El Coronel no tiene quien describa

La euforia por un acontecimiento histórico, por vivirlo, por verlo día con día, nubla la percepción que se obtiene del mismo; más en el mundo tan acelerado de hoy, donde la tergiversación es ley —medios de comunicación mediocres y obcecados, la politización de cualquier tema bajo una dicotomía moral, el “poder” que confiere una red social para opinar de lo que sea… Rara vez se tiene una crónica fiel durante el momento histórico más que en algún recorte periodístico, la opinión de contados individuos en una mesa televisiva o un artículo de revista de numeración corrida. Por lo general, los análisis más objetivos vienen cuando el tema se enfría y hasta incorporan en su título “tal tema en retrospectiva”.

La llamada “Primavera árabe” es ejemplo. La euforia por el “despertar” de aquellos pueblos, la excitación con el Twitter, las crónicas de plagiarios que venden millones de libros como Fareed Zakaria y la dicotomía “democracia=bueno/dictadura=malo” ha marcado la mayoría de las descripciones disponibles. Poco se hace por diferenciar la revuelta egipcia de la libia, ésta de la tunecina y ésta a su vez de la siria. Todos son dictadores malvados; “todos son iguales”. Nos facilita todo: nos ahorra el ejercicio de pensar detenidamente, o de pensar siquiera. Por qué Gadafi no cayó en los 70 y hubo que esperar 43 años nadie lo sabe, o por qué los levantamientos en Egipto y Túnez fueron relativamente pacíficos y en Libia o Siria fueron armados tampoco está claro. Todo queda en enumerar las bondades de la democracia y las maldades de la tiranía.

Luego ya no sabe uno de quién fiarse, porque cada vez menos hay quien describa seria u objetivamente el momento histórico. Publica Foro Internacional (vol. 46, no. 3, septiembre-diciembre 2011) un artículo de Román López Villicaña, de la Universidad de las Américas campus Puebla, “Libia: autoritarismo y Estado rentista”. Comienza despertando curiosidad, se pregunta qué hace distinto el alzamiento contra Gadafi de otros en la región, y acaba diciendo que en Libia “antes” la gente “vivía de las palmeras” y que “los libios no trabajan”. Literal. Otro artículo en Foro, “El colapso de la dictadura de Gadafi: ¿qué futuro para Libia?”, de Yahia Zoubir (vol. 52, no. 2, abril-junio 2012), además de traducir “Libyans” como “libaneses” y confunde Níger con Nigeria, explica la caída de Gadafi por la “corrupción rampante” y la escasísima libertad de prensa en el país, además del “derroche económico” del líder y sus hijos, “algunos de los cuales eran verdaderos rufianes”. Y uno se pregunta, otra vez, por qué duró 43 años en el poder si el Coronel fue corrupto, derrochador y rufián desde un principio.

Es enfadoso que se escriba de esta manera; que se nos diga cuando Gadafi ya cayó que era autoritario, como si por cuarenta años hayamos dormido soñando que los líderes de naciones enteras —sean demócratas, monárquicos o autoritarios— no son “corruptos”, o sea, que se desvían de un estándar (¿impuesto por quién?), en ocasiones, porque las condiciones locales así lo requieren para el funcionamiento del orden social y para que la gente no se mate; en otras, ciertamente, porque se hacen de recursos a expensas de otros, lo cual se podría llamar más bien “oportunismo”. Pero “corrupto” se ha vuelto sinónimo de autoritario, de algo maligno y aun de lo ilegal, como si no hubiese corrupción amparada por la legalidad, o corrupción en “democracias” como Suiza.

***

En enero de 2012 llegó de Libia una noticia sin gran repercusión, pero que dice mucho. Una centena de hombres mató a 4 efectivos del gobierno transicional libio (CNT) en el poblado de Bani Walid. La razón, se dijo, es que eran “pro-Gadafi” y hasta “ondeaban banderas verdes”. Al día siguiente Reuters reportó que no, que “habían luchado junto al CNT” en la guerra civil, pero que expulsaron gente de Trípoli que quería imponer su voluntad en la ciudad.

Tuvieron que pasar semanas para que supiéramos que ni unos ni otros; que, como era de esperarse, en público apoyaban la “revolución” del CNT, pero en privado, cuando los reporteros de Dawn preguntaban de viva voz a los locales, se decían cosas como “Muammar está en nuestros corazones”, que “las nuevas autoridades representan a Sarkozy” o que “esta casa se la dio Muammar a mi padre”. De ahí la importancia de preguntar las cosas in situ para, como dice Lauren Berlant, “asir la lógica más profunda del mundo” en un registro particular y empírico. Y si uno echa mano de la historia, siempre útil para entender sucesos actuales, no está de más un wikipediazo que explique por qué en Bani Walid hay nostalgia: es el único poblado en donde vive la tribu warfala, lo cual habla de una identidad ligada a un área geográfica de escasos kilómetros cuadrados donde no se permite la imposición de fuera; fue, además, una de las más favorecidas por el Coronel, tanto que el ex primer ministro del CNT, Mahmud Jibril, es warfalí y antiguo protégé, por cierto, de Saif al-Islam Gadafi, hijo de Muammar. Ahí uno puede ver también el oportunismo (en este caso político) que viene amparado por la “democracia”, sólo que éste no se condena, porque Jibril se ha “purificado” en las aguas democráticas, que todo permiten. Y es más triste que Wikipedia pueda explicarlo mejor que la prensa o incluso que varias fuentes “académicas”.

Gadafi entendió que el sistema tribal era el núcleo del orden social libio y supo conciliarlo con la estructura política de su régimen, mediante los Liderazgos Populares Sociales (que restauraron una dignidad tribal cohibida durante décadas de invasión y monarquía) y bajo los Congresos Populares Básicos, un sistema legislativo electo por democracia directa (¡oh sorpresa!). Va quedando claro, pues, que la famosa “democracia liberal” va a ser difícil de imponer (sí, imponer) en la Libia rural por estos antecedentes; Bani Walid fue sólo una manifestación temprana y el CNT ya dio cuenta de una primera debilidad, que curiosamente puede verse también como fortaleza: respetó, como Gadafi, la organización municipal del poblado y declaró que reconocería a los líderes locales.

El levantamiento en Libia fue armado, a diferencia de sus vecinos limítrofes, dado que el Coronel tenía una legitimidad bastante amplia como redistribuidor de beneficios petroleros y como respetador del sistema tribal; el mismo término “guerra civil” en vez de “revolución” habla de dos bandos, uno a favor del régimen y otro en contra, y no es trivial que a los ojos de millones de libios había que salir a luchar por el líder. No es tan fácil como decir que un día Libia despertó y quiso ser “democrática” y que absolutamente todos estaban en contra del “cruel dictador”. No se vio en Túnez o Egipto que se tomaran las calles con imágenes de Ben Alí o Mubarak, que tuvieron únicamente revueltas por factores múltiples ante una deslegitimación del régimen en los últimos años y condiciones de vida, al menos en el caso egipcio, mucho más magras; sí se vio —y se ve aún—, en contraste, en Siria, donde los al-Assad también construyeron una legitimidad más hacia fuera con base en la firme posición anti-Israel, la forma de “protector” de Líbano y ayuda a la OLP. Hacia dentro también hubo legitimación a pesar de que la familia provenía de la minoría alauita: un sistema corporativizado que dio voz y representación, si bien controladas, a cientos de grupos que antes no la tenían y un liderazgo que abrazó el sunnismo yendo en contra, incluso, del chiismo característico de los alauitas.

Así comienza a verse, si bien de una manera muy incipiente, que hay diferencias, y que éstas importan si se quiere explicar seriamente los acontecimientos en la región. Así, también, empieza a entenderse que en Libia se ondeen banderas verdes post mórtem y que, como se reportó después, en Bani Walid haya grafitis pro-Gadafi y niños que recitan el Libro Verde; tanto más si sabemos que el CNT cometió algo que en su momento pareció certero: repartir armas entre cientos de grupos tribales que, por ende, pueden hoy reclamar lo que gusten por la fuerza. Y el tema viene a cuento ahora, en el último tercio del año, porque el presidente de Libia, Mohammed el-Megarif, viajó a Bani Walid para suplicar calma en la ciudad y decir que se respetarán las costumbres locales, al estilo puro de Gadafi; con ello, uno se da cuenta de que Joel Migdal tenía razón con aquel enfoque de “el Estado en la sociedad” y de que la nostalgia, empíricamente registrada, es la mejor herramienta para contrarrestar la euforia desmedida por el presente y ubicar a éste no en un pedestal, sino en medio de la búsqueda por la objetividad.

Rainer Matos Franco

27 de septiembre de 2012

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