Tutto e subito

A mi hermano Pablo Andrade.

 

El 2 de octubre un grupo de individuos que después se erigieron en “comité” se hicieron de las instalaciones de la Unidad de Humanidades de la Universidad Veracruzana en su sede de Xalapa. El pliego petitorio contiene elementos disímbolos. Por un lado asuntos de interés general. Por otro, disparates. Viene bien diseccionarlo.

En el punto dos “exigen” que cese la intervención de la rectoría en la designación de los directivos de las facultades. Esa práctica la señalan absolutamente “antidemocrática”. La realidad es que informal o formalmente los rectores siempre inciden en esas designaciones, pues a eso están. Para qué ser rector de universidad si no. Hay que llamar a los “humanistas” a la etimología.

En otro punto exigen “que en la designación de autoridades y académicos, se permita la participación significativa de las y los universitarios (estudiantes, docentes, investigadores, personal administrativo)”. Piden que la Junta de Gobierno sea electa “mediante procesos democráticos” y que no designe ésta al rector. Sin reparar en que la junta actual —y las anteriores— se adornan con individuos tan eruditos como Alberto Olvera, Fernando Serrano o Diego Valadés.

Estos sujetos lo que quieren es convertirse en la clase dominante de un Estado (universitario) totalitario. Arrogarse el derecho de normar la vida universitaria de todo a todo. Y quieren todo y súbito. Palapas y cafeteras, gratuidad de eventos, autoexaminación del servicio social, vaya, hasta “titiritear” al rector.

Pretenden influir en “la permanencia y contratación” de docentes. Pretenden decidir sobre la manipulación del presupuesto. Pretenden “eliminar la burocracia” para el otorgamiento de recursos para diversas índoles —a ellos.

Otro punto. Buscan mejoras. Eso no está mal. No reparan en que la UV no es una entidad riquísima. Tampoco reparan en que bastante hace actualmente. Mucho menos en que gracias al gasto con los famosos “Halcones” la universidad se allega recursos que de otra forma no podría obtener. Y que si la gratuidad inundara esos eventos entonces sí ese dinero se diluiría en una cloaca sin fin.

La transparencia y acceso a la información de la universidad es lo más rescatable del pliego petitorio. Sin embargo, en todo el documento subyace la necesidad de control. Los protestantes lo que quieren es control, lo exigen. Y para garantizárselo impiden al resto de estudiantes, que no necesariamente los apoyan, el uso de las instalaciones de la Unidad.

Lo que quieren los que redactaron ese “pliego” es un paraíso. No quieren autonomía universitaria. Quieren que la UV derroche dinero que no tiene de dónde sacar. La única fuente: el gobierno estatal. El resultado: prolongar —y aumentar— la ficción la autonomía universitaria. Nadie repara en eso.

Pero qué van a reparar en la inverosimilitud de lo que piden, exigiéndole esfuerzos sobrehumanos a una universidad estatal exhausta en términos económicos, débil en lo institucional y cuya calidad agoniza. No pueden atender eso, porque ni siquiera atienden a la gracia de la buena redacción, los “humanistas”.

Y nadie se detiene tampoco en que administrar universidades no es fácil. Cuando Daniel Cosío Villegas, estudiante de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, lideró la oposición al rector de turno —Vasconcelos— en la Universidad Nacional, éste, como respuesta, lo invitó a trabajar con él. Y —le dijo— “aquí se dará usted cuenta que administrar una universidad no es cosa fácil”. Cosío Villegas nunca volvió a liderar oposiciones al rector, con la política como fondo.

En este “movimiento” hay una última clave. El punto es político. La “reforma laboral” no les parece. Y creen que asfixiando a la UV y a sus compañeros de Humanidades harán algo relevante contra esa normativa. Quieren al rector condenando las “reformas estructurales”. No saben cuáles son, ni de qué van, ni si van a existir —porque en plural aún no—, pero quieren al rector condenándolas. Más faltaba.

Analizando con amplitud el documento, la columna vertebral del descontento no es de hoy, ni de ayer. Los problemas que denuncian, las carencias que evidencian, todo, todo son asuntos comunes a todas las universidades públicas del país. Problemas que han existido toda la vida y que para solucionarlos sólo hace falta caudales de dinero que, ¡vaya!, esas instituciones no tienen. Pero, con todo y esos problemas, las universidades siguen funcionando, siguen formando individuos —al parecer no todos pensantes—, siguen investigando y ejerciendo la docencia. Las universidades estatales, con todo eso que hoy denuncian los protestantes xalapeños, no se han caído. Y no se caerán, porque esos contratiempos son de solución lenta, de visión futura. No se los puede arreglar todos, y menos de súbito.

Que si es legítima la protesta, lo es. Que si es justa, no. Que si son las formas, no. Y no por tenerle buena fe al rector, sino por tenerle buena fe a los compañeros que se supone uno representa. Que si el pliego petitorio da risa, sí. Porque muestra dos cosas: uno, quienes lo redactaron no saben escribir —y tampoco tienen vergüenza; dos, quienes lo redactaron saben que de todos los puntos, ni uno solo se puede solucionar de súbito. La mayoría no dependen del rector ni de nadie, dependen del dinero —que la UV no tiene.

De tal suerte que lo que parecía haber en Xalapa era ganas de camorra. Y la reforma laboral y las palapas y los eventos y los problemas sempiternos —que sí existen y que sí son relevantes, pero imposibles de solucionar de plumazo— ofrecieron el punto de origen.

La manera en que se conducen estos jóvenes —ojalá que lo sean—, con objetivos que de antemano saben no alcanzarán, inanes, no es la correcta. La discusión y la participación de los estudiantes es buena, justa y necesaria, pero no las exigencias con ánimo vandálico que afectan directamente a los que deberían beneficiar. Las formas se han perdido. Y los protestantes se escudan en la construcción simbólica de “estudiantes” para ejecutar acciones que no los hacen mejores que los delincuentes que cierran carreteras con autos quemados.

Lo peor de todo, lo más indignante, es que quienes hacen las veces de líderes saben que finalmente se sentarán a negociar con el rector, sólo Dios sabe después de cuántos días de perjudicar a los colegas de la Unidad de Humanidades, y pactarán un resultado que les convenga a ellos y que a la base le dé la ilusión de haber logrado algo. Así ha sido siempre y en esta ocasión no tendría por qué ser distinto.

Quizás la culpa de esta protesta que no beneficia y sí perjudica la tiene la propia rectoría de la universidad. Porque ha desdeñado su actividad: regir. Las consecuencias son evidentes. Alguien, el rector quizás, soltó la rienda. Y, como dice el tango: la cabra al monte tira… y una vez más razón tuvo el refrán.

Jaime Hernández Colorado.

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