Brahmnis who mouth and pattern Western liberalism”, según su discurso del 18 de marzo de 1931. Es el mismo Churchill que según Anthony Beevor en The battle for Spain admiraba al general Franco —que si no es “autoritario-nacionalista”, el mundo se habrá torcido—, el que llamaba “primo” al Duque de Alba, y que no hizo nada por salvar a la República sino hasta que fue muy tarde; el mismo Churchill que admiraba al Duce, a Mussolini el “Genio romano” y “máximo legislador entre los hombres”, como lo llamó él mismo, según relata el libro de Lynn Picknett et álii titulado War of the Windsors. El mismito Churchill.

 

***

Reforma es, por donde se vea, una avenida autoritaria, a pesar del nombre. Creada por Maximiliano, con un Ángel inaugurado por Porfirio Díaz, Cuitláhuac, Cuauhtémoc, el Cristóbal Colón —que representa la apoteosis de ultramar de la monarquía española (autoritaria y nacionalista, naturalmente)— y hasta oficinas del SAT. Y para qué hablar de las estatuas de Atatürk y Tito, que son por separado lo que Aliyev es en una persona: un comunista y un autoritario-nacionalista.

Sorprende que Lajous, en su afán por los paseos en bicicleta, no haya advertido todo esto.

 

Rainer Matos Franco.

12 de septiembre de 2012.