Archive for octubre, 2012

octubre 30, 2012

Los prohombres de Reforma

Hay en el Paseo de la Reforma la estatua de un hombre de claroscuros. Sus pecados: autoritarismo, caudillaje, caciquismo, personalismo, bandolerismo, ambición. Lo peor: atreverse a heredar dinásticamente el poder. El hecho es que ese hombre no tiene nombre. Porque la mayoría de los individuos inmortalizados en estatuas en esa arteria de la ciudad de México son culpables de una o varias de las infracciones morales señaladas. Algunos, incluso, lo son de todas.

Sobre el parque de la Amistad México-Azerbaiyán y la estatua de Heydar Aliyev se ha dicho mucho más de lo ameritado. El revuelo que ha causado el asunto es inexplicable. Una situación inerte, un problema que ni a problema llega, que no tiene por qué llamar a asombro.

Pero vamos a suponer que aquellos que se han rasgado las vestiduras por la estatua y el parque tienen razón. Supongamos que es inadmisible que permanezca un minuto más ese monumento, que ese despropósito es el problema más importante de la ciudad, que es imperativo pasar a todas las estatuas por el tamiz que han diseñado quienes abanderan la indignación pública.

Así, si fuera removido con los argumentos que hasta ahora se han empleado, entonces habría que remover varios monumentos más. Y no hablo de otras partes de la ciudad, sólo de Reforma, donde también están inmortalizados Tito y Atatürk.

Pero, otra de las afrentas que hallan los quejosos es que el gobierno de la Ciudad de México aceptó el dinero de la República de Azerbaiyán para ese parque, como un soborno para aceptar colocar el monumento de Aliyev. O lo que es lo mismo, han dicho que como Azerbaiyán pagó, por eso exigió colocar la estatua. Quizás ignoran que las estatuas de los costados de Reforma, más hacia el Centro Histórico, fueron pagadas por los gobiernos de los estados en el Porfiriato, como cuenta Salvador Novo en su libro Los paseos de la ciudad de México (México, FCE, 2010). Y como los estados pagaron, igualito, decidieron a qué próceres inmortalizarían. De manera que la cosa no es nueva. No la inventó el gobierno de Ebrard.

La comparación es válida, pues los sujetos que las entidades decidieron inmortalizar fueron, de alguna u otra forma, próceres regionales. Y así el gobierno de Azerbaiyán considera prócer a Aliyev. Determinar si lo es o no, no corresponde al gobierno de México, mucho menos al del DF, pues se supone, sólo se supone, que México tiene simpatía con ese país, lo que hace suponer que no es una nación proscrita.

La donación para la remodelación del parque de marras fue un gesto de la amistad que se supone existe entre México y la república donadora. Era natural que la dádiva incluyera la estatua de un prócer nacional, como pasó en el caso de la escultura de Atatürk. Igual que si el gobierno de México enviara una estatua de Juárez a algún sitio donde pudiera cuestionarse la calidad de prócer benévolo que el imaginario nacional le ha otorgado.

Y hay que insistir. Si tomamos como válido el tamiz que los opositores han diseñado, entonces no sólo habría que reubicar o defenestrar, como en aplicación de una Ley de Memoria Histórica que no tenemos, las estatuas de Aliyev, del mariscal y del padre de todos los turcos. También habría que quitar varias más de Reforma.

Habría que empezar con la del general Manuel Cepeda Peraza (en la foto), cacique yucateco, militar aguerrido (sí, de esos que matan gente) y gobernador que heredó el poder a su hermano.

Luego habría que demoler la del general Ignacio Pesqueira, con credenciales incluso menos honorables que las de Cepeda. Pesqueira se convirtió en el todopoderoso cacique del noroeste del país durante veinte años —rivalizando en duración con el Aliyev hombre fuerte, porque el Aliyev presidente duró diez años.

Para seguir, habría que hacerse cargo de la efigie de don Julián Villagrán “el cacique del Mezquital”, como lo llamó Lucas Alamán en un interesante y nada honroso relato biográfico del que habría que destacar la forma en que Villagrán ultimó a su colega Sánchez.

Seguiría Ramón Corona en esa lista, con su interesante biografía y la forma en que, durante la guerra de Intervención, defenestró —aliado con Antonio Rosales— al gobernador de Sinaloa, para colocar al propio Rosales al que, después de un tiempo, también derrocó. Y se ensancharía el listado con el mismo Rosales, de la misma calaña que Corona.

Juan Zuazua, seguidor fiel de Santiago Vidaurri, curioso y poderosísimo personaje neoleonés que una vez se atrevió a conminar al presidente Juárez a abandonar a la brevedad su estado. Y seguirían Hermenegildo Galeana y Leonardo Bravo, otro par de caciques que ordenaron la vida de lo que hoy conocemos como Guerrero, en donde eran todopoderosos.

Todos caciques. Y hay que redescubrir a Fernando Díaz y Díaz (Caciques y Caudillos: Antonio López de Santa Anna y Juan Álvarez, México, El Colegio de México, 1972) para saber lo que es un cacique y entender por qué se parece a lo que fue Aliyev. Todos autoritarios, todos militares —de los que matan gente—, todos hombres fuertes, todos ordenadores de la vida en sus regiones —más grandes que Azerbaiyán. Todos iguales a Aliyev y a Tito y a Atatürk. Todos hombres políticos.

Acerca de los próceres mexicanos mencionados se han escrito infinidad de estudios, ponderando lo positivo y lo negativo de sus biografías y analizando sus carreras y el dominio político que ejercieron en sus regiones. Algunos también participaron en la vida nacional, con la fuerza de sus cacicazgos. De manera que, de primeras, uno no entiende la diferencia entre esos mexicanos ilustres, también esculpidos en bronce, y Heydar Aliyev.

De segundas, lo que uno entiende es que el paradigma —que yo vulgarmente he llamado tamiz— que nos proponen quienes buscan la remoción de la estatua no es nuevo. Es el de una historia de bronce en la que hay héroes y villanos, según quien la escriba. Una en la que no existen biografías diversas, sino sólo una visión maniquea de la historia.

Si atendiéramos a eso que nos proponen, entonces tendrían que desaparecer también todas esas estatuas que se han enumerado —y muchas más que no están en Paseo de la Reforma. Asombroso sería que quienes reprueban la estatua de Aliyev arguyeran que sólo debe quitarse ésta, teniendo en cuenta el tamiz sólo para este caso. Eso sería medir con dobles raseros a los prohombres de bronce que hay en Reforma. Aunque quizás todos quedaríamos contentos si la explicación que nos dieran fuera tan llana como: sí son autoritarios, pero mexicanos.

Sólo así se entendería el hecho de que ninguna otra estatua de Reforma o lugares aledaños les cause escozor. Que tampoco las estatuas de los presidentes mexicanos, por el mismo rumbo, les extrañen, pues igual que el azerbaiyano, de acuerdo con Soledad Loaeza, el autoritarismo presidencial en México tuvo origen y base constitucional. Pero como el autoritarismo es algo muy mexicano, el asunto se explicaría solo.

También se ha dicho que si se mantiene esa estatua entonces se abre la puerta a que se erijan efigies de Hitler, de Mussolini o de Franco. Y no cabe la comparación. Además de ser de sentido común que hay figuras de la historia universal que son políticamente incorrectas y generalmente deplorables, Aliyev no es, ni ponderando sólo sus aspectos negativos, cercano a alguno de esos tres.

Finalmente, si atendemos lo que nos proponen, maniquea como es la idea, o acabamos con todas las estatuas que he mencionado aquí —y más—, o con ninguna. Lo escrito hace tiempo: Reforma es una avenida plagada de representaciones autoritarias, así que la estatua del azerbaiyano es sólo una raya más al tigre que no tiene por qué desestabilizar a ninguna buena conciencia —y menos mexicana pues, con nuestra costumbre de modelar en bronce a casi cualquiera, nunca podremos tirar la primera piedra.

P. S. La comparación de Aliyev con Arturo Durazo Moreno, apodado “El Negro”, no cabe. No hay punto de comparación. El marco de referencia que la explica es un reduccionismo hasta infantil. La discusión sobre este particular hace mucho que perdió seriedad —si alguna tuvo— y pasó al terreno de la picaresca.

 Jaime Hernández Colorado.

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octubre 8, 2012

Tutto e subito

A mi hermano Pablo Andrade.

 

El 2 de octubre un grupo de individuos que después se erigieron en “comité” se hicieron de las instalaciones de la Unidad de Humanidades de la Universidad Veracruzana en su sede de Xalapa. El pliego petitorio contiene elementos disímbolos. Por un lado asuntos de interés general. Por otro, disparates. Viene bien diseccionarlo.

En el punto dos “exigen” que cese la intervención de la rectoría en la designación de los directivos de las facultades. Esa práctica la señalan absolutamente “antidemocrática”. La realidad es que informal o formalmente los rectores siempre inciden en esas designaciones, pues a eso están. Para qué ser rector de universidad si no. Hay que llamar a los “humanistas” a la etimología.

En otro punto exigen “que en la designación de autoridades y académicos, se permita la participación significativa de las y los universitarios (estudiantes, docentes, investigadores, personal administrativo)”. Piden que la Junta de Gobierno sea electa “mediante procesos democráticos” y que no designe ésta al rector. Sin reparar en que la junta actual —y las anteriores— se adornan con individuos tan eruditos como Alberto Olvera, Fernando Serrano o Diego Valadés.

Estos sujetos lo que quieren es convertirse en la clase dominante de un Estado (universitario) totalitario. Arrogarse el derecho de normar la vida universitaria de todo a todo. Y quieren todo y súbito. Palapas y cafeteras, gratuidad de eventos, autoexaminación del servicio social, vaya, hasta “titiritear” al rector.

Pretenden influir en “la permanencia y contratación” de docentes. Pretenden decidir sobre la manipulación del presupuesto. Pretenden “eliminar la burocracia” para el otorgamiento de recursos para diversas índoles —a ellos.

Otro punto. Buscan mejoras. Eso no está mal. No reparan en que la UV no es una entidad riquísima. Tampoco reparan en que bastante hace actualmente. Mucho menos en que gracias al gasto con los famosos “Halcones” la universidad se allega recursos que de otra forma no podría obtener. Y que si la gratuidad inundara esos eventos entonces sí ese dinero se diluiría en una cloaca sin fin.

La transparencia y acceso a la información de la universidad es lo más rescatable del pliego petitorio. Sin embargo, en todo el documento subyace la necesidad de control. Los protestantes lo que quieren es control, lo exigen. Y para garantizárselo impiden al resto de estudiantes, que no necesariamente los apoyan, el uso de las instalaciones de la Unidad.

Lo que quieren los que redactaron ese “pliego” es un paraíso. No quieren autonomía universitaria. Quieren que la UV derroche dinero que no tiene de dónde sacar. La única fuente: el gobierno estatal. El resultado: prolongar —y aumentar— la ficción la autonomía universitaria. Nadie repara en eso.

Pero qué van a reparar en la inverosimilitud de lo que piden, exigiéndole esfuerzos sobrehumanos a una universidad estatal exhausta en términos económicos, débil en lo institucional y cuya calidad agoniza. No pueden atender eso, porque ni siquiera atienden a la gracia de la buena redacción, los “humanistas”.

Y nadie se detiene tampoco en que administrar universidades no es fácil. Cuando Daniel Cosío Villegas, estudiante de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, lideró la oposición al rector de turno —Vasconcelos— en la Universidad Nacional, éste, como respuesta, lo invitó a trabajar con él. Y —le dijo— “aquí se dará usted cuenta que administrar una universidad no es cosa fácil”. Cosío Villegas nunca volvió a liderar oposiciones al rector, con la política como fondo.

En este “movimiento” hay una última clave. El punto es político. La “reforma laboral” no les parece. Y creen que asfixiando a la UV y a sus compañeros de Humanidades harán algo relevante contra esa normativa. Quieren al rector condenando las “reformas estructurales”. No saben cuáles son, ni de qué van, ni si van a existir —porque en plural aún no—, pero quieren al rector condenándolas. Más faltaba.

Analizando con amplitud el documento, la columna vertebral del descontento no es de hoy, ni de ayer. Los problemas que denuncian, las carencias que evidencian, todo, todo son asuntos comunes a todas las universidades públicas del país. Problemas que han existido toda la vida y que para solucionarlos sólo hace falta caudales de dinero que, ¡vaya!, esas instituciones no tienen. Pero, con todo y esos problemas, las universidades siguen funcionando, siguen formando individuos —al parecer no todos pensantes—, siguen investigando y ejerciendo la docencia. Las universidades estatales, con todo eso que hoy denuncian los protestantes xalapeños, no se han caído. Y no se caerán, porque esos contratiempos son de solución lenta, de visión futura. No se los puede arreglar todos, y menos de súbito.

Que si es legítima la protesta, lo es. Que si es justa, no. Que si son las formas, no. Y no por tenerle buena fe al rector, sino por tenerle buena fe a los compañeros que se supone uno representa. Que si el pliego petitorio da risa, sí. Porque muestra dos cosas: uno, quienes lo redactaron no saben escribir —y tampoco tienen vergüenza; dos, quienes lo redactaron saben que de todos los puntos, ni uno solo se puede solucionar de súbito. La mayoría no dependen del rector ni de nadie, dependen del dinero —que la UV no tiene.

De tal suerte que lo que parecía haber en Xalapa era ganas de camorra. Y la reforma laboral y las palapas y los eventos y los problemas sempiternos —que sí existen y que sí son relevantes, pero imposibles de solucionar de plumazo— ofrecieron el punto de origen.

La manera en que se conducen estos jóvenes —ojalá que lo sean—, con objetivos que de antemano saben no alcanzarán, inanes, no es la correcta. La discusión y la participación de los estudiantes es buena, justa y necesaria, pero no las exigencias con ánimo vandálico que afectan directamente a los que deberían beneficiar. Las formas se han perdido. Y los protestantes se escudan en la construcción simbólica de “estudiantes” para ejecutar acciones que no los hacen mejores que los delincuentes que cierran carreteras con autos quemados.

Lo peor de todo, lo más indignante, es que quienes hacen las veces de líderes saben que finalmente se sentarán a negociar con el rector, sólo Dios sabe después de cuántos días de perjudicar a los colegas de la Unidad de Humanidades, y pactarán un resultado que les convenga a ellos y que a la base le dé la ilusión de haber logrado algo. Así ha sido siempre y en esta ocasión no tendría por qué ser distinto.

Quizás la culpa de esta protesta que no beneficia y sí perjudica la tiene la propia rectoría de la universidad. Porque ha desdeñado su actividad: regir. Las consecuencias son evidentes. Alguien, el rector quizás, soltó la rienda. Y, como dice el tango: la cabra al monte tira… y una vez más razón tuvo el refrán.

Jaime Hernández Colorado.